Posteado por: Benjamin | 28 diciembre, 2010

La tierra de las mil cumbres (I)

Ahora me toca la labor, no digamos difícil, pero sí un tanto contradictoria, de narrar los que han sido, probablemente, algunos de los días más dichosos de los que hemos disfrutado hasta la fecha en China, precisamente después de haber vivido en mis ‘carnes’ una de las situaciones más aciagas e infortunadas por las que un viajero despreocupado y su novia pueden atravesar. Como ya saben mis familiares más cercanos y algunas amistades, el karma consideró oportuno agraciarme con una operación de apendicitis en pleno viaje, aventura sobre la cual me explayaré en un futuro post. El caso es que han sido días algo convulsos y, entre que llenaba botellas con mi pis cada media hora, y me perforaban hasta la saciedad la misma vena para aplicarme la sesión diaria de gotero, ni yo ni Marichi hemos tenido tiempo ni moral para poner al día esta bitácora. Una vez conseguida el alta médica, ya nos hemos instalado en una habitación para nosotros, en un desierto albergue en la ciudad de Lijiang, que constituirá nuestro lugar de buen retiro y centro de operaciones durante los próximos dias o incluso semanas: ahora toca descansar. Por otro lado, imagino que rememorar buenos momentos tendra efecto balsámico en lo que a la correcta cicatrización de mi tajo abdominal se refiere.

Retomemos, pues, el hilo.

Empaquetamos nuestras cosas con cierta tristeza y dejamos atrás el hiato que supuso en nuestra ruta la experiencia granjera hongkonesa. Nos despedimos de Andrew de manera bastante impersonal y él hizo gala de su flema británica y correcta educación facilitándonos su dirección de correo electrónico y prometiendo ponernos al día sobre los temas más excitantes de su anodina vida en cuanto nosotros hiciésemos lo propio y le enviásemos un correo desde nuestras direcciones. Todavía no lo hemos hecho (creo que nuestro subconsciente intenta decirnos algo). Un fugaz paso por la granja para despedirnos de Augustine, Teresa, el Sr. Wu y de Lucky consiguió que mis lacrimales sucumbieran, aunque con la suficiente discreción para que quedase entre Marichi y yo.

Tal y como nos habían recomendado, cruzamos a pie la frontera que separa Hong Kong con el resto de China, ya que los trayectos ferroviarios se encarecían si salíamos directamente de la excolonia, dado que no se considera una ruta doméstica. Shenzhen era el paso fronterizo y ahí aguardamos en la estación durante un buen puñado de horas a nuestro tren con destino a la provincia de Guanxi, concretamente a la ciudad de Guilin, a orillas del tranquilo río Li. Pisamos el andén de llegadas apenas despuntando el alba y agradecimos que el albergue estuviese a tiro de piedra de la estación, ya que pudimos ‘aprovechar’ la mañana y dormir a pierna suelta hasta bien entrada la tarde. Las partidas de billar en una mesa con más irregularidades que los contratos adjudicados por la Comunidad Valenciana, asombrarnos con lo apetitoso que puede sonar un plato cuando lo lees en la carta para luego darte de bruces con la realidad y tener que comerte una masa fétida, junto con la machacona insistencia de las empleadas del albergue de castigar a sus huéspedes pinchando a James Blunt a todas horas, conformaban el pan nuestro de cada día en el gran salon común de la ‘Flowers Guesthouse’. Las expectativas en lo que a la ciudad se refiere eran muy altas y nos llevamos una pequeña decepción, ya que no posee realmente un casco histórico destacable, el paso del río no se puede disfrutar de manera plena y grandes avenidas repletas de tráfico se despliegan de Norte a Sur. A pesar de todo, no podemos desmerecer su silueta poblada de verdes y esbeltos picos romos allá donde mires (sin duda, lo más impresionante de la región)y algun que otro rincón en el que se para el tiempo, como el parque de las Pagodas del Sol y la Luna – enclavadas en medio de un lago – una vez cae la noche y se iluminan para la ocasión. Allí pudimos ascender al Pico de la Belleza Solitaria, ‘atrapado’ en lo que hoy en día es el campus universitario de la ciudad, y comprobar que el lugar hacía honor tan sólo al primer término de su denominación, ya que belleza más bien poca, y en lo que respecta a la soledad basta comentar la congestión de turistas chinos (ellos con objetivo en una mano y cigarrillo en la otra, ellas con tacones altos para la ocasión) a lo largo del estrecho sendero escalonado que guiaba a la cumbre del penacho urbano. No perdimos oportunidad de alquilar unas bicis – actividad que, hasta ese día, iba inexorablemente ligada al hecho de visitar una ciudad china – y darnos una vuelta por el Parque de las Siete Estrellas, antaño parque temático de emperadores, hoy convertido en espacio público de esparcimiento. Aparte de poder perderte en su laberinto de caminos y acabar en un templo abandonado, o gozar de la orografía abrupta del recinto (con sus siete colinas, de ahí el nombre), nuestra principal motivación era – segun habíamos leído entusiasmados en la reseña que del lugar se hacía en nuestra guía de viaje – la posibilidad de avistar, con una dosis de paciencia y algo de suerte, algún mono salvaje en su quehacer rutinario. Casi no pudimos contener el grito irracional y la risa tonta cuando, a pocos metros, surgió tranquilo e impasible a nuestra presencia, un señor mico recolectando pequeños frutos o semillas del suelo, engullendo mientras caminaba con rumbo algo aleatorio hasta volver a adentrarse en la espesura o encaramarse a un árbol, no lo recuerdo con exactitud. Doblemente afortunados nos sentimos cuando, pocos minutos después, pudimos disfrutar de una situación casi idéntica con algun pariente más joven del último. Con eso ya nos dábamos con un canto en los dientes, sin poder siquiera imaginar la escena de la que seríamos protagonistas momentos después, cuando, tras comprobar como se batían violentamente unas contra otras las ramas de los árboles a uno de nuestros flancos, surgieron brincando colina abajo – cual guerrilla agazapada esperando el momento de la carga hacia el enemigo ajeno al terreno – varias docenas de individuos, unos setenta según Marichi, que finalmente acabaron por rodearnos. Tras el susto y reticencia inicial, ya que se podían ver por doquier carteles advirtiendo de la agresividad de los simios, nos dimos cuenta de que nuestra presencia no les incomodaba en absoluto y ellos seguían a lo suyo: peleando, corriendo, amamantando, trepando, fornicando, despiojando… Pronto estábamos disfrutando del hervidero de actividad de la comunidad de la que éramos testigos. Yo, por otra parte, no podía evitar llevarme la mano a la cartera de vez en cuando, ya que es reputada la habilidad de estos seres de culo pelado de apropiarse de lo ajeno en un abrir y cerrar de ojos. Quién me iba a decir a mí que ese mismo día sufriríamos el hurto, pero no por inofensivos macacos, sino por sus parientes cercanos, en teoría más evolucionados. Como la felicidad nunca puede ser completa, ese día la nuestra se truncó cuando a unos rateros se les dio por hacer lo propio con las cadenas de nuestras bicicletas, concienzudamente estacionadas y a cargo del personal del restaurante en el que íbamos a cenar. Bastó un corte seco y certero para que, en connivencia con viandantes y otros comerciantes de la zona – cada vez estamos más convencidos -, se apropiasen de las bicicletas que habíamos alquilado esa misma mañana dejando tan sólo la prueba del delito en forma de candado reventado. Fuimos a la oficina de policía más cercana, pero aquello se pareció más a una partida fustrada mezcla de Pictionary y Tabú que a la formalización de una denuncia, así que lo dimos por imposible. La traca final llegó cuando, cabizbajos y sensiblemente acongojados tuvimos que padecer cómo la empleada del puesto de alquiler de bicis nos reclamaba el pago de una cantidad extra, ademas del depósito que habíamos abonado anteriormente, cantidad que – nosotros considerábamos – saldaba la deuda contraída, como pasa en cualquier negocio serio. Su argumento era que la compañera que nos había atendido, haciéndonos un favor y por nuestra cara bonita, no nos había cobrado la integridad del depósito, diferencia que ahora nos exigían. Como nosotros nunca tuvimos notificación de ese descuento caprichoso, nos negamos en redondo a tener que aforar más de lo que ya les habíamos entregado. Solicitamos la presencia del ‘jefe’ del garito, que se personó en su Audi y vistiendo de cara marca italiana (no sabía yo que se amasase una fortuna con un negocio de alquiler de bicicletas), y no fue hasta media hora más tarde que claudicaron y nos dejaron marchar en paz. No hemos vuelto a alquilar bicicletas.


A las afueras de la ciudad se hallaba la Cueva de la Flauta de Caña, considerada una de las más espectaculares de China. Al parecer, la visita a estas grutas era algo con lo que los mandatarios chinos obsequiaban a las personalidades políticas extranjeras que se dejaban caer en territorio rojo en labor diplomática para, quién sabe, dejarlos lo suficientemente anonadados como para firmar sin pestañear cualquier tratado impuesto por los anfitriones. Así lo atestiguan la recua de placas en la entrada del recinto inmortalizando las palabras de asombro de personajes tan dispares como Nixon, Barbra Streisand o el Pato Donald. Pagamos la abusiva entrada para darnos cuenta de que, una vez dentro, uno tiene la sensación de estar en el estudio de grabación de Jean Michel Jarre: los haces de luz estroboscópica y toda la parafernalia en forma de performance con pompas de jabón resultó excesiva.


Deseando respirar un poco de ambiente rural, cogimos un destartalado autobús de asientos de madera invadido casi por completo por trabajadores de la construcción que iban camino de un pueblo vecino para colaborar en el reestablecimiento de la línea del ferrocarril tras el descarrilamiento de un convoy. Nuestro destino era un pueblecito semiabandonado llamado Jiangtouzhou, en el que todos sus ochocientos habitantes se apellidan Zhou. Las gallinas campan a sus anchas por las calles de adoquines y en su corazón laberíntico no se oye nada excepto los zuecos de madera sobre el enlosado de alguna vecina con la típica vara portamercancías de bambú al hombro repleta de verduras en sus cestas colgantes. No esperábamos un recibimiento a lo ‘Bienvenido Mr. Marshall’, pero tampoco acaba de convencerme esa xenófoba costumbre de los niños chinos de saludarte a base de pedrada limpia – a pesar de que Marichi intenta convencerme de que se trata sólo de una toma de contacto socializadora un tanto vehemente de más. El único lugar en el que pernoctar era la finca de un matrimonio en la que, tras atravesar el matadero de pollos, daba uno con cuatro paredes de ladrillo levantados, con una puerta sin pomo en el que su cualquier-cosa-menos-acogedor interior era feudo de una pléyade de insectos y otras especies del submundo animal; un agujero sin agua corriente – debí haberlo comprobado antes de estrenarlo – hacía las labores de toilete. Dormimos más pendientes de lo que nos podía trepar por los laterales de la cama que de otra cosa, pero ni un ápice de sensación de arrepentimiento se nos pasó por la mente. Esto es China.


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Responses

  1. Ola paisanos, quedeime de pedra polo da apedicitis. Tío, espero que estéas ben, déixasme preocupado. Maldita lei de Murphy! Ojalá solo sea un pequeno lunar no medio desta aventura.
    Déixasme absorto e maravillado coas vosas aventuras narradas coa túa retórica habitual, que me apartan, inda que sea por un pouquiño, da apática rutina da vida mundana e normal.
    Espero que vos encontredes ben, e non teñades máis contratempos.

    Cóidate, e ide pensando en volver (non fagas caso, egoísmo meu), que che boto moito de menos.
    Un abrazo ós dous, espero máis noticias vosas.

  2. Benjamín, tras felicitarte por tu excelente post y darte las condolencias por el apéndice perdido, solicito que pongas más espacios entre líneas. En realidad la solicitud es para los dos, vamos que hagáis puntos y aparte si no queréis que vuestros lectores acaben cegarrutos perdidos, que en mi caso prácticamente ya ha sucedido de manera natural. Recordad que los espacios en Internet son gratis.

    Estoy deseando leer vuestras aventuras hospitalarias. Os deseo una buena entrada de año allí donde os pille, yo estaré en Granada que no es tan exótica pero dan tapas gratis (sin rencor, jeje) ¡FELIZ 2011! Se os echa de menos. Muchos besos a ambos.

    • Te hemos hecho caso y en el post que acabamos de publicar hay espacios para dar y tomar, solo para tus ojos! Jajaja.

      No sabes lo que dariamos por unas tapas granainas…

  3. Por fin!!!
    Os habeis animado a continuar contandonos vuestras aventuras en China. Eso es un sintoma de que la normalidad vuelve poco a poco a vuestra vida viajera para nuestra tranquilidad.
    El relato del encuentro con los simios es de mearse de risa sobre todo cuando hablas de las actividades del clan.
    Ahora estais en vuestro pequeño pero confortable pueblo y no lo dejeis hasta que estes plenamente restablecido y con suficientes fuerzas para continuar.
    Otherwise retreat on time is a victory que dijo Napoleon (pero en frances, naturalmente).
    Os deseo mucha SALUD y SUERTE!!!

  4. Hola mucha-chinos, después de leer este curioso post , que discurre entre operaciones, monos, grutas y construcciones rudimentarias, debo decir que, como bien dice Almudena en su comentario, mejor frases más directas y más puntos aparte. Ya sé que es mi deformación profesional publicitaria pero mejor todo más directo.

    Malegro moito de que todo lo de la operación vaya bien, sin duda, (si tenía que pasarle a alguien solo podía ser a Benja), y que podais seguir vuestras aventuras.

    Un besito, en especial a mi niña.

  5. Estornudajos, robos de bicicleta, monos salidos, niños que os apedrean, vendedores de ordenadores que intentan timaros, bichos en las habitaciónes, veto a los occidentales en los cibercafés…estoy deseando conocer China!!
    Un beso a los dos.

    • Iñaki, si conseguimos que te apetezca visitar alguno de los destinos de nuestro viaje con nuestras aventuras, el periplo cobrara doble sentido =)

      La verdad es que China es para conocerla, un destino casi obligatorio.

      Otro para ti!

  6. quiero que los monos me rodeen
    quiero que las cuevas sean azules
    quiero que los niños me apedreen
    quiero estar en china

  7. Benjamín:
    Espero que la recuperación PA, ¿no vas ahora más ligero? ;)

    Oyes, aparte de la envidia que me dais estoy orgullosa de cómo vais desarrollando vuestra faceta artística…
    ¡Las fotos son la leche!

    Y para no perder las malas costumbres, yo trato de que no perdáis el gusto por los chistes malos… :D

    Le pregunta el cerdito a mamá cerda:
    - Mamá, mamá! ¿Por qué tengo una raja debajo de la colita?
    -Pues hijo, porque si la tuvieras en el lomo… ¡Serías una hucha!


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