Posteado por: Benjamin | 20 enero, 2011

“Post” operatorio

La cama número 12 del la habitación 15 del Hospital del Pueblo, en Lijiang, fue nuestro hogar forzado durante los ocho días siguientes a mi operación. Hará las delicias de los incondicionales fieles de la causalidad el saber que mi cumpleaños es precisamente el decimoquinto día del último mes del año (ésta te la dedico, papá). No obstante, y en apoyo a la redención de mi alma, he de decir que sobre el papel los dioses estaban de mi lado; o al menos eso creía yo cuando, tras una breve liturgia en un pequeño templo budista de Hong Kong, vaticinaron que no habría de preocuparme por mi salud durante los decenios venideros. Algo debí hacer días después que los cabreó lo suficiente como para decir ‘donde dije digo, digo Diego’.

Aquel día, todavía en el albergue ‘Huesos Vagos’ de Chengdu, cuando me desperté ensopado en sudor y con fiebre como primeros síntomas de lo que desencadenaría en el colapso de mi apéndice, sabía que el trayecto de 24 horas en autobús que habíamos de afrontar esa mañana no era precisamente lo que prescribiría ningún facultativo. Pero, ¡qué diablos!, en ese punto todavía no era consciente de la precariedad de mi estado y achacaba mi malestar al hecho de que la noche anterior había estado alternando demasiado entre la calefacción a máxima potencia del albergue y las gélidas corrientes de aire que soplaban en los patios del recinto.

Hasta la fecha nunca habíamos utilizado el ‘sleeper bus’ como medio de transporte, pero, en este caso, era la única opción si queríamos un enlace directo con Lijiang, en la provincia de Yunnan. No sabíamos realmente qué esperar de este viaje, pero el puñetazo metafórico en el estómago que recibimos a causa del hedor que impregnaba el interior del vehículo nada más cruzamos el umbral de la puerta de subida, no hacía presagiar nada parecido al Alsa Supra.

Tortuoso es un eufemismo que bien podría resumir lo que representó el trayecto, amenizado con un puñado de comedias chinas de bajo presupuesto proyectadas en las pantallas del autobús, que sirvieron para confirmar lo bajo que tiene el listón de hilaridad la gente local. Las literas se disponían a lo largo de tres hileras, divididas por dos pasillos pensados originalmente para etíopes, llegando a desaparecer éstos por completo (los pasillos, no los etíopes) en el último tercio del vehículo, conformando así un gran lecho común en el que se apiñaban los pasajeros más desafortunados, compartiendo los chinches que poblaban almohadas, colchones y mantas. El suelo del bus se convirtió en un vertedero improvisado y en algún momento tuve la sensación de viajar en el interior de una enorme cachimba, dada la costumbre local de saltarse a la torera las restricciones concernientes al consumo de tabaco, siendo el conductor el primero en encenderse un cigarrillo para su gozo y regocijo. Afortunadamente, tanto Marichi como yo pudimos disfrutar cada uno de su correspondiente decímetro cuadrado de ventanilla, gracias a lo cual pudimos contemplar, accidentado y en la cuneta, un autobús de la misma compañia y realizando el mismo recorrido que nosotros, pocos momentos después de haber colisionado frontalmente contra un trailer. Panorama alentador. Los pasajeros del bus siniestrado parecían estar ilesos y permanecían en medio de la carretera, sin dar la impresión de que acabasen de pasar por un trance que casi les cuesta la vida. Supongo que, después de todo, la cosa no sería para tanto. Obviamente, tuvimos que hacerles sitio a los ‘turistas accidentales’ en nuestro ya de por sí atestado medio de transporte – éramos pocos y parió la abuela.

Durante todo el viaje mi temperatura corporal subía y bajaba a la par con el trazado sinuoso de la carretera de montaña. He de confesar que, tonto de mí, había estado postergando durante los días precedentes el placentero momento de sentarse en la taza del báter y plantar un buen pino; para mi desgracia el bus no disponía de retrete y yo no estaba de humor (además de que no me reconfortaba la idea de un ojete congelado) como para usar los ‘sanitarios’ chinos que había en medio de la nada durante el par de paradas que hicimos. Todo esto tuvo como consecuencia que aflorasen lo que en ese momento quise pensar que eran ‘pequeñas molestias intestinales’, que me acompañarían ya hasta el momento pasar por la mesa de operaciones.

Alrededor de las dos de la tarde del día siguiente a nuestra partida de Chengdu llegamos a Lijiang. Ya no me sentía tan mal, la fiebre había remitido y, de hecho, esa misma noche, tras acomodarnos en el albergue regentado por una hiperactiva señora llamada Mama, fuimos a cenar fuera junto con unos viajeros que habíamos conocido algún tiempo atrás y la suerte quiso que estuviesen en la misma ciudad. Fue una bonita velada.

Pero, amigo, a la mañana siguiente me sentía como si me hubiese tragado una bola de demoliciones, la calentura había vuelto a hacer acto de presencia, sospechaba que un roedor se había mudado a vivir a mi colon y, compadeciendo mucho a Marichi, tenía una halitosis de campeonato. Terco de mí, empeñado en negar lo obvio, lo achaqué a molestias ocasionadas por el tiempo transcurrido desde mi último cara a cara con Roca, por lo que concluí que padecía una variante especialmente virulenta de estreñimiento, por lo que encargué a Marichi que me consiguiese en el mercado negro unas buenas pirulas laxantes, mientras yo me quedaba en la cama atiborrándome de naranjas y poniendo cerdísimas las sábanas.

Viendo que ningún fármaco ni remedio natural hacía efecto, el dolor abdomial iba en aumento y que me había transformado en un ángulo recto con patas, decidimos dar parte de mi situación al seguro y éste nos remitió al susodicho Hospital del Pueblo tras informarnos que, según sus informes, contaban con personal angloparlante (yo les aconsejaría que revisasen sus fuentes).

El ‘complejo hospitalario’ contaba con varios módulos, por los que pasamos en doloroso peregrinaje por nuestro propio pie, debido a la ausencia de celadores o cualquier cosa que se le parezca, hasta dar con el correspondiente a las urgencias. Todos ellos estaban deficientemente iluminados, eran fríos, una fina película de pegajosa suciedad adherida al suelo les hacía que te viniesen a la cabeza ciertos antros de madrugada, el mobiliario salido de otra época le daba un toque vintage y la poca gente que los poblaba parecían almas en pena. Pasado un tiempo que me pareció más largo que la lectura del Quijote con la boca llena de polvorones, y tras haber adoptado todas las posiciones posibles cual ficha de Tetris en la ‘cómoda’ silla de la sala de espera, me tocó el turno para que me examinase un médico, el cual confirmó nuestras peores sospechas tras una exploración bastante sencilla y certificó que mi apéndice estaba a punto de explotar (al igual que su termómetro después de retirarlo de mi sobaco), además de aconsejarme el uso de talco para aplacar mi incipiente olor de pies. No sé si lo habíamos comentado anteriormente, pero en China tienen un concepto algo especial de lo que es la privacidad. Menciono esto porque, como era de esperar, el gabinete del doctor era como una especie de ‘casa de tócame Roque’, con un desfile de gente entrando y saliendo mientras yo era atendido, con el consiguiente hinchamiento de la vena del lóbulo temporal de Marichi.

Tras entregarles una muestra de mi pis, depositada en un precario recipiente en un báter a oscuras lleno de mugre en el que las cañerías habían sucumbido por completo al óxido y la vida vegetal se había abierto camino, y el posterior test de sangre en el que, afortunadamente, no me perforaron el esófago, sólo restaba la formalidad de rasurarme la zona afectada, poniendo así en práctica el dicho ibérico de ‘quítame ahí esos pelos’. Algunos de vosotros ya lo sabéis, pero para los que nunca hayáis tenido la oportunidad de compartir un día de playa conmigo o asistir a la quedada anual del club de vigoréxicos, habéis de saber que encajo, pero por exceso, en la definición de mamíferos como animales completamente recubiertos de vello (mis genes paternos actuaron de fertilizante). Este trámite se llevó a cabo en una habitación equipada únicamente con una camilla (que, afortunadamente, no resultó ser el quirófano), con la puerta abierta, en la que  un puñado de chinos curiosos esperaban confirmar si era cierto lo que se rumoreaba de los falos del hombre blanco. El caso es que la pobre enfermera no sabía si reír o llorar ante semejante panorama y quizá fueron los nervios lo que la hicieron, tras agotar todo su inventario de cuchillas de afeitar, rasurarme un tercio de mi cuerpo, desde el pecho hasta la rodilla derecha pasando por los cataplines. El proceso se saldó con tan solo un par de lunares cercenados. Mientras tanto, Marichi mantenía una asertiva conversación telefónica con los del seguro, solicitando los servicios de un traductor que nos librase del festival de mimo del que éramos protagonistas. Esa ayuda jamás llegó.

Tras rubricar algunos documentos en los que exoneraba por completo al hospital en caso de fatalidad y daba consentimiento para que fabricasen pelucas con los cañotos de los que me despojaron, me subieron a la octava planta (aunque técnicamente subí yo por mi propio pie, dada la ausencia total de sillas de ruedas o camillas, material prescindible en un hospital, como todos podéis comprender) y tras hacerme una llave de judo me inmovilizaron en la mesa de operaciones a la espera de que llegase la anestesista. A esas alturas, por debajo de la típica bata roída de hospital, todavía llevaba mi ropa y no me desprendería de ella ni siquiera durante la operación (no me convencieron demasiado sus criterios referentes a la asepsia). Agradecí mucho la deferencia que tuvieron de asignar a la única enfermera en turno con algunas nociones de inglés la tarea de estar presente durante toda la operación para salvar, en la medida de lo posible, la barrera idiomática. En la práctica no sirvió para nada, ya que lo único que repetía era ‘relax’; eso sí, en un momento alcancé a entender que debía mover los pies arriba y abajo, cosa que no dejé de hacer durante toda la intervención como un autómata gilipollas. La verdad es que lo pasé mal, muy mal, de hecho la epidural fue coser y cantar, pero durante la media hora que la cirujano estuvo practicando punto de cruz con mi anatomía no paré de temblequear debido a la fiebre y el frío, temiendo que a causa del movimiento el bisturí me hiciese algún ombligo extra. Al finalizar, la simpática asistente me propuso quedarme como recuerdo el colgajo sobrante con necrosis galopante, convenientemente metido en una bolsita hermética que momentos antes había contenido su almuerzo; yo le propuse que se lo metiera por donde le cupiese, con una sonrisa en la boca, por supuesto.

Me trasladaron a la habitación hecho un guiñapo, totalmente insensible de cintura para abajo, siendo los propios amigos y familiares del resto de pacientes los que me izaron y ‘acomodaron’ en mi cama. Creo que esa primera noche en el hospital fue, si no la peor, una de las peores de mi vida. Durante las seis horas siguientes a la operación hube de permanecer totalmente horizontal, boca arriba y prácticamente inmóvil, sin ni siquiera una triste almohada que hiciera mínimamente confortable la agonía. La herida en sí no me dolía ya que la anestesia todavía hacía efecto, pero fue en esos momentos cuando comprendí que, tras el abdomen, la parte de mi cuerpo que más sufrió fueron mis posaderas. No podía acomodarme de lado (no pude hasta varios días después) y, a consecuencia de eso, padecía un dolor de hueso palomo inhumano, al tener que permanecer siempre sentado o tumbado boca arriba, clavándome los hierros del infame potro de tortura. Si todo eso no fuera suficiente, el verdadero infierno de la primera noche fue la imposibilidad de conciliar el sueño, ya que las enfermeras habían dejado claro que debía haber una foco a menos de 30 centímetros de mi cabeza encendido permanentemente, para que pudiésemos, entre Marichi y yo, determinar cuando se me había terminado el gotero y llamarlas para que lo cambiasen. Esa primera noche, Marichi pudo compartir con la mujer de otro de los enfermos una cama libre justo al lado de la mía, y sé que tampoco lo pasó nada bien (posteriormente me confesó que esa noche mi nivel de palidez le peocupó tanto como para tener que zarandearme cada vez que cerraba los ojos, con mi consiguiente cabreo por turbar mi ‘descanso’:  la pobre lo hacía por mí).

A partir de entonces las cosas mejoraron y yo me fui sintiendo mejor día tras día. El hospital no servía comidas y era Marichi la que bajaba al mercado a comprarme algo apropiado para mi maltrecho sistema digestivo. Mantenía al día los pagos para costear mi tratamiento, hablaba con el personal, los del seguro, me tenía entretenido… Fue mi ángel de la guarda. Ella dormía, enfundada en su saco de dormir, en alguno de los catres de madera que había por los pasillos y, cuando estos estaban todos ocupados, dormíamos ambos en mi cama. Todas las mañanas, una recua de médicos me pasaban revista y desde el primer momento me recomendaron andar, cosa que a partir del tercer día hacía con regularidad. Lo que más les preocupaba era si cagaba bien, y he de confesar que me costó, ya que la peste que salía del cubículo con agujero que era nuestro cagadero corroía la pituitaria y no prestaba en absoluto. La higiene, por parroquias y con paciencia.

La verdad es que el hospital no invitaba demasiado a la recuperación: pasillos gélidos y llenos de desperdicios, habitaciones convertidas en fumaderos improvisados y lugares de multitudinario coloquio a gritos, luces encendidas a las cinco de la madrugada, ventanas rotas con cartones haciendo de parche, etc; no así mis compañeros de padecimiento. Todavía recordamos con cariño y gratitud los buenos momentos que nos hizo pasar un abuelito de nombre Zhao Zi Ru y su familia, ingresado por alguna complicación pulmonar, con su inseparable bolsa de orina colgando y sus numeritos cómico-lisérgicos cuando se ponía a inhalar oxígeno. Contagiaba su energía a todo el mundo, sus arranques de cante y baile provocaban la carcajada general y, aunque nunca lo sabremos, parecía un magnífico contador de historias. Su nieta de nueve años – la pequeña y risueña Ella – me regaló una tarjeta de cumpleaños hecha por ella, en lo que significó uno de los momentos más especiales para mí  en este país que muchas veces no puedes evitar amar.

If you don’t believe there’s a price for this sweet paradise just remind me to show you the scars.
Bob Dylan

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Responses

  1. Hola, viajeros!
    Puf, normalmente suelo enseñarle vuestros posts a mamá y leérselos, pero creo que con este no lo voy a hacer (bastante ha sufrido la pobre).
    Lo que cuentas parece sacado de un tebeo de Mortadelo y Filemón o una peli de los Monty Python; menos mal que le quitas hierro al asunto con tus dosis de humor negro, y me he partido de la risa leyéndolo en algunos momentos, pero qué chungo, neno…(me ha salido la vena coruñesa)
    De todas formas, creo que deberías haber conservado el apéndice (date cuenta que a lo mejor se lo sirven a alguien de cena en algún restaurante).
    Y ahora a Vietnam, no?
    Un abrazo a los dos.
    Iñaki.

  2. OH VAYA!!!! si el tema hospital, llegados a este punto de mi vida me pone los pelos de punta, imaginar vuestra estadía en un lugar tan terrible resulta espantoso…
    pobrecito Benjamín… esperemos que esa haya sido vuestra única y última visita a cualquier hospital en todo vuestro viaje.
    es una aventura qe recordarás siempre que cumplas años….
    muchos besitos para los dos desde santa cruz
    a cuidarse!!!!

  3. joba.. qué movida¡¡¡ Bueno ahora estas bien, y chicos una experiencia más.. Es lo que siempre piensas y dices, bah no va a pasar… pues pasó y mira salió ok¡¡¡ y ya no te puede pasar mas.. XD besotesssssss

  4. Hola pobrecito Ben y Florence Nightingale Maria!

    Ai, ai, ai increible leer lo que te paso. Primero un viaje de 24 horas ya estando muy mal y despues el peor hospital rural…. Estuve una vez en un hospital muy sencillo en Guatemala pero es un paraiso comparado con el de Lijang. Y el humor negro con lo que cuentas la historia, realmente me eche a reir. Espero que estes bien ahora y puedes continuar disfrutando el viaje.

    Desde hace un poco mas de 3 semanas estamos de regreso en Holanda. Es un gran placer quedarte con familia, amigos etc. Sin embargo, todavia tenemos que acostumbrarnos al sistema, al trabajar ocho horas el dia en un lugar sin tener la libertad de hacer lo que quieres. No es el trabajo mismo pero la estructura.

    Afortunadamente no necesitais pensar en esto ya que teneis varios meses de experimentar y hundir en todo lo bueno que Asia tiene que ofrecer. Disfrutad!

    Un gran abrazo a vosotros de Holanda!
    XX

    • Pim! Que sorpresa!
      Nos hace muchisima ilusion saber de vosotros; os debemos un email para contaros como nos va ahora.
      Yo ya estoy bien, listo de nuevo para cruzar rios y escalar montanas, en lo que vosotros sois expertos.
      Por cierto, cosas de la vida, la chica que sale en la foto del autobus detras de mi es una holandesa que estuvo viajando con nosotros un par de dias. Por supuesto, olia a rosas y era guapisima, jajaja!

      Os echamos de menos. Seguid levantando Holanda!

      Beverbende!!!!!!!

  5. Gracias Benjamin por dedicarme los dos primeros parrafos de este post.
    Sigue escribiendo asi, narrando con pasion y humor tanto los acontecimientos como las pequenhas cosas.
    Es un viaje iniciatico y de el surge paso a paso un nuevo Benjamin.
    Gracias a Dios. Te acompañaba tu buena estrella (Marichi)
    Genial la cita al gran Dylan.
    Genial tu.

  6. Hola Michos!!
    ¿qué deciros?…tengo una extraña sensación al leer vuestro post,entre la carcajada y el escalofrío.Ahora es cuando nos damos cuenta de que la buena suerte os acompaña.Marichi,gracias por cuidar tan bien de nuestro hermano/hijo/tio.Esperamos impacientes cada uno de vuestros relatos y no nos dejáis de sorprender.Estoy de acuerdo con Papi en que está surgiendo un nuevo Benjamín.A mi también me sale la vena coruñesa(buah neno,qué chungo!) jejeje.Marki hace dibujos para tí(ya te mandaré alguno).Muchos besiños a los duguis.PD.parecidos razonables:el abueliño del a foto tiene un aire con Pat Morita.

  7. Benjamin, ¡tú si que eres un gran contador de historias!
    Por un momento casi podía percibir los olores… ¡Guacala!

    Me alegro mucho de que todo fuera bien, ya tienes una cicatriz para mostrar como recuerdo, ¡que guay! 😛

    Seguid así par de dos… G.C.

    ¿Qué le dice un jaguar a otro?



    Jaguaryou?

  8. Tío, me alegro enormemente que te hayas recuperado y que estés sano y salvo. Mientras leía tu entrada no sabía si reír o llorar, y es que a pesar del dramatismo del asunto tienes un gran don para la prosa y el humor que conjugas como nadie. En fin, lo malo ya ha pasado y ahora toca olvidarlo y seguir disfrutando de la aventura; todo esto será una mera anécdota que contarás a tus nietos: “el día que me operaron de apendicitis en China…” Un fuerte abrazo desde Málaga y a seguir disfrutando.


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