Posteado por: Benjamin | 18 marzo, 2011

El Delta y cómo se pavimenta el paraíso

A la médico de Sanidad Exterior que me atendió durante los trámites referentes a vacunas y recomendaciones de salud en viaje, todavía en Coruña, le habría dado un síncope si se enterase de que durante nuestros cuatro días de travesía por el delta del Mekong no me puse los calcetines por encima de los pantalones ni una sola vez; y si supiese que sus esfuerzos por convencerme de las ventajas de la manga larga – en un clima en el que te puedes freír una tira de bacon en la colleja  – cayeron en saco roto, habría necesitado respiración asistida. Sí, somos unos exploradores inconscientes que despositan toda su fe en un antomosquitos con esencia a ‘lavado y engrase’ y cuyo único arsenal antimalaria es una alijo de tropecientas pastillas de doxiciclina que conseguimos tras media hora de regateo con un farmacéutico camello en la bahía de Halong, listas para avivar nuestros terrores nocturnos y provocar alguna que otra alucinación pasajera en cuanto tengamos que utilizarlas, como se puede leer en el prospecto, en el apartado de efectos secundarios más comunes.

Así pues, con pantalones cortos, camiseta y chanclas, subimos a la parte trasera de las moto-taxis que nos dejarían en una de las incontables estaciones de Saigon y desde allí nos cogimos un bus local a la ciudad de Vinh Long, en el corazón del delta, en la que, incluso antes de pisar tierra ya había una horda de locales aporreando las ventanas del vehículo para hacer notar su presencia a los foráneos a bordo – uséase, un menda y su churri – con la esperanza de que tomásemos en consideración su oferta sobre cualquiera que fuese el servicio que nos ofrecerían (alguien debería explicarles a los vietnamitas algunas nociones básicas de marketing, ya que normalmente con la intimidación y las tácticas agresivas no se consigue una amplia cartera de clientes). Tras desprendernos del grueso de pelmas, llegamos a un acuerdo con una mujer, por el cual, por un módico precio, pasaríamos la noche en su casa (con algunos otros huéspedes) en una de las decenas de islas que pueblan el río por ese tramo. Cogimos una barca a motor que nos llevaría hasta nuestro enlace en la parte más estrecha y menos transitada del manglar, donde nos esperaba una sonriente vietnamita en su precaria embarcación a remos (en la que tuvimos que ponernos a los mandos para darle un respiro a sus maltrechos bíceps) para llevarnos finalmente a la casa. Durante el trayecto, los habitantes de las modestas casas de madera a las orillas – cada una con su pequeño embarcadero – nos saludaban y desplegaban su mejor sonrisa a modo de bienvenida. La vegetación a ambos lados era alucinante y el aspecto fangoso del río hacía que te sintieses en medio de la jungla. La manera más común de llegar a estos sitios era mediante esas barcas diminutas en las que Falete habría tenido que ir de pie; estabas lejos del mundanal ruido. A excepción de algunas cagarrutas de lagarto en la almohada todo fue de nuestro agrado, y esa noche cenamos un pez XXL, pescado de una poza insalubre en la parte trasera de la casa, sólo momentos antes de ser servido. A esas alturas ya habíamos llegado a la conclusión de que el elemento doméstico esencial en toda la zona – por delante incluso de la mosquitera – era la hamaca, así que, como reza el dicho donde fueres haz lo que vieres, pasamos muchas horas muertas tirados a la bartola en este simple pero agradecido invento. La isla tenía una sola carretera asfaltada e infinidad de pequeños senderos llenos de huertos que tuvimos la oportunidad de explorar en nuestro camino a pie de hora y media de vuelta al ferry, con los macutos a la espalda y bajo un sol inclemente: mi camiseta se convirtió en una epidermis extra; por otro lado, pudimos ver a mucha gente local durante sus quehaceres diarios.

Uno de los encantos del delta, era poder asistir a alguno de los mercados flotantes que cada mañana tenían lugar en el río. Pasamos la noche en Can Tho, donde alquilamos un pequeño bote con conductor y remontamos el río en una excursión que nos llevó prácticamente el día entero. Todavía con las sábanas pegadas – es un decir, ya que, a excepción de algún congoleño con bronquitis, ¿quién duerme tapado en el sudeste asiático? -, dejamos tierra firme a las cinco y media de la madrugada, vimos el amanecer desde el río y navegamos contracorriente durante horas hasta que nos vimos fagocitados por un enjambre de barcas y gente pegando berridos: habíamos llegado al mercado. Alguien nos comentó que la existencia de estos mercados se remonta mucho tiempo atrás, cuando a algún gurú de la economía vietnamita se le ocurrió la idea de que las transacciones comerciales que no se realizasen en tierra quedarían exentas de impuestos. ¿Y cómo funciona un mercado flotante? La idea es sencilla: sobrecargas tu barca con izas, nabizas y colipoterras, cuelgas de un palo enorme un ejemplar de cada uno de tus productos, para que los potenciales cliente sepan de qué se compone tu cargamento, y esperas a que ‘aparquen’ sus botes a tu vera. Nos gustó mucho.

Visitamos un pequeño pueblo, donde nos enseñaron el proceso de fabricación de los noodles de arroz, desde la recolección del grano hasta acabar en la mesa, y, a decir verdad, es bueno saber de dónde viene el ingrediente principal de uno de los platos que atraviesan tu aparato digestivo con más asiduidad por estos lares. Aconsejado por el conductor de nuestro bote, decliné la oferta que me hicieron los habitantes de la villa de saborear un rico café hecho con agua fétida salida directamente del canal, con suficientes bacterias como para extinguir cualquier civilización colonizadora alienígena. Este mismo buen hombre amenizó nuestra escapada fluvial con sus canturreos y los pequeños objetos con los que nos obsequiaba hechos de caña de water coconut, que iban surgiendo de su mano maestra cada cinco minutos. Al final del día, tanto Marichi como yo lucíamos un precioso set de cinta del pelo, pendientes, anillo, collar y pulsera, además de un ramo de flores y un par de elementos decorativos para encima del televisor. Al cruzar la esquina, tras habernos despedido de él, nos deshicimos del cargamento regalándoselo a los niños que veíamos por la calle.

Nuestra salida de Can Tho habría sido mucho más sosegada si mi pasaporte no hubiese estado extraviado durante cuarenta largos minutos, en los cuales pude imaginarme ciento y una maneras de ser amargamente repatriado. Y todo se debe a la obstinación de los albergues vietnamitas en quedarse los pasaportes durante los días que te quedes. Tras una tensa espera, me devolvieron mi preciada credencial con signos de haber sido recogida de alguna boca de alcantarillado cercana, y tiramos millas hacia Rach Gia, que únicamente sale en los mapas por ser punto de salida y llegada de los ferrys hacia la isla de Phu Quoc.

Llega un momento en todo gran viaje mochilero en el que dejas a un lado por un tiempo las inquietudes culturales y antropológicas en favor de otras algo más frívolas; en dos palabras: sol y playa. Y esa era nuestra única aspiración allí (alentada por los diez dólares la noche – desayuno incluído – que costaban los bungalows a pie de playa). Habíamos oído hablar de esta isla como uno de los pocos paraísos semi-vírgenes que todavía quedan en Vietnam, con sus aguas templadas y cristalinas, color turquesa; sus innumerables kilómetros de arena fina; sus puestas de sol románticas saboreando una piña colada; barbacoas vespertinas con jipitripis tocando a la guitarra algo de Perales; y todo ese largo etcétera de momentos que las películas americanas y los documentales adulterados han ido grabando en nuestro subconsciente durante tantos años. Peeero… las garras de nuestro bienquerido ‘desarrollo’ son alargadas, y las toneladas de alquitrán y la futura puesta a punto de un aeropuerto internacional en la isla han degradado bastante esa idea romántica de playa paradisíaca.

Visitamos la isla de cabo a rabo, en un road trip a dos ruedas -gracias al cual mi piel adquirió un tono a lo Rico Tubbs – en una moto alquilada, en la que el velocímetro y el chivato de la gasolina eran meros elementos decorativos, conducida con maestría por Marichi hasta en los tramos más exigentes. Con la posible excepción de la playa local por antonomasia – Long Beach -, en el resto de ellas tenías que compartir espacio vital, además de con la plaga de medusas que asolaba la zona, con el señor bote de Colón y su primo, el Dodotis, sin olvidarnos de la omnipresencia de la señora bolsa del Gadis. ¿Seríamos nosotros los únicos panolis que veían tanta mierda a nuestro alrededor? Ahora creo recordar que alguien nos contó que a ese inmenso volumen de agua iban a parar todos los deshechos provenientes de la vecina Tailandia – a pesar de todo, está lejos de mis intenciones exonerar a los vietnamitas de los aberraciones medioambientales que se ven a diestro y siniestro. El caso es que eso no nos desmoralizó y descubrimos el verdadero encanto de la isla en perdernos por su interior (en el que hay un Parque Natural), visitar los poblados y recorrer todas las pistas de tierra naranja. ¡Aventura! Nos gustó tanto que acabamos quedándonos una semana entera. ¡A diez dólares la noche! ¿Lo había comentado ya?

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Responses

  1. Menuda pasada de fotos, aquello es un paraíso digáis lo que digáis.

    • …es que nos gusta mucho hacernos los duros 🙂 Ahora en serio, la cosa no fue tan dramatica, pero tuvimos que aprender a ‘querer’ esa isla y tiene muchisimo mas que ofrecer que sol y playa.

  2. Que ganas tengo de subirme a una hamaca y tirarme a la bartola en una playa vietnamita de aguas templadas y cristalinas (aunque flote alguna bolsa de Gadis)!!!
    Besos a los dos.

    • Creo que las medusas te tendrian alejado del agua, pero me acorde mucho de ti al ver a tanta gente jugando al badminton en la arena.

  3. que mona en la sombra de la moto
    que bonita espalda en el columpio
    que buen reportaje
    pero para el próximo quiero ver la cara de mi hijita
    apretas, arrechuchos y muchas otras muestras de afecto que sabeis estoy deseandito daros.
    plis no oceania

    • jajaja, no me culpes a mi por no ver el jeto de tu hijita, fue ella quien hizo la seleccion de fotos 🙂 Pidele que te mande algunas por email.
      Gracias por los cumplidos y los mimos, consideralo un sentimiento reciproco.
      Oceania? Quien sabe?

  4. Qué envidia Nené,levantarse de la cama y la playa ante tus ojos(como dice Papi,aunque floten bolsas del Gadis).La verdad es que ya ibais necesitando algo de relax después de varios meses de ruidos,motos,aglomeraciones y demás…Preciosas las fotos(como siempre),que nos hacen ver a través de vuestros ojos.Un columpio en la playa,las hamacas,la arena y el mar……en dos palabras QUÉ GUAY!!

    Un besiño y a seguir disfrutando.

    (Besos de Marki,está muy grande y guapísimo…y te quiere Muuuucho)

    • En realidad lo primero que ves al abrir un ojo por la manhana es la mosquitera! Jajaja
      Os quiero un monton, familia Garcia Rodriguez. A ver si grabo un video para Marcos, para que se crea que aun estoy vivo y eso.
      Muchas gracias por todos los animos, y, que no se diga, los gallegos podemos presumir de playas! (a lo mejor me tengo que tragar estas palabras cuando estemos en Tailandia). Besitos.

  5. ¿Sus pica la medusa, la medusa del amooor?
    ¡¡¡¿10 dólares la noche has dicho?!!!
    Pero bueno, si es que sois lo peor… ¡Puro odio! Lo que yo os diga… 😦
    Marichi, ya te dije que Vietnam para Semana Santa y tú… ¡Como quien oye llover! Bueno, me alegra saber que vuestra salud perdura chavales… 😛

    ¡Seguid así! Y hablando de playas vírgenes “violadas” por el desarrollo…

    ¿Si inditex y apple se fusionan, nace Zahara de los iTunes?


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