Posteado por: Benjamin | 11 abril, 2011

Nunca te fíes de un conductor de tuk-tuk

¿Sopas de noodles con salsa de chili? ¿Los mercados callejeros? ¿Las lagartijas? ¿El Mekong?¿Las estilizadas barcas puntiagudas? ¿Buda? No, ninguno de ellos. El verdadero icono cultural del sudeste asiático ES el tuk-tuk: los verás a cada paso, no podrás vivir sin ellos, los odiarás, disfrutarás de ellos, te engatusarán, te rendirás ante ellos, incluso soñarás con ellos. El invento en sí no está tan mal – un remolque con asientos, enganchado a la parte trasera de una motocicleta con más piezas de desguace que con las que salió de fábrica -; el problema reside en las intenciones de aquéllos en quienes ha caído. A su lado, la reputación de los taxistas occidentales estaría a la par de la de los neurocirujanos. Para un conductor de tuk-tuk, los guiris no somos más que el medio perfecto para ganarse unos sobresueldos estratosféricos y, en relación a esto, sólo hay dos posibles maneras de encarar la situación: o pegarle un palo a tu cartera, tragándote todas sus mentiras, y aceptar el primer precio que te ofrecen (hay ocasiones en las que tampoco tienes las suficientes energías para replicarles a los defensores de la nueva saga galáctica); o bien, si te va la marcha, entrar al trapo y contraatacar a todos sus argumentos sobre el precio de la gasolina, las bocas que tiene que alimentar, y la tremenda distancia que supone la carrera (esto es algo que me hace especial gracia: TODO está lejísimos, incluso si vas a la tienda de tripas de pollo de la esquina, sus kilómetros difieren por exceso con aquellos a los que nos tiene acostumbrado nuestro querido sistéma métrico decimal) hasta que, tras varios tira y afloja, acuerdes una tarifa no tan irrisoria y algo más realista, no sin haber perdido unos cuantos enteros de preciada paciencia, cierto nivel de dignidad y unas cuantas calorías en el proceso negociador. Y lo peor de todo es que esta jodida pantomima se repite una y otra vez, incluso con los mismos conductores haciendo el mismo trayecto; reconozco que en varios momentos me creí inmerso en la pesadilla marmotil de Bill Murray.

Y gracias si te llevan a donde les dijiste (considérate afortunado si te dejan en algún cruce sin señalizar cuando ya se ha puesto el Sol). Y gracias si te cobran lo que habías acordado con ellos (su infaciómetro planckiano dictará una subida de precio del ochenta por ciento desde que el motor se puso en marcha). Y gracias si no te quieren matar (ya os contaré).

Recuerdo que la primera vez que ví uno fue en Kampot, antes incluso de llegar a Phnom Penh… (la imagen se difumina con efecto ondulante y se escuchan notas de arpa de fondo para dar paso al embarcadero de la ciudad vietnamita de Ha Tien, cerca de la frontera de Camboya).

En Ha Tien nos dejó el ferry desde la isla de Phu Quoc (ahí nos habíamos quedado, ¿recordáis?) y nuestra intención era llegar hasta la última ciudad antes de la frontera, a unos pocos kilómetros de distancia, y cruzar ese mismo día a Camboya. Lo conseguimos tras negociar un precio (taan cansino) con unos motoristas locales, que, tras acomodar nuestros macutos entre sus entrepiernas y el manillar de la moto, nos dejaron en el paso fronterizo de Xa Xia (por parte vietnamita) con Prek Chak (ya en Camboya). Nos llamó mucho la atención la manera en que la carretera asfaltada acababa abruptamente nada más abandonar Vietnam, para dar paso un camino de tierra polvoriento que te adentraba en las entrañas del antiguo Imperio Jemer, hoy convertido en uno de los países más pobres y corruptos del mundo. No tuvimos que esperar demasiado para ser testigos de esto último cuando, todavía en la oficina de inmigración (¿o debería decir cuchitril de inmigración?), el oficial al cargo les propuso el recurso del ‘untamiento’ a una pareja de extranjeros con algunos problemas de visado, para así hacer la vista gorda y poder entrar legalmente al país. Sin medias tintas ni pelos en la lengua, delante de todo el mundo (me pregunto cómo serán los camboyanos en las primeras citas). Tras pasar el control te encontrabas con una garita en el que un paisano te exigía el pago de un dólar como tasa a la expedición de un papelucho que daba testimonio de tu buen estado de salud (sin ni siquiera examinarme las mucosas ni palparme las gónadas), necesario, según ellos, para poder acceder al país. Nosotros ya estábamos sobre aviso y, a pesar del halo de oficialidad con el que lo quieren infundir, no es más que otra estrategia para llenarse los bolsillos sin dar cuenta a nadie. El caso es que el teatrillo funciona, y el turista paga por miedo a meterse en problemas (yo habría pagado si no hubiera tenido noticias del bulo). Podéis pensar que, al fin y al cabo, un dólar no es nada, pero el caso es que por esa frontera (y por todas) pasan cientos de personas al día; el resto es hacer matemáticas. Nosotros sencillamente dijimos que no nos daba la gana pagar y pasamos de largo (con el consiguiente cabreo fingido de los maderos para hacer el paripé, digno de un Razzie). Una pena.

Kampot no tiene nada de especial, pero tiene su encanto (toma cliché). Enormes rotondas con monumentos conmemorativos del hermanamiento de la ciudad con Santo Domingo de La Calzada; casas de dos pisos con negocio en el bajo, hamaca incluída; tranquilas terrazas estilo colonial a la orilla del río (el Teuk Chhou) con gigantes sofás acolchados para echarte una siesta a gustito; un herrumbroso puente uniendo las dos orillas, construído por los franceses, ahora símbolo de la ciudad; montañas de fondo sobre un cielo rosa a la puesta de Sol (de la que puedes disfrutar, a gustito, espatarrado en un sofá en una terraza a orillas del río); puestos de comida callejera por dos duros; y sí, tuk-tuks ebrigüer (creo que la primera vez que ví uno estaba repantingado en un sofá de una de las terrazas a orillas de río, mientras dormitaba). ¿Os he contado ya la historia del conductor que quiso matarnos? Bueno, ya habrá tiempo para eso. Tampoco quiero dejar de destacar la importancia de Kampot como punto de aprovisionamiento de Nutella para mochileros en el área Asia-Pacífico.

Allí conocimos a Charlie, un expatriado yankee en la cincuentena, amante de las bicicletas, que llevaba cuatro años viviendo en Camboya. Él era una especie de benefactor local y había fundado algunas escuelas de inglés e informática en el pueblo, además de estar involucrado en programas de esponsoramiento de jóvenes camboyanos sin recursos pero que destacaban en la escuela con el propósito de poder financiarles la Universidad. Gracias a un giro afortunado del destino acabamos comiendo en su casa y se ofreció a hacer de anfitrión al dejarnos disponer del piso superior de la vivienda a nuestro antojo durante los días que fuesen necesarios con la única condición de que consumiéramos esporádicamente en el restaurante familiar. Posteriormente descubrimos que también formaba parte de la comunidad de Couchsufing (Dios los cría y ellos se juntan). Camas no había, pero sí un par de hileras de esterillas aupadas un metro del suelo mediante unos caballetes, cada una con su mosquitera. Tim fue nuestro compañero de habitación, un veterano de Irak que, fingiendo una crisis mental, desertó de su puesto en el ejército de las barras y estrellas para recorrer en su bici las zonas más deprimidas del mundo y ayudar a los necesitados.

Alquilamos una moto para explorar los alrededores y visitamos algunas cuevas-monasterio guiados por los niños del pueblo, que, en su inglés roto, te explicaban los rituales que solían tener lugar antes de que los Jemeres Rojos no dejasen piedra con piedra, prácticamente. En una de ellas – la de Phnom Chhnork – un risueño monjito nos llevó a través de sendas engullidas por la maleza, entre pasos estrechísimos y ríos subterráneos para mostrarnos los frescos de Buda pintados en la roca y unas panorámicas increíbles de los alrededores.

Nos hicimos con un mapa de la zona para intentar llegar, sin éxito, al Lago Secreto (por eso le llaman ‘secreto’). El caso es que acabamos perdidos en medio de uno de los escenarios más bonitos y auténticos en los que hemos estado hasta ahora: campos de arroz y otros cereales bañando el paisaje de color oro, segmentado por polvorientos caminos de apenas un metro de ancho, con casas de madera elevadas en las que los niños nos saludaban efusivamente y las esbeltas palmeras brotando por doquier daban sombra a multitud de animales domésticos (cerdos, búfalos, gallinas, etc.). ¡Y qué calor! De nada sirvió intentar recabar pistas sobre el paradero del lago preguntando en una de las casas, ya que era mediodía, y el licor de arroz parecía haber hecho efecto en los comensales. El camino era tan estrecho que ni siquiera había espacio para dos motos en paralelo, así que cuando llegamos a la altura de un vendedor de alfombras ambulante, no nos quedó otra que aminorar y disfrutar del paisaje. Casi como un juego, decidimos seguirle por si al menos íbamos a parar a alguna de las carreteras principales de la comarca, confiando en su conocimiento de la geografía local. Cual fue nuestra sorpresa (ahora giro a la derecha, ahora a la izquierda, izquierda otra vez y de frente hasta el final) cuando avistamos a lo lejos el inconfundible reflejo del Sol sobre la superficie azul del lago, rodeado de colinas. ¡Hurra! Disfrutamos de un solitario baño, con la única compañía de un ganadero refrescando a sus reses. No tendría gracia si los mapas dijesen cómo llegar a los lugares secretos, ¿verdad?

Kep es una ciudad a unos treinta kilómetros al este de Kampot, levantada por los franceses a principios del XX, pensada para la élite gala (una especie de Saint-Tropez de la época colonial). En sus años dorados albergó enormes villas, casinos y glamurosos clubes de petanca, hasta que en la convulsa década de los setenta fue literalmente abandonada al tener los franceses que salir por patas escopeteados de vuelta a la madre patria. Hoy es una ciudad fantasma; una especie de Pompeya o Hiroshima tras el cataclismo. Los Jemeres Rojos la saquearon y hoy, como si de un testimonio arquitectónico de la barbarie se tratase, permanecen las estructuras y muros de lo que antaño fueron lujosas mansiones y casas de verano al más puro estilo occidental. Es algo realmente perturbador y, por otro lado, una inagotable fuente de diversión para los niños del lugar: ¡decenas de casas abandonadas a tu disposición! En el puerto se apiñan multitud de puestos de marisco y el famoso mercado de cangrejos es una delicia para el curioso.


Y de ahí tiramos para Phnom Penh, la capital… pero eso es otra historia, como la de ese conductor de tuk-tuk que quiso matarnos. ¿Os la he contado ya? Bueno, quizás en otra ocasión.

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Responses

  1. Acabamos de leerte mamá y yo; dice que ya se te ve gordito (¿?), pero está preocupada porque se te ha roto una patilla de las gafas, y, sobre todo porque le dijiste que ibas a coger el ferry de Malasia a Filipinas (van muy cargados, dice ella); el otro día estuve con tío Ignacio, que también lee el blog, flipa como todos y os manda un abrazo.
    Y mi amigo Fernando está emocionado porque le contestaste un mail.
    Que sepas que la “Operación lavadora” acaba de comenzar (You know what I mean.)
    Un abrazo.

  2. Operación lavadora? what do you mean?.
    En fin el titulo del post esta bien pero se podría poner otro al estilo de las aventuras de Tin Tin: tuk tuk y el lago secreto o emulando al pobre Michael Jackson -tuk tuk criminal- smooth-.
    Como en todas las aventuras hay peligros que acechan y descubrimientos maravillosos.
    Que Oyagami os siga protegiendo.
    Besos de Papo.
    Tripas de pollo.

  3. No es verdad, que no sabeis hacer fotos. Me gustan mucho!!!

  4. Genial… ¡¿Y la foto del tuk tuk?! 😛


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