Posteado por: Benjamin | 24 abril, 2011

Nuestro año cero

Si las ciudades pudiesen hablar; si los países no fueran una abstracción perfilada sobre un mapa; si pudiese uno sentarse frente a ellos y escuchar, entonces Camboya y, en particular, Phnom Penh, su capital, relatarían una de las historias más terroríficas, vergonzosas, carentes de toda lógica, atroces, sanguinarias y desnaturalizadoras (o quizá, ¿quién sabe?, demasiado humanas) que hayan podido acontecer jamás. Si fuésemos el médico de esa sala de Urgencias, o el asistente social que se hubiese desplazado a su vivienda, o el oficial de policía que estuviese redactando la denuncia, en todos casos tratando de hilvanar el relato que, entre sollozos y con la voz entrecortada, nos fuese contando la víctima (C., en este caso), la incredulidad, el asco y la incapacidad para digerir semejantes episodios harían necesario que nos tuviese que volver a dictar desde el principio su drama personal, debido a la imposibilidad de concebir los hechos o tener la sensación de que no se han entendido apropiadamente. Con rostro de incredulidad nos preguntaríamos: ¿que ha pasado qué?

Durante cuatro años, en la década de los setenta, se instauró en este rincón del mundo un régimen que fue capaz de exterminar a una cuarta parte de la población del país en ese corto período de tiempo (estadística jamás alcanzada por el nazismo o el estalinismo más radical). Dos millones de personas perdieron la vida entre asesinatos sistemáticos, hambrunas, y enfermedades.

Escribir sobre el genocidio camboyano no es nada nuevo. Conocer el genocidio camboyano tampoco. Recuerdo que mis únicas nociones acerca del tema antes de salir de España eran las montañas de cráneos apilados en mi inventario de imágenes, Pol Pot y los Jemeres Rojos en mi registro de nombres, y la idea de una revolución al más puro estilo maoísta en mi catálogo de sucesos, gracias, en su mayor parte, al visionado de la película Los gritos del silencio. Supongo que si me paro a pensar, el bagaje será más o menos el mismo si cojemos al azar cualquiera de las incontables guerras e hitos teñidos de sangre en los que nuestra especie ha creído necesario embarcarse en nombre de alguna bandera. En cambio, después de pasar tanto tiempo en el sudeste asiático, y en especial desde que conozco a C., creo que estoy empezando a sentir este conflicto en concreto, el cual no es más que un subproducto de la guerra de Vietnam, a su vez epílogo de la guerra de Indochina, desencadenada como consecuencia del imperialismo europeo en la región, que convirtió estas latitudes en un avispero (tenemos tantas cosas de qué avergonzarnos).

Cuando el 17 de Abril de 1975 los Jemeres Rojos entraron en Phnom Penh se dió por terminada la guerra civil que los auparía al poder, derrocando el anterior regimen dictatorial del general Lon Nol, impuesto por EEUU para así romper la neutralidad camboyana respecto al conflicto en el vecino Vietnam. Se acabó la guerra, algo bueno. Lo que vino fue mucho peor. La visión de la utopía comunista de los Jemeres Rojos pretendió transformar Camboya en una sociedad salvajemente rural, sin clases, en la que no hubiese ricos ni pobres, convirtiendo la explotación del trabajador en algo anacrónico. Todo esto os suena, ¿verdad? Cuántas veces habremos escuchado la declaración de intenciones del ideario socialista (y cuántas veces más habremos de ver cómo se corrompen en las mentes de los psicópatas ejecutores – ¿o, tal vez, sean iguales a ti y a mí?). Para alcanzar sus objetivos, el Jemer Rojo abolió el dinero, los mercados, las escuelas, la propiedad privada, la familia, el matrimonio, el vestir otra prenda que no fuese el uniforme del Partido, la religión, y toda la cultura tradicional Jemer. Las escuelas, los hospitales, las pagodas, las mezquitas, las iglesias, las universidades y los edificios oficiales se clausuraron o fueron convertidos en prisiones, campos de reeducación y graneros. Cambiaron el nombre del país por el de Kampuchea Democrática y acuñaron el término de ‘Camboya, año cero’, que verbalizaba la idea de ruptura absoluta con la Historia pasada. TODO empezaba ahora, y Angkar (el Partido) ordenaba, proveía y castigaba. Las ciudades se evacuaron, al considerar la vida urbanita como un foco de ‘impureza’ e ideas ‘antirrevolucionarias’, y comenzó un éxodo que duró meses, en la mayoría de los casos a pié, en el que cada miembro de la familia era enviado a un punto cardinal diferente a trabajar en el campo. En tres días, Phnom Penh era una ciudad fantasma. Los enfermos, en ropa de hospital, eran arrastrados como podían por sus familiares, que a su vez emprendieron la marcha tan sólo con lo puesto para acabar, innumerables veces, agonizando en las cunetas tras varios días caminando sin nada que comer. Pronto comenzaron las ejecuciones masivas y el país se sembró de los tristemente famosos Campos de la Muerte (la expresión jemer que utilizaban los lugareños de los alrededores de los campos para denominarlos fue ‘el lugar donde la gente entra pero nunca sale’). Cuatro años después, cientos de miles de personas habían sido asesinadas por ser intelectuales, antiguos residentes en ciudades, personas que hubiesen tenido un puesto en la anterior administración, estudiantes, pertenecientes a minorías étnicas, sospechosos de tener ideas ‘imperialistas’, o simplemente por usar gafas o saber inglés; incluso muchos de los propios soldados del Jemer Rojo y miembros del Partido fueron ‘terminados’, acusados de traición, todas víctimas de ese esquizofrénico empeño de descubrir al ‘enemigo oculto’.

Testimoniando lo ocurrido, en el centro de Phnom Penh se halla el museo de Tuol Sleng (también conocido como museo del genocidio). Los Jemeres Rojos convirtieron lo que anteriormente había sido una de las escuelas más importantes del país en un centro de detención y tortura, una de las muchas security offices que instauraron, concebidas al estilo Gestapo como instrumentos de terror y aniquilación. La S-21, Tuol Sleng, es la más tristemente célebre. Las aulas fueron convertidas en calabozos y escenarios del horror, con las alambradas de espino como telón de fondo. Se calcula que alrededor de veinte mil personas cruzaron su umbral y tan solo siete de ellas lograron sobrevivir o escapar a la muerte en el centro o su macabra extensión, el campo de la muerte de Choeung Ek. Cuando los vietnamitas ‘liberaron’ Phnom Penh fueron los primeros testigos externos de lo que allí aconteció, encontrando todavía los cuerpos destrozados de catorce personas, a los cuales dieron sepultura en el mismo patio del recinto. En el museo se exponen cientos de fotografías de las víctimas tomadas por los carceleros antes, durante y después de los baños de sangre, como muestra de la demente obsesión totalitaria de documentar, registrar e institucionalizar la barbarie. Carteles que prohíben sonreír se encuentran a lo largo del museo, salvaguardando la absoluta atmósfera de tragedia y padecimiento que se respira durante toda la visita.

Las ejecuciones allí se incrementaron hasta tal número que hizo imprescindible la creación de un campo de exterminio, el de Choeung Ek, a menos de veinte kilómetros de la capital, en el que se llevaban a cabo las matanzas de hombres, mujeres y niños ya al borde de las fosas comunes. Hasta la fecha se han desenterrado unos ocho mil cadáveres, distribuidos en varias fosas (especialmente horripilantes las dedicadas a madres con sus hijos y la que alberga cientos de cuerpos sin cabezas). Hoy en día se erige en el centro del recinto un monumento funerario en memoria de las víctimas en el que se pueden observar miles de cráneos y la ropa hecha jirones de algunos de los prisioneros. La munición era valiosa y escasa por lo que se optó, mayoritariamente, por la utilización de armas blancas u objetos contundentes haciendo, si cabe, más agónicos los momentos anteriores a su último aliento. Sin duda, el capítulo más nauseabundo de todo el engranaje asesino era la existencia del ‘árbol de los niños’, en el que, bajo la justificación de erradicar hipotéticas veganzas futuras, golpeaban hasta la muerte a recién nacidos y niños de corta edad…

¿Qué más puedo decir? Congoja, infinita tristeza, odio, impotencia.  Sentí y siento todo esto. Una parte de mí murió en Camboya, jamás seré el mismo después de esta inmersión amarga en el devenir de la historia este pueblo, no tan diferente a nosotros. Para mí todo empieza ahora. Yo también, a mi manera, estoy viviendo mi año cero.

Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo
Jorge Santayana (gracias Fernando)

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Responses

  1. […] Nuestro año cero entretrenesyandenes.wordpress.com/2011/04/24/nuestro-ano-…  por alpae hace 2 segundos […]

  2. El mundo sabía lo que estaba pasando y cuando los mandarines de las superpotencias de aquel tiempo vieron que no había tajada que sacar, solo asco de sus ciudadanos, rogaron a los vietnamitas que acabasen con aquello.
    Desearia que no te hundieras en la pesadumbre por los hechos pasados de la Humanidad. Este te ha explosionado en la cara pero a quien hay que salvar aquí y ahora es a esos niños de la cantera con los que habéis estado y tambén a los de Darfur y Libia, también a los de la Cañada Real. El mundo está plagado de guerras que los estrategas de la geopolitica llaman de baja intensidad. Como si hubiera asesinatos de baja intensidad.
    Por favor, hijo. Convierte tu pesar en gratitud y alegría de poder contribuir a lograr un mundo mejor.
    Un fuerte abrazo. Besos a los dos.

  3. sin palabras

  4. Confiemos en que la gente no lo olvide…
    El problema es cuando ni lo saben. :O

    Tanta información para algunas cosas y ta poquita para otras. Qué fácil parece manejar al ser humano… 😦

    Ánimo y ¡gracias por el post!

  5. Os tengo que felicitar de nuevo por este último comentario. Creo que todo el mundo debería visitar lugares como Camboya, o Teblinka para ver que la idiotez ó estupidez de la raza humana no tiene límite. Siguiendo con mi gusto por las citas, ahi van un par de ellas que podría ilustrar lo que habeis vivido:

    “Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.” (Albert Einstein)

    “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano.”(Johann Wolfgang Goethe)

    Gracias por todo y Seguir así.

  6. A tu pregunta:”qué más puedo decir”?Yo te respondo.
    Puedes decir que tu corazón es inmenso ,puedes decir que eres un maravilloso ser y ayudas a quien lo necesita,puedes decir que un poco de tí se queda ahí,pero hay mucho de tí para dar y regalar,puedes decir que tu infinita tristeza te servirá para sanar un poco a este enfermo planeta.
    Querido hermano,no hace falta que os diga lo orgullosos que estamos de vosotros y lo mucho que os queremos y que nos haceis inmensamente felices con cada post(aunque sean demoledores).
    Una de las canciones más hermosas de M.Jackson dice “Heal the world,make it a better place…..” y hoy os la susurro oído…
    Ánimo y p’alante.

  7. No me canso de decir lo orgullosos que estamos todos de vosotros.
    Vayáis por donde vayáis, veáis lo que veáis y oigáis lo que oigáis, por duro que sea, nunca dejéis de hacer sonar las Campanas de la Libertad…

    “Tolling for the aching whose wounds cannot be nursed
    For the countless confused, accused, misused, strung-out ones an’ worse
    An’ for every hung-up person in the whole wide universe
    An’ we gazed upon the chimes of freedom flashing”
    (Bob Dylan)

  8. Solo lágrimas en mi corazón. Avergonzado de pertenecer a una especie capaz de lo peor.

  9. Hola chicos, que tal?
    hace apenas unos días estuvimos en el museo y salimos un poco tocados lógicamente, estar en aulas donde hicieron cosas que seguramente ni nuestra imaginacion puede llegar a recrear fue duro. Coincidimos con el último comentario y estamos avergonzados de pertenecer a una especie que en ocasiones es capaz de cometer este tipo de actos… y lo peor es que hoy en día se siguen haciendo cosas así pero el mundo mira hacia otro lado.
    Este es nuestro post sobre nuestra visita al museo:
    UN PASADO OSCURO

    Por cierto, os he añadido en el reciente apartado de webs amigas.
    Un abrazo!


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