Posteado por: Benjamin | 2 mayo, 2011

De las entrañas de la Tierra al Valhalla

¿Has pensado alguna vez en cómo serán las montañas por dentro? Te puedo asegurar que está muy oscuro. A menos que lleves uno de esos focos de espeleólogo en la frente y te enfundes en un chaleco reflectante color rosa fosforito, no podrías distinguir a una criatura antropófaga del averno ni a dos palmos de tu nariz – mucho menos las garrapatas que te suben por la pantorrila. El silbato localizador es otro elemento indispensable, por si los equipos de rescate han de sacarte del fondo de una sima. Si tu intención es visitar el interior de una montaña, mejor dejarse el sentido del ridículo antes de cruzar el umbral: esa boca en la roca, como un tajo hiriente y fresco en la base de la mole de piedra, por la que eres engullido, tan lentamente que casi puedes notar las contracciones intestinales de la pared empujándote hacia lo más profundo y que representa el ‘punto de no retorno’, ese ‘intefaz’ (nada amigable, por cierto) que enlaza el mundo exterior con el laberinto subterráneo.

Además de un reclamo turístico, atravesar casi ocho kilómetros del vientre de un gigante de piedra es una actividad rutinaria entre los habitantes de los dos pueblos a ambos extremos del paso fluvial bajo tierra. Se tarda siete veces más salvando el desnivel por la superficie que remontando el río por el interior. Sí, es un río lo que atraviesa la montaña, como una especie de ‘alfombra roja’ – azul, en este caso – deplegada para que los invitados se sientan cómodos. Dentro tienes la impresión de que nada de lo que suceda allí puede afectar a lo que pasa en el exterior, no hay correa de transmisión, son dos realidades paralelas. Relájate, pues, disfruta y, si quieres, acuéstate boca arriba con tu foco alumbrando las bóvedas naturales de esta catedral del inframundo contemplando su inmensidad; el clímax sólo lo interrumpirán los momentos en los que has de empujar la barca cuando se encalla en la piedras del fondo en los tramos de menor profundidad: pero cuidado al bajarte, no te alejes mucho, ya que los hoyos en el fondo abundan y puedes acabar arrastrado por la corriente hacia la oscuridad más negra mientras soplas con todas tus fuerzas el silbato.

Esto me encontré en la cueva de Kong Lo, en Laos, en medio de ninguna parte. Llegar al lugar fue como una liberación, ya que parecía que, cuanto más cerca estábamos geográficamente del sitio, más tiempo nos iba a llevar alcanzarlo. Era como la alegoría del conejo y la tortuga. Se convirtió en una quimera personal. Fue como una visita fugaz al Infierno sin abogados ni conductores de tuk tuk de por medio. Sólo la más absoluta oscuridad.

Y de las galerías del centro de la Tierra al narcotizante limbo de Vientiane. Ciudad dormitante, en la que, sin mucho esfuerzo, puedes escuchar el rítmico sonido de su respiración en medio del sueño, sentir su caja torácica llenarse y vaciarse de aire rítmicamente, al compás de las mortíferas ráfagas de calor que te abrasan las retinas. Es seguro que no se ha forjado Revolución alguna aquí, ni lo hará jamás (demasiado calor para eso). Ciudad que tan poco en serio se toma a sí misma que hasta los monumentos parecen sacados de alguna versión ambulante y barata parodiando las rimbombantes Ferias Mundiales, y aún así figuran orgullosos en los billetes. Sin pretensiones. Incluso el río parece pedir permiso para cortar en dos el paisaje, intentando molestar lo menos posible y el paseo fluvial parece estar puesto ‘por si alguna vez te apetece acercarte a contemplar la puesta’. ¿Apetece? No siempre. No es un lugar que estimule tus pulsiones, sino más bien una eterna sala de espera (eso sí, con revistas muy entretenidas). Hasta las piscinas públicas están semivacías, aún cuando el mercurio revienta, y en las obras a medio acabar parece estar colgado el cartel de ‘vuelva usted mañana’ mientras los albañiles y carpinteros se lavan los dientes en el andamio, con la radio puesta. Una ciudad con presión arterial baja.

El lugar perfecto para nuestro descanso del guerrero; aquí encontramos nuestro Valhalla particular en la confitería escandinava en la que pasamos incontables horas, desde el desayuno hasta bien entrada la tarde. En lugar de lanzas y escudos teníamos cómodos sofás y conexión a internet, y los bagels de jamón y queso con chocolate caliente y zumo de naranja conformaban nuestra hidromiel. No se estaba nada mal, no señor. En semejantes círculos siempre conoces a otros espíritus afines, y Carles y Silvia fueron nuestros arcángeles portadores de buenas noticias, gracias a los cuales pudimos, en parte, despertar de nuestra ensoñación pasajera y focalizar claramente nuestro siguiente objetivo: regresar al mundo de los mortales y continuar la travesía, quizá hacia rutas no previstas en un principio. Ese fue el día de nuestra Epifanía. Gracias, chicos (mantened el misterio).

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Responses

  1. Esta mañana estuve leyendo el post de Marichi en horas de trabajo y al llegar a casa volví a entrar para escribir un comentario y ya me encuentro con tu post.Así que he ido por orden y a Marichi ya le puse unas palabritas.Oye hermanito,creo que has perdido el miedo a muchas cosas(o eso me parece a mí).Aunque claro,pensándolo bien,no te vas a pegar un viaje por Asia y salir por pies al ver un elefante o un búfalo marino,ni te vas a negar a atravesar en barca una gruta de siete kilómetros….
    Me encantó hablar el otro día contigo.
    Muchos besos a los 2.
    Hasta pronto.

  2. Gracias chicos!
    Pasamos una gran mañana 😀 Nosotros estamos ahora de nuevo en Phnom Penh y antes de ir hacia el sur quizá hagamos unos días de voluntariado. Ahora leeremos la entrada sobre vuestro voluntariado ;P

    Un abrazo!!

  3. Walhala en Indochina es una combinacion que solo se da en ciertos estados cuanticos. Uno de ellos es el de la Felicidad y me siento feliz al echaros de menos.
    Te espera tu tierra filipina. Adelante, Benjamin Legazpi!!. Visita la tierra de vidas anteriores y comprenderas.
    Os quiero mucho. Michi (casa en japones) – Etchea (casa en euskera)

  4. Brillante, Benjamín!

  5. En serio… ¿Vosotros no vais a volver nunca más?
    Envidia sana y morriñosa, sin más:
    ¡QUE SIGAIS DISFRUTANDO PAREJA!

  6. jopelines que miedo tanta cueva
    yo no sé si podría
    apretas


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