Posteado por: Benjamin | 25 mayo, 2011

El picor

Por mucho que diseccionéis las líneas del guión de Casablanca, comprobaréis que la manida frase de ‘tócala otra vez, Sam’ no se encuentra entre las hojas del libreto. La expresión es fruto del imaginario pop, una confusión retroalimentada, en parte, debido a la parodia de la peli de Curtiz que escribió Allen décadas después titulada de esa manera (traducida en español como ‘Sueños de un seductor’, con sus santas huevadas). El pobre Virgil, a su vez, ya nos había advertido de lo engorroso de los equívocos y malas trascripciones cuando uno no es capaz de descifrar, debido a una mala caligrafía, si una nota dice ‘le estoy apuntando al volver’ o ‘le estoy apuntando con un revólver’. Otro ejemplo de estas meteduras de pata, socialmente asimiladas por los usuarios en la lengua de Cervantes una vez pasado el rodillo de los trasnochados – o incompetentes – traductores del ámbito cinematográfico, lo encontramos en E.T. ¿Quién no ha soltado la tontería de ‘teléfono, mi casa’ con acento de Raticulín y señalando al vacío con el dedo índice en su máxima extensión? Pues me he enterado hace poco (y todavía no salgo de mi asombro) de que esa frase, al parecer, es un engendro malparido del equipo de escribas patrios, ya que lo que realmente quiere comunicar a Elliot el achaparrado alien descarriado es que necesita ‘llamar (o telefonear) a casa’ o, en su original, ‘phone… home’. Yo noto nuestros cimientos culturales tambalearse después de digerir esto. Si seguimos tirando del hilo, encontraremos que está perfectamente documentado en los archivos de la Universal que Escarlata, en el borrador original, ponía a Dios por testigo de que jamás se dedicaría al alambre sin ninguna mención a la escasez de vianda. Y, ¿qué mierda es esa del Reverso Tenebroso? También este gremio es el responsable de acuñar la famosa frase del T800 ‘Sayonara, baby’, cuando comprobamos que en su versión original el gobernador más famoso de California dice, en perfecto español, ‘Hasta la vista, baby’ – ¿caso patológico de complejo de inferioridad cañí?.

Pero vayamos al grano. El nexo entre toda esta antología de la tergiversación en el cine y nuestro viaje está en la obsesión que atormentaba a una pobre alma engullida por las selvas camboyanas durante las postrimerías de su agonía existencial. Aquel demonio interior que carcomía al comandante Kurtz no era El Horror (con mayúsculas), no os engañéis, sino El Picor. Algo mucho menos etéreo y subjetivo. Algo que jode de verdad. Ahora no me extraña que el otrora paracaidista metido a chamán líder de una guerrilla quisiese que le diesen caza y acabasen con él. Supongo que, en medio de una guerra y viviendo entre salvajes en el corazón forestal de Camboya – en su caso – es complicado hacerse con provisiones de antimosquitos (mucho menos con alguna loción que alivie el prurito).

Hemos tenido que pasar dos días subiendo y bajando colinas dentro del Área Nacional Protegida de los bosques de Luang Nam Tha – en Laos, a diferencia de Kurtz – para empatizar con la llamada de auxilio del psicópata personaje de Brando. El picor. No importa lo en guardia que estés ante las hordas de mosquitos tigre; ellos tienen todo el tiempo del mundo y, cuando menos te lo esperas, te asestan la punzada ‘silenciosa’. Comienza como un cosquilleo que se va irradiando hasta zonas muy alejadas del epicentro chupopteril, luego asoma el pequeño bulbo foco del veneno y, para cuando te quieres dar cuenta te has convertido – al menos en mi caso –  en una máquina autodestructiva que no hace otra cosa que arrancarse capas de piel indiscriminadamente debido a la quemazón. Y el alivio no llega jamás, tan sólo una nueva oleada de ardor tras un minúsculo período refractario. Si a ese escenario le añades unos cuantos sedimentos de roña dentro del radio de la picadura y unas uñas que no les van a la zaga, tenemos una más que probable infección cutánea provocada por la sed de sangre de estos diminutos hijos de puta. Y si tan solo fuesen un par… y si, al menos, los insectos fuesen fácilmente saciables. Tras pasar la noche en la jungla y con una sensación a medio camino entre el estupor, el miedo y el infantil orgullo del padecimiento propio, contabilicé, tras varios escrutinios, entre cuarenta y cincuenta picaduras sólo en mi mano izquierda, no bajando de la veintena el número de dianas en la derecha. No os podéis hacer una idea del aspecto que cobraron mis extremidades superiores. En una noche su tamaño se había duplicado y parecían tener grabada la versión en miniatura y braille de Guerra y paz. Durante los tres días siguientes tuve que llevar las manos vendadas y en la postura en la que las ponen los cirujanos justo después de las abluciones preoperatorias. Durante esta convalecencia los segundos se hacían minutos y no dejaba de tener crisis nerviosas provocadas por el picor y el escozor en las que no podía dejar de gesticular como un subnormal mientras bajaba el santoral deseando que el sufrimiento remitiese, hasta que el cansancio o una bofetada de Marichi volvían a hacer que me comportase como un ser (medio) racional. Si Dekkard hubiese estado en mi situación habría podido replicarle al replicante (paradojas de la vida) cuando éste le espetó: “No hay nada peor que sentir picor y no poder rascarse”. Yo también quise rebelarme contra mi creador, aunque finalmente la hinchazón bajó sin tener que recurrir al deicidio. El picor. Éste fue el episodio más crítico en lo que se refiere a esta jodienda cotidiana a la que todo el que quiere visitar estas latitudes ha de acostumbrarse tarde o temprano. Pero ojo, se trata de una lucha constante y diaria. Ahora mismo mis pies son como el mapa de un archipiélago de cicatrices, postillas y picaduras supurantes. Es una lucha constante contra el impulso de despellejamiento. Ni que decir tiene que Marichi ha tenido lo suyo, pero, al menos en este caso, a ella le va más la escuela estoica y a mí la de los cínicos.

En lo que al apartado lúdico se refiere, comentar que los laosianos tienen un extraño baremo a la hora de atribuír niveles de dificultad a las diferentes rutas por la jungla. Nosotros nos apuntamos a una de dificultad moderada. Y un cojón de mico. Moderada para Pérez de Tudela o el equipo de Al filo de lo imposible. A los cinco minutos de habernos adentrado en la maleza, las gafas ya me hacían efecto aquaplanning por la la cara debido a los chorretones de sudor que me bajaban por las sienes y la frente; y así durante cinco horas cada uno de los dos días que duró el calvario. Por no mencionar los seis kilos de agua que nos cargaron a cada uno a la espalda. Respecto al paisaje, era lo más parecido a darse una vuelta por la luna de Endor; de hecho me extrañó que no apareciese Wicket queriéndose dar un magreo con nosotros (aunque si tenemos en cuenta que nuestro compañero de trekking era un judío israelí residente en San Francisco  – que a punto estuvo en dos ocasiones de descalabrase colina abajo, ¿os acordáis de: se va el chaval, se va por el barranquillo? – con lingotes de oro y una gran suma en divisas de todo el mundo a su nombre en una caja fuerte de un banco federal, lo más seguro es que el Ewok nos hubiese confundido con soldados del Imperio). La caminata se podría resumir en mucho subir y poco bajar, y cuando estás al límite de tu capacidad pulmonar es difícil pararse a disfrutar del entorno, el cual se componía principalmente de bambú, algunos árboles centenarios con lianas colgantes, pendientes del ochenta por ciento, rocas resbaladizas y, por supuesto, sanguijuelas y garrapatas (la única fauna con la que nos topamos). A mares. ¿Recordáis la escena del Templo Maldito en la que Indy y Tapón caminan por una gruta a oscuras y, al encender un fuego, ven la miríada de bichejos que están pisando? Pues aquí con las sanguijuelas igual. Son como dedos que te van subiendo por la pierna desde el suelo con una agilidad pasmosa. Con las garrapatas es diferente; pueden esperar días posadas en una rama esperando la oportunidad de avalanzarse e hincar su cabeza en el huésped. Para ellas es como una barra libre de hemoglobina y no se despegan sin dar guerra. La que me mordió a mí la despachó Marichi con bastante maña y no dejó prácticamente secuelas; no puedo decir lo mismo del resultado tras el intercambio de papeles (siendo ella la víctima y yo el extirpador), ya que le quedó un pequeño bulto (todavía apreciable) en el abdomen relleno, quizá, de huevos de garrapata (¿se repetirá la historia de la Nostromo?).

La extensión que abarcamos fue realmente grande, aunque no había nada que temer, ya que contábamos con el mejor sistema de localización y balizado en caso de que nos perdiésemos: la sudadera apestosa de nuestro guía podía delatar nuestra posición desde varios kilómetros a la redonda con un margen de error de las coordenadas inferior al dos por cien.

Lo más genuino de la travesía fueron las comidas servidas en hojas de banano, la ducha que nos dimos gracias a una canalización improvisada de un manantial y, por supuesto, la destartalada cabaña llena de agujeros en la que pasamos la noche a la luz de una vela mientras escuchábamos fuera los sonidos de algún licántropo destripando a un pavo real gigante (o eso me pareció a mí) desde nuestro colchón meado rodeado por una mosquitera modelo gruyere. De ahí el registro record de picaduras de la mañana siguiente. Me váis a perdonar, pero me están entrando unas ganas de…
El picor…               el picor…..                           ¡el picor…!

Dedicado a aquellos españoles, con o sin tienda de campaña, que sienten picor pero no pueden rascarse.

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Responses

  1. oh vaya… y el te pique lo que te pique pónte afterbite no funciona, no?

  2. Bueno, que recuerdos de mi viaje a Japón y las piernas cual leprosa, con ampollas y todo… ¡Me han entrado hasta ganas de rascarme! 😛

    Eso y unas ganas de partirle los dedos a Bjm por traumatizarme!! Si ya estaba claro que lo del doblaje en España es una lacra, el descubrir 27 años de engaño… ¿Cómo supero yo ahora esto? ¡¿Cómo?!

    Espero que os recupereis pronto y que el siguiente post pueda reconstruir el daño… 😉

  3. Inimaginable para un urbanita corunhes un alienante y hostil planeta como el que describes. Más bien los alienigenas sois vosotros adentrados en la espesura cual tripulantes de la nave de Alien rodeados de monstruos agazapados.
    Quizas llegue un día en que volváis a oler el arume arpado del pino y de la resina y el aroma de las hojas de eucalipto que te hacen respirar mejor. Lo maximo que te puede picar es una avispa despistada o una hormiga que te hace cosquillas porque se coló calcetines arriba.

    Feliz cumple (70) a Dylan al que supongo habras olvidado entre tanto sufrimiento.
    Es tu vida…

  4. No puedo evitar rascarme mietras leo tu post.Vas a tener que agenciarte unas manoplas y una escafandra….o mejor aún,momificarte…jaja.Aunque este episodio transmite picor,incomodidad y miedo(garrapatas!por Dios!!),también ha tenido buenos momentos.Si no que se lo digan a Marichi debajo de ese manantial´.
    Por cierto Nené,por qué no sales en las fotos?Los mosquitos tigre sólo te picaron las manos,verdad?
    Besitos de Marcos(está quedándose dormido en este momento) y de todos nosotros.Mucha suerte en Nueva Zelanda.


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