Posteado por: Benjamin | 5 abril, 2012

La carnicería de Botswana: New Order, please!

No, no voy a escribir acerca de la brutalidad sanguinaria de la última lucha tribal en la sabana. Tampoco sobre bandas británicas de culto en los ochenta. Mi intención es contaros cómo terminé fregando platos en un restaurante y la relación de ese hecho con querer cambiar el mundo. En este momento oiréis al Virrey Morcillo cuchicheandoos a la oreja con voz de pito: “¡Está loco, está loco!”.

Queenstown es la ciudad en la que vivimos. Capital neozelandesa de la adrenalina. Parapente y puenting antes del almuerzo, actividades ineludibles en la agenda del visitante. Kayaking vespertino y derrapes entre los cañones del Shotover a bordo de un jet-boat para cuando ya hayas hecho la digestión. De noche, reserva algo de jugo intestinal para regurgitar una buena vomitona sobre el mobiliario público durante la ruta por los locales más chic del país. Hermana pequeña de San Francisco por la abundancia de cuestas imposibles de afrontar sin equipo de escalada. Hija ilegítima de Sodoma por el culto al dinero, el lujo, la imagen y el sexo (no olvides hacerte con el flyer de la bacanal de esta noche para montar gratis en el toro mecánico, quitarle el polvo al taparrabos del armario y airear las ingles por las calles de la ciudad); transpira hedonismo por todos sus poros. Prima lejana de un pueblo tirolés, enclavada entre un enorme lago de aguas perennemente heladas y unas afiladas cordilleras alpinas de cumbres blancas. Gemela de Sapporo, meca meridional de los deportes de invierno. Y cuñada de Santa Cruz de Liáns por lo pequeño de su extensión y la suberpoblación de rotondas. De todas maneras, encontrarte al homo-localis y al Yeti es casi igual de probable y la esencia de Queenstown no es más que ser una enorme oficina de turismo al servicio de la tasa de cambio, no del visitante. No es una ciudad bonita, pero sí está en un sitio bonito. Precioso, incluso. Echad un vistazo en Google Imágenes y veréis a lo que me refiero.

New order, please! One scampi!

Llegamos a finales de Enero, tras cruzar de una isla a otra, después de haber visitado algunos lugares y probar suerte con la recogida de la cereza en un puñado de huertas en las que acabamos por desengañarnos por completo del ‘sueño neozelandés’, del trabajo en el campo y de la existencia de sentimiento alguno de humanidad en el corazón de los grandes terratenientes. Aquí ningún mochilero se forra; o puede que sí, pero en la misma proporción que acertantes de pleno al quince cada fin de semana y NO existe correlación alguna entre las componentes del vector [esfuerzo, eficiencia, sueldo]. Pura ortogonalidad. Así que optamos por establecernos en un ambiente más urbano e intentar encontrar alguna fuente de ingresos entre el sector terciario – al menos ahí no es la ausencia o no de precipitaciones lo que determina nuestro horario, ¡y sabes de antemano los días que libras! Salto adelante sin precedentes en lo que a derechos del trabajador se refiere.
Kitchen Porter es el eufemismo que emplean en estas latitudes para la labor amalgamada de fregaplatos, pinche y encargado de la limpieza, por la cual recibo a cambio una razonable cantidad de cromos de la reina Isabel II que sumados a los que me agencio de propinas resultan en una colección nada desdeñable de sipis cada semana. Conseguí este trabajo a través de una conocida de la época de recogida, la cual me encontré casualmente por la calle mientras deambulaba cual bola de pin-ball entre las varias agencias de explotación trabajo de la ciudad buscando las migajas de cualquier cosa que se pareciese a un laburo digno. En esos momentos es cuando valoras la importancia de saber llevar tres platos de comida en cada brazo y la botella de vino en la punta del cipote mientras ejecutas unos pasos de El lago de los cisnes. El caso es que esta mujer me dio la referencia de un restaurante en el que se estaba llevando a cabo durante esos días un casting para encontrar a la persona que mejor encajase en el perfil de fregaplatos. ¡Y yo con estos pelos!, pensé. Al parecer a ella la habían nominado al cuarto de hora de comenzar la prueba y un mal rollo con el chef del grill había sido el detonante para que el maitre determinase su fulminante expulsión. Los mensajes de texto de los comensales al 8555 intentando salvarla fueron en vano. Ni siquiera el corto de presentación de la concursante en la que su familia y amigos la describían como una apasionada por la ropa almidonada y el macramé consiguió ablandar el corazón del manager de cocina. Ella no pasó el corte, pero su paladar pudo degustar a cambio un buen solomillo a la plancha, cortesía de la casa por haber hecho el intento. Yo no tenía nada que perder y aunque no llevaba conmigo las certificaciones del MIT falsificadas en Tailandia – referencias típicas a la hora de postular a semejantes puestos de trabajo – siempre me quedaría poder zamparme un buen entrecot a la pimienta como premio de consolación. Llegué al lugar a la hora convenida y reparé en el curioso nombre con el que habían bautizado el local: The Botswana Butchery, lo que en lengua de Cervantes viene a significar la carnicería de Botswana. Un machete de carnicero adorna el cartelito y es el logo de la marca, adherido a cada prenda en el uniforme del personal de cocina (excepto el fregaplatos, que carece de uniforme en el sentido protocolario, a no ser que a los andrajos más apestosos se les pueda calificar como tal). En un abrir y cerrar de ojos me había enfundado un delantal tiñoso y estaba totalmente inmerso en la vorágine del universo en la cocina de un restaurante, teatro de operaciones totalmente nuevo para mí hasta la fecha.

New order, please! Two medium lambs, one rare, one medium-rare!

De eso hace ya más de dos meses y por aquel entonces todavía no conocía las estupendas credenciales que acumulaba el restaurante tanto entre los aficcionados al buen comer como los profesionales de las guías gastronómicas. Vamos, que acabé en uno de los restaurantes más famosos -y caros, y pijos- de todo el país. Y, al parecer, los méritos son merecidos (aunque la sopa de cebolla, una de las especialidades de la casa, sepa a calcetín sucio). En una ocasión cayó en mis manos la carta espirituosa, en la que pude comprobar el precio de la botella de champán más caro que atesoran en el restaurante (creo que sólo tienen dos). Es tontería que os diga cuánto ya que es una cantidad que nuestro mileurista poder adquisitivo no es capaz ni de asimilar. De todos modos, os invito a que estiméis lo que puede costar esa botella de champán en los comentarios y yo os iré guiando al más puro estilo Joaquín Prat. Los trofeos y diplomas que acreditan su prestigio atiborran las paredes de las dependencias del personal y de vez en cuando se dejan caer famosetes del área Asia-Pacífico cuya existencia era totalmente desconocida para un servidor. El otro día estuvo Faramir. Y el batería de AC/DC. O era el bajo. No, el batería.

New order please! Three scalops, two French onion soups!

Teniendo en cuenta este ambiente de pompa y excusividad que rodea al negocio no es de extrañar la importancia que se le concede tanto a la imagen impecable y agradable a la vista como a los modales de etiqueta, siendo casi requisitos ineludibles en todo el personal que trabaja de cara al público (afortunadamente, mi apariencia mitad mecánico, mitad deshollinador no es un problema dentro de los límites de la cocina y el olor a fregadero atascado que irradio no alcanza las fosas nasales de los comensales). Vamos, que el staff  de camareros y camareras está lleno de Adonis y Musas entre los que se establecen curiosos roles y comportamientos, llegandose en algunas situaciones a rebasar la línea que separa el inocente y estival flirteo entre tíos y tías buenas del simple y llano acoso sexual en el trabajo. Y, citando de nuevo al filósofo Tojeiro, no es que hagan falta muchas palabras amorosas para que la interacción sexual se haga explícita. Love is in the air. Jóvenes, guapos, con estilo y disponibles (y más salidos que el codo de un taxista). Ése es el patrón en el que yo, empíricamente, no encajo. Veámoslo: casi todo el personal es más joven que yo; guapo – mi complexión de tonel, los dientes que ya me faltan, el exceso de vello y el sarpullido que me ha salido en la cara a raíz del mal uso de los productos químicos de limpieza no son atributos que me hagan finalista de un certamen de belleza, ni siquiera en una pedanía de las Hurdes; estilo – la sudadera de capucha, los vaqueros y la camiseta sin dibujo de un solo color llevan siendo mi indumentaria desde el instituto, por no mencionar que me importa bien poco si me pongo los calcetines al derecho o al revés o si salgo de casa con un lamparón; y en cuanto a la disponibilidad, los que me conocéis sabéis que si buscáis monogamia en el diccionario aparece una foto mía. En fin, como un pulpo en un garaje. A pesar de todo no puedo decir ni una sola mala palabra de nadie; aunque todavía no acabo de acostumbrarme a las palmaditas en el trasero que me da de propina uno de los camareros cuando pasa a mi lado. Todos me dieron una calurosa bienvenida -no, no hay connotación sexual por nigún lado- y la gente está siempre dispuesta a ayudar con una sonrisa en la boca -no, sin segundas intenciones guarras.

New order, please! Six fresh oysters, one spaghetti, two fries!

Dejadme ahora que os hable de mi labor en Botswana. ¿Habéis estado alguna vez en la cocina de un restaurante? Es lo más parecido a una olla a presión, no sólo por las temperaturas que se alcanzan sino por la cantidad de gente que hay dentro, la rapidez a la que han de ser hechas las tareas, el poco tiempo para llevarlas a cabo, el escaso margen de error permitido y los mil y un peligros que acechan: resbalones, caídas, quemaduras, golpes, aplastamientos, la inspección de sanidad, cortes, más cortes… vamos, casi como un call center (no me olvido de vosotros, ¡aúpa GSS!). Y cada uno va a su bola, como si lleváramos puestas las gafas que les tapan la visión periférica a las bestias de carga, igualito. Por eso que es de vital importancia que dispongamos de algún método o dispositivo de localización y posicionamiento del resto de los electrones que andamos rebotando por esa cocina de éter para evitar, principalmente, que te rocíen con aceite hirviendo o te claven accidentalente el cuchillo de dos palmos entre la quinta y sexta vértebra. ¿Cuál es ese método? Gritar. Gritar para que los demás sepan dóne te encuentras, sobre todo si estás detrás de ellos, por eso lo primero que te enseñan es a decir alto y claro la palabra ‘detrás’ en inglés, es decir, behind. Sin pudor ni vergüenzas, decidlo bien alto, venga, haced la prueba, aunque le perforéis el tímpano al que tengáis al lado, estéis donde estéis, una, dos, tres… BIJÁIN! Total, que somos un montón de gente corriendo de un lado a otro, como pollos sin cabeza, resbalando, golpeándonos y gritándole a todo el mundo. Creo que Dante trabajó una temporada en Botswana. Es digno de verse. En medio de todo este alboroto, los cocineros, conocedores de la cardinal importancia de la labor de fregaplatos, a la vista de tu buena actuación en momentos puntuales en los que supiste salir del atolladero, y como método de refuerzo positivo al más puro estilo Skinneriano te meten un par de cocochas de merluza en la boca sin que te des cuenta para que sepas que has sido bueno.

New order, please! One salad, two lambs, rare, two fries!

Se podría decir que un sesenta y nueve por ciento de lo que hago es fregar (sumergir platos y ollas en agua caliente, frotar la mierda pegada, poner en el lavavajillas y colocar de nuevo en su sitio), un veinte limpiar (barrer y fregar suelos, encimeras, cocinas, hornos y demás), y un diez hacer tareas de pinche (pelar patatas, zanahorias, cebollas…). El uno por ciento restante me lo paso esquivando cuchillos y tenedores que los camareron intentan encestar en el recipiente de cubiertos sucios con escasa puntería (me estoy imaginando la cara que pondría mi agente del seguro en el hipotético caso de que le tuviese que explicar las circunstancias que rodearon al apuñalamiento por la espalda). Tengo las yemas de los dedos tan acartonadas por culpa del nanas que el cursor táctil del ordenador ya no los reconoce como tal, aunque la absoluta erosión de toda huella dactilar me cualifique para dedicarme en un futuro al hurto a gran escala.

Y como cantinela de fondo en toda esta sinfonía, cual repiqueteo de campanas un domingo por la mañana, tenemos al Chef cantando los nuevos pedidos a voz en grito, uno a uno, como un cuentagotas, durante todo el día; una fórmula que ya he interiorizado hasta el punto de que la oigo en sueños. New order, please! En los días en las que hay mucho trabajo no paras de escucharlo, literalmente. Lo curioso es que en inglés utilizan la misma palabra para ‘órden’ y ‘pedido’, order. Trabajo en un sitio en el que constantemente se está reclamando un nuevo pedido, pero interiormente yo estoy gritando a la vez con el Chef, esta vez por un Nuevo Órden de las cosas. Y rapidito. Que hay mucha gente esperándolo.

El empleado del mes

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Responses

  1. 1995 Krug Clos d‟Ambonnay Blanc de Noirs $9,998

    Acerté?

    Brutal la entrada. Yo quiero la edicion en libro ya

    • Jajajaja. Suso, tío! Lo has clavado. Tus dotes de documentalista son la pera. Tengo que pensar en un premio, pero descuida, que no me olvidaré de te recompensa. Gracias por seguirnos y por tus comentarios. Cómo va todo por ahí? Ojalá sigáis todos igual de frikis. Os debo correos desde hace un lustro, soy un desastre. Saluda a todo el mundo de mi parte.

  2. Buenísimo post,hermanito.Cúantas ganas teníamos de disfrutar de tu humor narrativo para contar (a veces) vivencias no muy agradables,como esta.Daría lo que fuera por presenciar unos segundos lo que describes,pero si te sirve de consuelo,las cosas no están mucho mejor por aquí(lo de empleado del mes no existe).Marcos te manda besos y se acuerda de tí,y nosotros te echamos de menos(mucho).
    NEW ORDER:COME BACK SOON!!

    Te quiero Nené.

  3. Chicos, somos los dos barceloneses (Javier y Nuria) que os conocimos en China, en Pingyao…en octubre del 2010!!! Y todavía seguís de viaje! Nos alegramos por vosotros, mejor que no volvais porque el tema laboral por aquí está complicado, como dice tu hermano.

    Nosotros seguimos trabajando y viajando, en breve nos vamos a Riga (Letonia) y tenemos otro proyecto próximo de viaje a África. Pero a veces todo sabe a poco.

    Me he reído un montón con tu descripción de la cocina-infierno de Dante.
    Y oye Benjamín, tú también tienes tu sex-appeal, que yo recuerde…
    Aprovechad esta experiencia, os deseamos mucha baraka y recordad que teneis unos amigos en Barcelona. Muchos besos para tí y para Marichi, y vigila con los cuchillos BIJAIN!
    .

    • Hola chicos! Qué alegría saber de vosotros. Ayyy, el gusanillo de viajar… te pones a ello y cuando te quieres dar cuenta ya has arrancado cantidad de hojas en el calendario. Qué frío hacía ese día en Wutai Shan!! Os acordáis? Ya os debe de quedar poco para entrar en el club de los 100, no? Qué envidia…
      Gracias por haber disfrutado de la lectura, nos hace mucha ilusión.
      Muchos besos y cuidaos mucho.

      • Mian Shan, Benjamín, Mian Shan…

  4. Hola Benjamin.
    Sabes de sobra mi poca aficion a la lectura pero cuando se trata de Groucho Marx o de Woody Allen siempre hago una excepcion. Si te decidieras a escribir estarias a la altura de cualquiera de ellos, mas aun, lo estas aunque seas un simple pinche cum laude circunstancial.
    Y es que me escarallo de risa con tu post. Tu nunca te quedaras atras – Cuidado con los cuchillos que vuelan: BIJAIN !!
    Gracias por la alegria que nos haces sentir cada vez que hablamos o leemos tus magnificos relatos.

    Un recuerdo para MIngote DEP.

  5. Brutal la entrada! Sigue escribiendo, que en el Botswana vas a encontrar fuente de inspiración seguro!

  6. ¿Qué se puede decir de un post en el que comparten espacio el Virrey Morcillo, Faramir, Joaquín Prat, el filósofo Tojeiro, Dante y el batería de ACDC?(o era el bajo. No, el batería).
    Esto no es la Botswana Butchery, sino el 13 Rúe del Percebe!!
    Sólo falta que aparezca por allí el espíritu de Harpo Marx, y, a la señal de “New Order, please!!One salad, two lambs, rare, two fries!!!!” haga sonar su bocina y Groucho apostille “Y también dos huevos duros!!”.
    Magistral.

    • Para seguir las entradas de Benjamín hace falta haber leído un poco, saber bastante de cine y TV y unas muuuuuy altas dosis de frikismo. ¿Quién puede entender si no ha visto 256 veces (bueno, quizá con un par llegue) el Testimonio de Anatoli Karpov la alusión al Virrey Morcillo? Y, aún así, o, más bien, por eso, nos encanta…

      • ¿Frikis? Por favor, Marichi, ¿quién no conoce a Diego Morcillo Rubio de Auñón, Virrey del Perú?Si hasta hay un instituto con su nombre en su Villarrobledo natal!!¿¿Y qué decir de Faramir, hermano menor de Boromir y segundo hijo de Denethor II, senescal del reino de Gondor??O el gran José Tojeiro, máximo exponente de la corriente filosófica denominada “prespitacionismo”??Al que no conozco es al batería de ACDC…O era el bajo…No, el batería.

  7. Hola Bijáin! Me ha gustado mucho saber de tus aventuras. Un saludo y ánimo!


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