Posteado por: Benjamin | 7 junio, 2012

Volare! Oh oh! Contradicciones singapurenses.

A Marichi casi se le desencaja la mandíbula al darse cuenta, casi con un pie en el avión, de que había pasado por alto la diferencia horaria que separa los dos continentes (hecho que se obvia en los billetes de avión al mostrar siempre hora local), por lo que el vuelo que se había imaginado como mero aburrimiento transitorio pasaba a ser una tortura prolongada de casi doce horas, comparable a meterse entre pecho y espalda non-stop el debate sobre el estado de la nación, con la salvedad, claro,  de que en el Parlamento no intercalan las soporíferas intervenciones con capítulos de ‘Futurama’ o ‘Me llamo Earl’. Contratiempo éste un tanto incomprensible si tenemos en cuenta que ese mismo trayecto nos lo tragamos a la ida y, si mal no recuerdo, Marichi iba sentada a mi lado entonces. Qué contradicción, ¿verdad?

Los que me conocéis, sabéis de mi aversión por todo lo que conlleve despegar las plantas del pie de la cálida y maternal corteza terrestre. Ya lo decía mi abuelo: yo, por donde pisa el buey. Así que tuve que pasar de nuevo por todo el proceso, incluyendo los terrores nocturnos a una semana vista del vuelo, palpitaciones al entrar en la aeronave, sudoración excesiva (incluso habiéndome frotado nuestra piedra desodorante hasta llegar a provocarme un desgarro en el sobaco izquierdo, en la cara exterior, a medio camino del pezón – un invento que hace época éste del desodorante-piedra) e hiperventilación durante la charla de seguridad por parte del equipo de cabina, desembocando todo este festival de la aprehensión en episodios de parálisis facial y espasmos en las extremidades durante el intervalo entre las maniobras de despegue y la estabilización del aparato a velocidad de crucero. Y, mientras tanto, Marichi dudando entre solicitar ayuda del sobrecargo o descojonarse de la risa (solución: opción dos). Creo que la razón de todo este paripé mío es haber visto de pequeño los Cuentos Asombrosos de Spielberg y cía. demasiadas veces y siempre me imagino al monstruito cabroncete pasándoselo teta fedellando con el fuselaje de la alas y regocijándose con el sufrimiento del pobre pasajero testigo de todo al que nadie cree. ¿Criaturas malvadas que viven en las turbinas de los aviones? Racional que te cagas, ¿verdad? No es ningún secreto, ni nada de lo que me avergüence: odio volar. Y mucho me temo que en los meses venideros voy a tener que pasar por mostrador de facturacción unas cuantas veces. Un viajero que se pone malo con los aviones; contradictorio.

Pagoda Street, en Chinatown.

Unas cuantas arterias trombóticas y algún que otro amago de pérdida de consciencia después, aterrizamos en el aeropuerto de Singapur. Vuelta al mercurio disparado, a soportar niveles de humedad propios del ecosistema interno de un lavavajillas industrial (y de esto último sé un rato), a la austeridad en el vestir y las jodidas ampollas por haber perdido la costumbre de andar con sandalias. No conseguimos encontrar a nadie mediante CouchSurfing que nos dejase montar nuestro chiringuito en su casa (uno de los posibles anfitriones recibió a última hora la invitación como ponente a las III Jornadas Marianas de Mimo Interasia, bajo el lema: “Aprende a posar como la Dolorosa en un ambiente hostil”, mientras que un segundo había alcanzado el Nirvana y el hecho de que su casa estuviese iluminada incluso por las noches resultó ser suficiente handicap para echarnos atrás). Sin embargo, pudimos contar con la ayuda (y la billetera, el menda no dejó que pagásemos ni una ronda) de un azafato de vuelo malayo afincado en Singapur desde hace años, Melv, para que nos enseñase algunas cosas de la ciudad y mantener algún que otro saludable intercambio cultural (no todos lo son, os lo aseguro). Era un tipo simpático que no paraba de intercalar tropecientas veces en cada oración la coletilla you guys, que viene a significar como el muy nuestro tío cuando interpelamos a alguien. Pongamos un ejemplo de la sintaxis de nuestro querido benefactor en la isla.

Frase neutra: El murciélago comía feliz cardillo y kiwi.
Frase estilo Melv: Hey tío, he oído tío que hay un murciélago y, escucha esto, tío, es tremendo, ¿te gusta el kiwi, tío? Porque, tío, el murciélago éste, se estaba comiendo uno, tío, y, tío, esto no es todo, ¡también cardillo, tíos! Tremendo, ¿no, tío?

Con Melv (derecha) y Jonathan.

Nuestro córtex cerebral se veía obligado a realizar una ardua labor de filtrado, depurado, recolocación y semántica general cada vez que había que procesar una frase de este hombre. Sólo con entenderle quemábamos las calorías necesarias para la toda la jornada. En cualquier caso, nos cayó muy bien y, aunque, temíamos por que sus globos oculares se saliesen de sus órbitas en cualquier momento, nos sentimos la mar de cómodos y distendidos a su lado. Bueno, el que hubiese invitado a todo nos alivió que no veáis.

Chinatown

Singapur es como un moco que Malasia no se ha podido sacar, pero está ahí, a punto de caerse, en la puntita. Si el curso de la Historia ha querido que este rincón del mundo se convirtiese en una isla-estado hay que agradecérselo, otra vez más, a la pérfida Albión. Las cosas eran tan sencillas entonces… “veamos, si creamos una ruta comercial a base de pólvora por aquí, invadimos este islote en el que todo quisqui hace escala por allá y les sangramos a tasas portuarias, nos forramos más que los directivos de Bankia, crece el Imperio y así el Earl de Yorkshire le puede comprar un pony a su primogénita y tiene excusa para explotar más a los obreros a su cargo en la fábrica textil, no hay nada mejor que ‘abrir’ nuevos mercados.” Los ingleses importaron mano de obra china e india (millones de seres humanos convertidos en mercancía, piedra de toque de una estructura sin alma que no es, ni mucho menos, diferente a lo que tenemos ahora), a los que subyugaron, junto con los malayos en batamanta que había por ahí, bajo el estandarte de la Union Jack. Otro ejemplo más de que en lo que el mundo ha devenido no ha sido por otra cosa que el dominio que unos poderosos han ejercido sobre otros grupos. Y, bueno, mucho tendríamos que callar los españoles.

Templo hindú.

Arab Street, en Kampong Glam, barrio musulmán.

¿Multicultural? Claro. ¿Cruce de caminos, puerto universal? Seguro. Pero la batiburrillo étnico que es Singapur no se sostiene gracias a la harmonía y la convivencia, sino cada uno en su guetto y sonriendo al turista para que no perciba el odio visceral que estas comunidades se tienen entre sí. Rascacielos, progreso, dinero, Gucci y Prada, todo esto lo tienes, pero el color de los porteadores del puerto siempre es el mismo y en la imponente Orchard Road, a la par con la Quinta Avenida neoyorquina, predominan las caras blanquitas.

De lo más turístico, los barrios de Chinatown y Little India. Idos acostumbrandoos a estos originales nombrecitos – que bien podían tener el sello de marca registrada -, invenciones de algún vasallo del rey Jorge aficionado al brain-storming para referirse a los “agujeros de inmundicia en los que habitan los infrahombres del país amarillo y los bigotudos malolientes de la tierra del Ganges”, respectivamente, ya que en la península malaya (nuestro próximo destino) no hay pueblo que se precie que no cuente con su barrio chino e indio. Colorido, mercadillos, puestos de comida local, farolillos, arquitectura colonial, calles zigzagueantes y decadencia urbana en forma de desperdicios, cabinas telefónicas que con solo mirarlas contraes tétanos, laberintos verticales de tuberías de agua y gas tomando el sol formando aunténticas redes por las que circula el jugo aceitoso que lubrica las megaurbes, callejones superpoblados de esa endémica especie de climas tórridos que son los aparatos de aire acondicionado, altares con incienso en los sumideros y templos con trompas de elefante en las fachadas, cabezas con velo negro bajo en el calor impenitente en Kampong Glam (otra contradicción) y, algunas veces como telón de fondo y otras como claros protagonistas, los imponentes rascacielos del skyline singapurense, uno de los epicentros mundiales de desarrollo capitalista. Puras contradicciones.

El tochazo de hotel con lo que rememora al caso de un barco en su cúspide. No me acuerdo del nombre, sinceramente.

Pero para contradicción ésta: ¿vosotros os meteríais mierda en la boca? Para los que no seáis unos coprófagos enfermos os impresionará saber que en el sudeste asiático la gente paga, y carito, por la satisfacción de comerse una fruta cuyo sabor, por no hablar de su textura, resembla hasta el límite del parecido al de las deyecciones humanas; sabe a caquita, vamos. El durian. No lo probéis. Jamás. Compradla sólo si sois lo sufiente hijoputas para gastarle alguna broma de mal gusto a un amigo o queréis que os concedan algún tipo de invalidez por putrefacción interna, ya que repite que no veáis y los constantes eructos que aflorarán durante el resto del día no harán más que rememorar la sensación nauseabunda y agraciar a los que os rodeen con unos efluvios de mierda salidos de vuestra boca. No te dejan ni meter esta fruta en el metro, por la peste que desprende ya andes de pelarla.

Durian ¡Mmmmm, qué rico!

Me encantaba utilizar el metro, ese oasis subterráneo en el que puedes recargar chi gracias al aire acondicionado y darte cuenta de dos cosas: la total adicción y dependencia de los singapurensen a toda la miríade de gadgets tecnológicos y lo chatas y carnosas que son sus napias. Estar sentado frente a alguien en trayectos largos es lo que tiene. Al subirnos en un vagón nos sentíamos unos margis inadaptados porque, a diferencia de la gran mayoría, no desenfundábamos nuestro iPod, iPad, iPhone, tablet o chintófono de turno y nos sumergíamos en el apasionante universo de la insensibilidad humana. Tristes de nosotros, tan sólo hablábamos. Menuda contradicción.

Skyline nocturno.

Casa en Little India.

Jóvenes emprendedores locales.

Nota: Un último apunte que no guarda ninguna relación con lo anterior. Un cambio fisionómico se ha operado en mi tez desde que me repuse de un quiste sebáceo en mi labio superior. Desde entonces, ya no me crecen pelos en el lunar que tengo junto a la boca. ¿Alguién tiene alguna idea de por qué? ¿Un lunar sin pelos? ¡Qué contradicción!

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Responses

  1. muy bueno y yo por so acoso no probe esa linda fruta de durian su olor era nauseabundo todos decian pero es rico..mmmmm algo que huele tan tan mal nunca puede ser rico!

    • ¡Puaj! – lo que se me viene a la cabeza cuando escucho la palabra durian. ¡Tendrían que pagarte por comer eso! ¡Es un desafío!
      Esperamos que estés bien, Camilita y ojalá nos reencontremos.

  2. Si encontrais una sucursal de Bankia, la atracais de mi parte y os vais derechitos al Hotel Raffles a tomaros un “singapore sling”, y luego me contais. Siempre quise hacer eso

    • Otra deliciosa contradicción Raúl: a ojos de los asiáticos nosotros somos las sucursales bancarias a las que hay que atracar con los precios pseudo-inflacionados de los “singapore sling” y la noche de hotel en el Raffles. Pero ¡ven a comprobarlo tú mismo! ¿Cuando pillas vacaciones? Vente a hacer un tramo con nosotros.
      Un abrazo y gracias por seguir leyéndonos.

  3. Está visto que el miedo a volar es algo que llevamos en los genes en nuestra familia, brother, porque esos síntomas que describes los conozco muuuuy bien (y cuando veo las fotos de Marichi en el parapente en Nueva Zelanda…pufff….)
    Le he comprado a Markitos un globo terráqueo para enseñarle los países por donde pasáis (le hace mucha gracia la cordillera del Himalaya, no me extrañaría que acabárais allí.)
    Un abrazo a los dos, y ROCK THE PLANET!!!

    • Yo creo que “entran los hermanos Rodríguez Ormaechea en un avión…” sería un comienzo cojonudo de chiste. Somos una parodia. Si supieras lo cool que suelen ser los mochileros…
      Nepal está en nuestra ruta, pero allí habrá otro enemigo de la aprehensión – el mal de altura!!!! Ya os contaré.

  4. ¡Por fin volvedes á ruta! se non recordo mal, a Phileas Fogg sólo lle levara 80 días. Bueno, espero impaciente o voso próximo relato.

    • Ya, Iván, pero resulta que Fogg era un pijo de la Coru con un montón de pasta y se hacía los viajes típicos de resort y pulserita, viajando en bisnes. Así también se ve el mundo en 80 días. Pero en Monte Alto las cosas se hacen de otra manera, neno, ¿mintiendes?

  5. Ayayayyyy Mimin,cuanto me rio con vuestras historias;mi corta experiencia con los aviones también fue chunga,Iñaki tiene razón,es de familia.Lo de tu lunar sin pelo,puede tener una explicación sencilla y es que si has tenido un quiste sebáceo hayas perdido el folículo ,pero he leído que si te frotas la cara con un buen durian te queda la piel estupenda,como la de durian gray.Marki me pregunta cuando vas a volver y yo le digo,que no lo se y el entonces me dice que “claro,se fue porque no conocía el mundo”.Te quiero little.

    • Los peques tienen una elocuencia que bien la quisiéramos todos. Tengo taaaantas ganas de maravillarme en directo con todas las cosas que dice Marcos…

  6. Me quedé dormido en el sofá y de madrugada he encendido el ordenata para leer tu post con el que me escarallo de risa recordando mis terrores cuando empecé a volar, principalmente a Madrid. Vivíamos en Ferrol y yo iba a hacer cursos a IBM. El primer síntoma era cagalera la semana previa al vuelo juntamente con una atención especial a la previsión meteorológica. Después el viaje en taxi a las cinco de la mañana desde Ferrol a Coruña o Santiago. Llegaba al aeropuerto hecho unos zorros… perdón pero veo que me estoy excediendo en el comentario, así que lo continuaré en un mail aparte. Verás cómo os reís.
    Hoy Nadal ganará el Roland Garros y España a Italia. ¡¡¡No hay rescate que valga!!!

    • De tal palo tal astilla, papi. Supongo que estos patrones ‘engendrados’ forjan mucho el carácter de cada uno y nos van llevando – o, al menos, predisponiendo – por sendas determinadas. Yo no me avergüenzo de cómo soy ni del lugar de donde emanan todas mis características ‘de serie’, aunque de algunas no hay duda que es mejor irse desprendiendo cuanto antes. Un beso, y deja los comentarios tan largos como quieras 🙂


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