Posteado por: Benjamin | 21 junio, 2012

Cuando fuimos Petronas

En el universo del mochilero uno de los conceptos que adquieren mayor importancia y más condicionan el día a día es – redoble de tambor – el peso. Podría ponerme a hablar de las reservas de lípidos medias del viajero, pero en este caso lo que nos atañe son los kilos que te cargas a la espalda, no en la papada. Para el que esté disfrutando (y no sufriendo, que son mayoría) de lo que se ha venido a denominar The Unemployed Life (o TUL, abreviando) muchas de las cosas que hace o deja de hacer vienen en función de esta engorrosa variable. Está claro que el disponer de ciertos items puede sacarte de algún que otro apuro (llámense plantillas para el mal olor, pastillas potabilizadoras de agua, mosquiteras, todos los volúmenes del Libro Gordo de Petete, etc.) y, ni que decir tiene que si vas cargando con la guitarra serás el melómano terror de las nenas en cada full moon party, a pesar de te hubieses quedado en el Come As You Are, capítulo dos del método de guitarra ‘Lo importante es aparentar’ de la editorial Perroflauta Globe Trotter. Y si lo tuyo es acordeón lo llevas claro. Pero nosotros hemos hecho nuestra la máxima “menos es más” y procuramos, si no alcanzar, sí tender hacia los valores que optimizan la función en sus valores mínimos. Si ese cálculo lo combinamos con el algoritmo “cómo meter un elefante en un seiscientos” (ver nota) da como resultado unas preciosas, compactas y manejables mochilas, listas para amoldársete a la columna y no dar mucho por culo. Vamos, que llevamos lo necesario y un poquitito más, sin llegar al nivel de compulsividad del menda que conocimos que, no satisfecho con el volumen que ocupaba su cepillo de dientes, decidió partirlo y quedarse sólo con la parte superior. Friqui.

¡Pues no se me ha ido volando la gorra!

Detalle de la puerta de un templo

Y quizá más importante que el macuto sea la composición y distribución interna de la “mochilita de campaña”, esa que llevamos a las escapadas y excursiones una vez acomodados en un sitio. Se supone que ese continente ha de albergar los elementos imprencindibles de supervivencia para unas cuantas horas, léase agua, móvil, dinero, comida, cornamenta, cartera, testículos y reloj. Y nos la vamos turnando. Normalmente, con el calor que hace, al final del día apesta a sobaco de bonobo y está anegada en sudor, pero eso no nos interesa aquí. Y, para cerrar la cuenta de bolsas de viaje, yo – ya que Marichi hace ya un tiempo que se ha hecho la sueca con el tema, al igual que con lo de fregar los platos – porto casi veinticuatro horas al día un bolsillo con cremallera, oculto en alguna parte de mi cuerpo, en el que guardamos los pasaportes, la pasta que no vamos a usar en el día y las tarjetas de crédito. La localización exacta es altamente secreta, pero os daré una pista: huele a pubis. Realmente es un coñazo de llevar, aunque el consiguiente aumento de volumen del paquete me hace feliz. Vamos, que se trata de nuestro backup de viaje por si algún día nos despluman a punta de durian podrido. Si un día nos falta ese bolsillo, estamos bien fodidos.

¿Se lo lleva o no, señora?

Aquel día estábamos en George Town, principal ciudad de la isla de Penang, al noroeste de la Malasia peninsular y Marichi estaba armando la mochila de campaña, ya que habíamos planeado pasar el día en el parque nacional de la isla, hacer algún treking y bañarnos un ratito. En estos días en Malasia yo me he ido aficionando a unos bollicaos malayos muy ricos y casi los he convertido en un must para endulzar la gorja después de las comidas, por lo que ya contaba meter algunos en la mochila. No nos podíamos olvidar los bañadores, la cámara de fotos, la toalla, la crema del sol, la gramola de la abuela, un par de yelmos del siglo XII y el martillo rompecristales para romper cristales que guardan martillos rompecristales. Resumiendo, la mochila pesaba un huevo. Yo no lo veo así, pero según Marichi, y ella me conoce, quejarme es uno de mis hobbies predilectos y ese día, todo según su testimonio, no paré de bajar el santoral por tener que cargar con la mochilita de marras.

No podíamos imaginarnos que esa tarde nos intentarían robar.

Pero antes de ir al turrón sigamos contextualizando la historia. Esta islita es uno de los destinos turísticos más importantes del país y su capital, George Town, fue declarada Patrimonio de la Humanidad hace unos años por sintetizar y conservar casi como hace dos siglos los hechos y tradiciones que hacen que Malasia sea tal y como es, es decir, la amalgama de culturas, los barrios étnicos (Chinatown y Little India, lo tenías en la punta de la lengua, ¿verdad?), la comida y la arquitectura típica. Bla bla bla. Hasta aquí lo que te cuentan las guías.

Puestos de comida

Farmacia china

Nuestro albergue estaba en una de las calles más céntricas y aquello era un hervidero de gente, tiendas, tráfico, puestos de comida y colonias de ratas. La proporción de estas últimas viene en directa relación con los metros al descubierto que hay de alcantarillado o sistema de canalización en los lugares. Evidentemente esto es una asignatura pendiente del sudeste asiático y las aceras no suelen ser más que bloques irregulares agujereados colocados sobre estas acequias urbanas. Que conste que uno se va acostumbrando al tema de los roedores de cloaca; es un hecho que, si comes en un puesto de la calle, la propabilidad de tener una a menos de dos metros roza casi la unidad, así que mejor ir haciéndose a la idea.

A pesar de que la isla está muy urbanizada (se puede cruzar a ella mediante un mastodóntico puente estilo Golden Gate) y las calles donde se concentra la oferta hotelera están a reventar, a poco que te alejes del epicentro ya tienes esa sensación de pueblo dormido, donde casi se ha parado el tiempo y la gente sigue haciendo lo mismo que se ha hecho durante generaciones. Los templos budistas e hindús están por doquier, armoniosamente injertados en el paisaje, junto a modernos bares estilo occidental en los que ver los partidos de la Eurocopa. En el centro, los edificios son de dos plantas (bajo y primer piso) y todos ofrecen esos agradecidos soportales en los que resguardarse del sol aplatanante; aprender labores centenarias a través de las puertas abiertas de los negocios, socializar con el vendedor de la esquina o simplemente sentarse a no hacer nada excepto con tu retina, viendo con una sonrisa en la boca el milagro del sudeste suceder ante tus ojos. ¡Qué soportales tan bonitos! Telarañas, cables, contadores, lagartijas, plantas, ventiladores y lámparas no hacen sino añadir vida y colorido a este ecosistema urbano.

Soportales

Haciendo noodles en George Town

Éste es uno de esos sitios en los que se respira el devenir de la Historia. Siendo así, consideramos que una visita al Museo Nacional de Penang estaría más que justificada y para compensar tanta sobrecarga cultural decidimos, casi por aburrimiento, hacer la frivolidad del año, aprovechando los descuentos de la peluquería de al lado, y teñirlos el pelo, yo de rojo y Marichi de castaño claro. ¿Resultado? Señoras que ven velociraptores en el sudeste asiático.

Señoras que…

Quizás fue el tinte lo que nos dañó el cerebro tanto como para cometer la soberana imprudencia que desembocaría en la escena del hurto en grado de tentativa. Nos habíamos cruzado la isla, mochila de campaña a cuestas, para visitar el Parque Nacional de Penang. Jungla y playas. Todo en uno. Llegamos haciendo una escala en la que sobrevivimos a la abdución religiosa de un dentista que tenía la consulta en un gran edificio abandonado con cierto aire post-apocalíptico y que adornaba las paredes de su negocio con puzzles de Jesucriter. (Escalofríos). Pero esa es otra historia. A la playa se accedía tras hora y media zigzagueando por la jungla, sudando la gota gorda y deseando haber adquirido años atrás los DVDs de Jane Fonda en la teletienda (o no haberse aficcionado a los bollicaos malayos). Y el engorro de la mochila sobrecargada no hacía más que doblar el sufrimiento. Bueno, vale, el paisaje era bonito, no vaya Marichi a tener razón.

Embarcadero en el parque nacional

Y, por fin, tras descender un risco limpiando la vegetación a nuestro paso, allí estaba: arena y mar, imagen de postal, prácticamente para nosotros solos. Nos desprendimos de la ropa y nos enfundamos el traje de baño, fuera bolsillo secreto, cartera, cámara: todo lo metimos en la mochila de campaña que, ya sobrecargada de antemano, parecía una olla a presión. Todo lo que tiene valor material para nosotros en estos momento estaba en esa mochila, esta vez sí que no habría Ctr+Z. La posamos en la arena, bajo la sombra de unos cocoteros sin Keith Richards a la vista y allá que nos metimos en el agua para hidratarnos del tirón. Pero yo me había dejado algo puesto, algo con lo que no caí hasta después de que el momento amargo pasase. Algo que normalmente siempre me quito a la mínima oportunidad, de lo que reniego mil veces al día, algo ajeno, pero con lo que no puedo vivir, otro engorro con el que llevo lidiando desde los once años: las gafas. ¿Por qué me metí en el agua con gafas? Enigma a la altura de otros como las figuras de Nazca, el Santo Grial y la longevidad de Sara Montiel. Es como esas veces en las que uno se mete en la ducha con calcetines; te sientes un poco gilipollas. Pero en esta ocasión, semejante despiste fue salvador, providencial. Desde el agua pude ver nítidamente como un individuo se acercaba a nuestra mochila con aire sospechoso. En ese momento alerté a Marichi (yo tiendo más a la petrificación en esos momentos) y, cual resorte, salió pitando del agua en dirección al hijoputa, que ya se había agenciado el botín e iniciado la huida. Pero, seguidamente tuvo lugar la otra carambola del destino a nuestro favor. A pesar de ser mucho más rápido y hábil en circunstancias normales, nuestro amigo de lo ajeno se topó esta vez con serias dificultades para transpostar el bulto que acababa de birlar, menguando considerablemente su velocidad de huída, por lo que Marichi, haciendo alarde de valentía y arrojo, pudo darle caza y tras un breve forcejeo recuperar nuestras pertenencias. Yo, mientras tanto, estatua de sal, espectador de la trifulca. La chulería y descaro del asaltante era tal, que una vez desistido de robarnos la mochila se quedó a unos cuantos metros, en la playa, actuando como si nada hubiese ocurrido. Incluso en un gesto de total desfachatez e irrespetuosidad nos dedicó una buena tocada de genitales. No dábamos crédito. Cuando la taquicardia de Marichi amainó y mis nervios volvieron de su estado vegetativo nos dimos cuenta de: a) somos las personas más irresponsables y cabeza huecas que existen, b) somos las personas más afortunadas y con el mayor grelo que existen, c) yo soy el cagón más cagón que existe.

¿Qué propició que pudiese ver al ladrón desde el agua? Mi descuido de no quitarme las gafas. ¿Qué desbarató los planes del ratero? La sangre fría de Marichi pero, sobre todo, que la mochila pesase un quintal. Salvamos  esos dos match points que nos habrían mandado a casa con el rabo entre las piernas y remontamos el partido gracias al azar. Pura potra. Si no hubiésemos cargado la mochila con un yunque ni yo me hubiese bañado con gafas nos habríamos quedado con lo puesto, indocumentados y sin un duro al otro lado del mundo. Pero lejos de hundirnos en la desesperación o dejar que la congoja nos sumiese en la  tristeza por el trauma por el que pasamos, vimos realmente un nuevo renacer, una segunda oportunidad, ¿un mensaje, quizás? Todo se ve de otra manera cuando uno ha estado en el umbral de una desgracia, la comida sabe mejor, el sol brilla más y hasta puedes soportar las canciones de Adele. Bueno, esto último durante un ratito.

Después de disfrutar un poco más de la playa nos dirigimos a la comisaría más cercana para denunciar lo ocurrido y, tras tomarnos declaración, los peritos construyeron este retrato robot del asaltante basándose en nuestra descripción:

Retrato robot del ladrón

Efectivamente. ¡Fue un mico! ¿Sabéis cómo se llamaba la playa? Pues la playa de los monos y nosotros venga a dejar las cosas desatendidas por ahí, hay que ser anacoluto.

La playa de los monetes

Otra salida de interés la hicimos a un templo en las afueras que más pareció una etapa de montaña del Tour, pero a pie y con el sol de Agosto. Nada que destacar aparte de nuestro olor corporal.

Templo en Penang

Estatuas hitlerianas en un templo en Penang

Resumiendo, George Town es un sitio en el que no te importaría quedarte atascado, hacer un paréntesis en el viaje y permanecer un tiempo sin tener que mirar el calendario. Buena comida, soportales que invitan a pasar la tarde, bollicaos malayos y bares que te ponen la Eurocopa (a las mil, eso sí).

A tiro de ferry está la estación de tren de Butterworth, desde donde cogimos el tren a Kuala Lumpur, aunque nos tocó ir en el vagón de los marginados, único en el que no estaban poniendo Predator en la tele, teniéndonos nosotros que tragar en contínuo play-repeat unos clips casposísimos del Ministerio de Turismo de Malasia, intercalados con vergonzantes pseudoculebrones informativos del sistema judicial malayo. Me-nu-do tos-tón.

Chinatown, en KL. Haced zoom al menda del peluquín en el cartel.

Fachadas en Little India

La Malasia ¿desarrollada?

La Malasia ¿desarrollada?

Merdeka Square

En KL, como la llaman por estos lares, teníamos un agujero donde quedarnos, la casa de Bin, un estudiante chino malayo metido en unos negocios algo turbios de los que no quiso contarnos gran cosa. Y su apartamente resultó ser eso, un auténtico agujero. Si en un piso de estudiantes en Santiago ya hay más mierda que en el palo de un gallinero imaginaos uno del sudeste asiático. Pero ellos se portaron genial con nosotros y nos dejaron bastante en paz para organizarnos a nuestro antojo. Nos dieron una copia de las llaves, la contraseña de la wifi y santas pascuas. Así da gusto (a veces, pero en esta ocasión era lo que necesitábamos). Y venga a patearse KL con su – ¡tachán! – Chinatown y su Little India. De todas formas todo lo que se pueda hablar de esta ciudad quedará eclipsado, por suerte o por desgracia, por las gigantescas e impresionantes Torres Petronas, sede, como todo el mundo conoce, de la empresa fabricante de tojinos más importante de Asia. De noche son impresionantes. En este caso creo que las fotos hablan por sí solas. Hubo una vez en la que eran las torres más elevadas del mundo (un edificio en Taipei les quitó ese ‘honor’) y estando allí me paré a pensar en todas aquellas cosas que durante un tiempo fueron las más importantes, altas, bellas, grandes, pequeñas, divertidas, baratas, rápidas, etcétera. Tocaron la gloria por un momento que se desvaneció hace mucho. Recuerdo que, aunque hoy día sea un tapón, fui de los primeros en mi clase en dar el estirón y, durante un par de recreos, fui el más alto de mis amigos (ellos lo negarán, por supuesto). Glory Days.

Torres Petronas

El conas en las Petronas

Yo fui Petronas

¿Y vosotros, cuándo fuisteis Petronas?

Nota: Algoritmo para meter un elefante en un seiscientos: Paso 1 – abrir la puerta del conductor, Paso 2 – Meter al elefante, Paso 3 – Cerrar la puerta del conductor.

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Responses

  1. Este post es como poco el mejor de los que recuerde haber leído,y creo que los leí todos.Conclusiones:sois muy afortunados,alégrate de ser miope,siéntete orgulloso de tener a tu lado a Marichi(she’s got balls),y por ultimo,cada vez me recuerdas mas a mi.Te quiero(en esta familia eres nuestra Petrona).No cambies.

  2. Hahahahaha!!! Que grande Benjamín…

    La verdad es que tenéis una flor en el culo, pero os merecéis el susto por la angustia que me habéis hecho pasar, ya pensaba que indocumentados ¡os quedaríais deambulando por allí! Fiuf…

    Conclusión: ¡¡¡ME-HA-FLI-PA-DO!!!
    Y ahora a seguir el día con Bruce en la cabeza… =)

  3. Me esmendrello con vós, rapaces!!!
    El conas en las Petronas, qué bueno!!!
    El loco del pelo rojo no era Van Gogh!!…es mi hermano!!!
    Y ahora (yo también) a seguir el día con Bruce en la cabeza…Dios, qué concierto en el Bernabeu…

  4. […] nos cuentan cómo evitaron el robo de sus pertenencias durante su viaje a Isla de Penang, al noroeste de la Malasia […]

  5. Cando parece que xa non vos pode pasar nada máis, Zasca!
    Pero hai unha simple explicación a vosa suerte: Karma!
    Sí, karma, porque despois de desgraciarvos o toupé desa maneira, solo vos podía pasar algo bo.

    Un abrazo! e seguide alegrándome a vida así!

  6. Me escarallo de risa cada vez que leo este post. Las conclusiones finales son categoricas. Y Marichi defendiendo la hacienda… con un par de ovarios!! Un estupendo guion para una peli de Woody Allen.
    Enhorabuena por la mencion : Posts de la Semana del 15 al 22 de Junio 2012 | Blog de Viajes – eDreams !!


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