Posteado por: Benjamin | 26 julio, 2012

¿Este bus para en la calle 82?

Veintiún días a repartir entre más de siete mil islas: al igual que con la teoría de cuerdas todavía no se han inventado las matemáticas para lidiar con tal escenario. Pero, al menos, en Filipinas hacen lo que pueden con los medios de transporte para ayudarte a cuadrar el círculo de tu itinerario a través del segundo archipiélago más grande del mundo. Nombrad todos los medios de transporte que se os ocurran e imaginad que tenéis que utilizar todos y cada uno de ellos para ir al trabajo un día cualquiera. Desde montar a un gorrino hasta surcar los cielos en un bombardero reconvertido. Bienvenidos a las Islas Filipinas.

“¡Os váis a perder!”, fue la premonitoria despedida a modo de advertencia que nos dedicó el oficial aduanero del aeropuerto de Clark, cuando tras jurarle que los cedés de Bom Bom Chip que traíamos en los macutos no eran material pirateado, le explicamos que todavía no teníamos reserva alguna en Manila, ni destino concreto, ni había ningún fulano con nuestros nombres mal escritos en un cartel esperándonos al cruzar el umbral de la terminal de llegadas para llevarnos a su spa de desintoxicación. Pobres de nosotros, le tomamos a pitorreo y comentábamos entre risitas de suficiencia: “Este tío no sabe con quién está hablando, vamos hombre, con los kilómetros que llevamos a la espalda…”. Hasta entonces se podría decir que ninguna población se nos había resistido en lo que a brujulear y montártelo por tu cuenta se refiere, pero Manila fue un hueso duro de roer y pudo con nosotros. La perla de Oriente es indomable, arisca, nada agradecida. La ciudad que hace cinco siglos fundaron los conquistadores y misioneros españoles representa hoy sólo una mínima porción de la gigantesca tarta conocida como Metro Manila, hogar de trece millones de almas, y fruto de la fusión de más de una decena de ciudades antaño alejadas de la capital, transformadas hoy en un único ente administrativo, urbano y caótico. Su extensión es mayor que la de Santo Domingo de La Calzada y ayuntamientos aledaños.

Calles de Manila.

Volar con compañías low cost casi siempre viene acompañado del típico trayecto extra que te tienes que pegar para llegar realmente a tu destino, ya que aterrizas, con perdón de la expresión, a tomar por culo de la ciudad. Pero lo de Clark no tiene nombre. Casi cinco horas tardamos desde que sorteamos a taxistas gorras y demás timadores tras recoger nuestro equipaje hasta que pudimos acomodarlo en una habitación compartida de literas en el peor – y más barato – albergue de Manila. Nos costó lo suyo, pero ya pudimos paladear las sensaciones de utilizar los primeros medios de transporte público filipino, como el autobús de larga distancia, con una fila extra de asientos que en los que utilizamos en el resto del mundo (repito: con una fila extra) que los hay de un zillón de compañías diferentes (a cada cual más casposa), cada una con su propia terminal, localizadas idóneamente en los lugares más inaccesibles e inhóspitos de la ciudad. No recuerdo ningún trayecto en este tipo de autobuses en el que el demente del conductor de turno no fuese amablemente exhortado por la policía a parar en el arcén y aconsejado por el respetable agente reglamentariamente armado a deponer su actitud suicida al volante. En ninguna ocasión surtió el mínimo efecto.

Estos autobuses te chimpan en medio de una autopista de catorce carriles (que los locales se encargan de convertilos en veinticinco) y, ala, a mamarla. Búscate la vida, neno. Por supuesto, enseguida te verás engullido por un enjambre de vampiros taxistas y propietarios de otros vehículos, sedientos del papel tintado y cuñado por el gobernadorcillo Peláez que almacenas en tu cartera dispuestos a resolverte la situación y llevarte al oasis de paz que estás buscando. Si les haces caso, tú verás, has hecho un pacto con el diablo. Por suerte, en Filipinas siempre tienes a pocos metros de ti (si no te atropella antes) un jeepney para sacarte del apuro (o para prolongar todavía más la agonía). ¿Cómo definir un jeepney? Imaginaos cómo sería la flota de camiones de la hipotética empresa cofundada por Paco Clavel y Rouco Varela, encargándose el primero del diseño exterior y monseñor Rouco de poblar la cabina hasta el límite del abigarramiento de toda la parafernalia cristiana-apocalíptica que os podáis imaginar. Llega a dar algo de yuyu en ocasiones, pero tiene su gracia. Éste es el más democrático y sacrosanto medio de transporte en Filipinas. Jeeps de transporte de tropas que los yankees decidieron dejár atrás cuando abandonaron la colonia, que se estaban oxidando en garajes y almacenes fueron masivamente puestos a punto (es un decir) y acondicionados para transportar a la mayor cantidad de personas con los mínimos estándares de seguridad para sacarles beneficio pecuniario. Una curva de rendimiento no tan difícil de lograr. Y, por supuesto, le dieron el toque local y se pusieron a experimentar con las gamas de colores y a llenarlos de estampitas de mil y un santos, beatos y pontífices.  La densidad de morralla en el parabrisas es tal que prácticamente se podría decir que el chófer conduce de oído. No exagero.

Jeepney.

La mecánica es muy sencilla. Te pones a un lado de la calle y le haces una señal. El conductor te dirá con los dedos el número de plazas que le quedan. Aunque ya esté saliendo gente por las ventanillas, te dirá que hay al menos dos sitios libres. Entre los adornos y fotos de calendario de pin-ups el hombre cuelga un cartelito en el que pone el lugar al que se dirige ese jeepney; si te vale, te subes; y si no, también. La probalidad de que te deje cerca de tu destino va a ser la misma. Infinidad de veces hemos tenido que abortar el viaje y bajarnos tras habernos abierto camino a codazos hasta la parte frontal para preguntarle al conductor si nos habíamos montado en el jeepney correcto. Una vez en el ajo, la gente va pasando de mano en mano el importe del viaje hasta que el que está sentado detrás del conductor se lo pasa a éste, que lo almacena en una cajita y le pasa el cambio de nuevo al que está a su lado y la cadena vuelve a pasar en sentido contrario. Así con todos los pasajeros. No creáis que en algún momento el hombre al volante para el vehículo para realizar la transacción, no hay necesidad.

Si piensas realizar trayectos en este medio de transporte lo más habitual es que tengas que hacer unos cuantos trasbordos, y no precisamente fáciles o intuitivos. Tendrás que sortear fosos de cocodrilos, campos minados o, lo que es peor, una procesión más larga que un día sin pan para poder coger tu enlace. Y, por supuesto, el último tramo siempre será a pata haciendo oídos sordos a la recua de taxistas que se pondrán a conducir por la acera a la verita tuya dándote el coñazo padre enarbolando su licencia falsa. Trabajadores persistentes, estos asiáticos. Para más inri, en la parte trasera de todos los vehículos públicos en Filipinas te animan a que dejes tus comentarios sobre la experiencia mediante mensaje de texto o buzón de voz bajo el eslógan “¿Qué tal conduzco?”. Pues hijo, como el culo. Al menos según el manual “¿Es que no tienes ojos en la cara?” de la prestigiosa autoescuela Palomero.

Tripas del jeepney. Un señor mira por encima de mi hombro.

Volviendo del cole.

Procesión-quedada exigiendo mejoras en la red eléctrica.

Conductor de jeepney a grito de: ¡Yo sé cómo hacerte feliz!

Otro medio muy socorrido, éste para distancias más cortas, es el triciclo. Nueva York tiene sus taxis amarillos, pues Filipinas tiene sus triciclos horteras. Los hay de dos categorías: a motor o tracción animal, dependiendo de si el vehículo adosado a la caja de muertos con ruedas en el que te metes es una moto como la del Pollino o, sencillamente, una BH oxidada. Evidentemente las tarifas varían en función de si va a gasolina o el pobre hombre ha de echar los higadillos dándole al pedal mientras pasea al mórbido occidental acompañado de sus trece maletas en busca de un hotel. Curiosamente, el esfuerzo no cotiza tanto como el petróleo. De cualquier manera, sea cual sea el combustible, intentarán aplicar un corrector inflacionario etiquetado como la “tasa blanquito de mierda” por lo que puedes llegar a pagar un setecientos por cien por encima del precio real. A pesar de que en la cabina no dirías que caben más de dos cuerpos humanos ya bien arrejuntados y oliéndose mutuamente la sobaca, los conductores se las apañas para emular a su Cristo redentor y multiplicar recursos, no peces en esta ocasión, sino plazas, sacándose de la manga espacio suficiente para acomodar una veitena de almas en el caso más extremo, dando como resultado una mole de carne con ruedas con el centro de gravedad más inestable que la prima de riesgo española.

Conductor de triciclo haciéndose el guay.

Todavía no habían empezado a llegar los pasajeros.

También existe la versión de clase alta para estos medios urbanos de transporte, las furgonetas taxi, o UVExpress. Digo clase alta por decir algo, ya que también recuerdan a latas de sardinas, pero al menos tienen aire acondicionado y unos asientos “muerte VIP” en el maletero. Además, el conductor ya asumió hace tiempo que no debía emular a Carlos Sáinz ni hacer quiebros a las abuelitas y el viaje suele ser más relajado. Lo malo de estos transportes es su precio, sensiblemente más caro que sus parientes y, lo más importante, la sensación de claustrofobia si te toca de la mitad para atrás, no hay que olvidar que la punta de tu napia estará tocándole la coronilla grasienta del delante (los filipinos son más bajitos).

En un plan ya más informal, siempre puedes optar por que un fulano te acerque en su moto a algún sitio. Ésta práctica es bastante común y la han bautizado como – no estoy de coña -“cerdos fornicando”, ya que al parecer es la imagen que se les viene a la cabeza al ver a tres personas en la moto. A mí me metieron mano. No  preguntéis.  O si lo tuyo es la pompa y la comodidad, en el centro de Manila todavía hay carros de caballos o calesas a los que sus propietarios les han quitado la poca dignidad que les quedaban adornándolos con floripondios y alimentándoles con rábanos resesos. Son caros y haces un poco el panoli.

La red ferroviaria filipina es escasa y se limita a la isla de Luzón, aunque ferrocarrólicos como somos nos empecinamos en usarla para llegar desde Manila a la provincia de Albay, un viajecito de diez horas en un tren cedido por los desguaces japoneses (de hecho en el vagón ponía que íbamos a Osaka) que se movía más que la compresa de una coja (gracias Jose) y en el que, ¡esta vez sí!, pudimos distraernos con un par de pelis de las de pimpampún que tanto furor causan en el sudeste. Conseguir los billetes y montarnos en el tren tuvo su aquél, ya que, al parecer, no sé si por mala fama o, sencillamente, por no ir con ellos, la existencia de red ferroviaria es desconocida para la mayoría de los filipinos e, incluso los que saben que es una posibilidad te dan información muy vaga y contradictoria. De hecho, en la oficina de turismo en Manila nos requetejuraron que el tren no llegaba hasta donde nosotros nos queríamos apear, lo que resultó ser completamente inexacto. Una buena dosis de instinto, paciencia y flexibilidad (de la otra también, para acomodarte en los asientos) son la clave para llegar a buen puerto.

Pero, amigos, en un sitio como éste, la misma importancia tienen los medios terrestres como los que navegan los mares y surcan los cielos, ya que no te queda otra para saltar de isla en isla y la oferta en estos casos tampoco se queda corta. En lo que al modo corsario se refiere, tienes desde los típicos ferries mamotreto oxidados a velocidad de tortuga en los que la peña se agencia tres asientos para repantingarse y echar una buena sobada, hasta los botes rápidos hiperextrasobrecargados que recuerdan a ataúdes sin salida de emergencia. Y no nos podemos olvidar de otro de los auténticos iconos de Filipinas: la bangka. Una chalana con motor fueraborda más estrecha que la vieja de las pelis de Harry Potter con una viga de bambú a cada lado para darle más estabilidad. Es el comodín genial para los trayectos cortos. Eso sí, el viaje es movidito y mojado, si te toca una sin techo habrás potenciado la aparición de melanoma exponencialmente y en algunas ocasiones irás con media cacha de fuera. Son el alma de los paisajes de costa.

Y si lo que se adapta a tus necesidades es el avión, activa el modo kamikaze y elige entre el puñado de aerolíneas a lo Mortadelo y Filemón que han florecido fruto de la combinación de dejadez, abaratamiento de costes y precios competitivos. Ojo al dato: todas las líneas aéreas domésticas en Filipinas forman parte de la lista negra de la Unión Europea referente a seguridad y estándares de aviación comercial. Todo un aliciente para volar si, como en mi caso, con sólo oír hablar de cogerte un avión hace que se vaya al garete toda tu flora intestinal. Dicho lo cual, es prácticamente ineludible realizar un par de trayectos por aire si no andas sobrado de hojas del calendario.

En definitiva, opciones no faltan y preguntando se llega a Roma, aunque os apuesto lo que queráis a que en Manila os váis a perder, no estoy de pitorreo ni el guardia tampoco lo estaba. Eso, claro, si ponéis vuestros pies a andar. ¿Vosotros tampoco sabéis a dónde vais? Entonces cualquier camino os llevará ahí.

Escena pesquera.

Bangka

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Responses

  1. CUANTO COLOR.

  2. Gracias, Benjamin por este post tan denso de sensaciones contradictorias. Admiro tu estilo entre caustico y naturalista para contar cosas sobre los distintos seres humanos que os vais encontrando a lo largo de vuestro neverending trip.
    A pasarlo bieeeen!

  3. me he reído como siempre que leo tus relatos… pero esta vez lo he revivido jeje recuerdo aquel día en Queenstown que nos preguntasteis sobre Manila… ahora podéis entender lo que intentaba explicar, pero es que hay que verlo para creerlo ;P y yo sigo pensando que en esa ciudad no se me ha perdido nada! ;P
    Un abrazo dsd vuestra querida NZ!!


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