Posteado por: Benjamin | 18 octubre, 2012

Monarquía, monjes y 7 Eleven

Nuestra experiencia tailandesa se podría contar en dos fascículos, separados temporalmente por la bisectriz que el detour neozelandés representó en nuestro viaje. La primera de las entregas abarcaría de Bangkok para arriba y el posterior epílogo se centra en el área de Bangkok para abajo. Marichi ya os habló un poco de la segunda parte; es mi labor ahora desempolvar algunos recuerdos resesos – situaciones que ya distan más de un año del momento presente – y  lustrar otros no tan lejanos que caerían en cualquiera de los dos compartimentos temporales a los que hago referencia, para liar más el asunto.

Además, el sujeto de cada uno de estos momentos también cambia. Con kilos de más en mi primera visita y con dientes de menos en la segunda. Por no hablar del cambio a efectos capilares. El Rojo siempre me ha sentado bien. Las fotos irán colgadas al tuntún, sin coherencia cronológica y con estas dos personas yendo y viniendo sin ninguna lógica aparente. Sé que algunos de vosotros no encajáis precisamente de buena gana toda esta falta de coherencia – espacial, temporal y mental -, pero a mí, personalmente, no me desagrada nada. Viene a ser una proyección de este momentum improvisador – que ya dura más de dos años – de hacer, más o menos, lo que nos da la gana. Estoy seguro de que sabréis perdonarnos esta deficitaria cohesión, pero la fe será recompensada y las situaciones rarunas e incomprensibles terminan todas por cobrar sentido, al menos para mí. Dicho estos, abrimos el telón:

La poderosa Siam, jamás colonizada por potencias occidentales, aunque siempre en guerra con sus vecinos – especialmente con el imperio jemer -, se ha convertido con el paso de los siglos, los dólares, las Lonely Planet y los DiCaprios en el gran resort del sudeste asiático. El hormigón y el asfalto manaron a borbotones en suficiente cantidad como para alzar ciudades que tocan el cielo, puertos que conquistan el mar e ínsulas de aguas ¿cristalinas? engullidas en una eterna nube de smog flotando a la deriva entre bolsas de plástico mientras los preciosos pececillos se preguntan qué coño hemos venido a hacer aquí. El problema de los paraísos es que, además de encontrarlos, los construimos, y metamorfoseamos todos los recursos que en él se encuentran en uno sólo: el recurso “turismo”, olvidándonos de los demás, con sus métodos de explotación totalmente ajenos a la lógica natural. Cosa raruna que para muchos tiene todo el sentido del mundo.

Típica foto de ‘alargo el brazo y que sea lo que Dios quiera’

En el tren

Sudeste asiático. Menudo sitio éste. Verde, húmedo, vertedero de occidente, anacrónico, esforzándose por mejorar, consciente de sus cadenas atávicas, marrullero, pobre, ¿pobre? Y en medio Tailandia, que en competencia con Malasia, se cuela a codazos en el grupito de macarras del cole que hablan de cosas como el PIB, crecimiento, desarrollo, mercado y demás pamplinas porque es lo que mola ahora y además a las churris, de repente, les apetece estar contigo. Por supuesto, como en toda logia iniciática, has de dejar que te den mucho por culo y hacer las estupideces más denigrantes sólo para estar a bien con el Rufio de turno. Y las churris, claro.

Pobre del que haga las lecturas del contador

Y yo entro al trapo, y soy parte del problema, y me doy cuenta de la contradicción ¿Quién me manda a mí venir aquí para terminar de joder el asunto? Desenmarañar toda la cadena lógica de consecuencias que se desplegaría ante mi realidad, una vez que encuentre una respuesta satisfactoria y coherente con mi manera de ser, será una labor que quizá me lleve el resto de mi vida. Al menos intento minimizar mi huella y no mi conciencia, como muchos otros.

Chinatown, Bangkok

En este país, el cuanto o paquete mínimo del recuso “turimo” es el “turista”, y éste es bombardeado y propulsado en “haces de turista” en todas direcciones gracias a los aceleradores de partículas de la zona en plan artilugio propulsor de Micromachines, es decir, autobuses horteras con mangantes en el compartimento de equipajes o lanchas sobrecargadas con un salvavidas por cada cinco turistas. La masa de la partícula “turista” la determina el dinero que lleve encima y, por supuesto, son éstas las que el resto de partículas no turistas se rifan para poder ver si les cae un buen fajo de interacción subatómica. La dirección en la que los haces son proyectados va en relación al color del quark llamado “pegatina”.  Dependiendo si la pegatina es verde, amarilla, morada o rosa fosforito el “turista” irá rebotando hacia un lado u otro. Al final del día acabas con cinco pegatinas superpuestas en tu camiseta o, en defecto de esta última – norma bastante generalizada entre la jauría de chulosplaya – adheridas a una tetilla (esta fauna tiene, además, la jodida ventaja de no contar apenas con vello corporal, o se lo afeita y punto).

Y dame Rey, y dame monjes y dame tíos en calzoncillos XXL liándose a tollinas. La omnipresencia de fotos del monarca, su mujer y otras cosas del meter, en todas situaciones, épocas y dimensiones esparcidas por toda la geografía del país son sólo comparables con las franquicias de 7 Eleven a tu disposición, que, en número de mayor a cinco mil, germinan en cada esquina. Sólo Japón y Yankee baten este registro. Es curioso que el lema de esta multinacional sea “Gracias al cielo por 7 Eleven” (en inglés rima, – suspiro -), ya que la tercera institución intocable son los monjes, que quizá intercedieron ante el Iluminado para la concesión en masa de licencias de tiendas veinticuatro horas. A mucha gente de occidente le fascina ese retrato idealizado del monje budista, antagónico, por alguna razón, de la anquilosada curia católica. Y es que el Dalai Lama es un tío guay, pero a mí los monjes me parecen algo gorrones, actuando, en ocasiones, con tácticas más cercanas a la extorsión que a la meditación y generando, repito, en ocasiones, más miedo que respeto y adoración, igualito que la Conferencia Episcopal. En cualquier caso, aquí (y en muchas partes del sudeste) son intocables, individuos superiores que no pagan el bus. ¡Y no pueden tocar siquiera a una mujer! Ellos se lo pierden.

Monjitos de cerámica

Por cierto, que siguiendo en la temática de hechos inverosímiles, un día fui a ver al Rey para preguntarle su opinión acerca de que en Tailandia esté considerada una falta punible el pisar una moneda, ya que tienen su efigie grabada, o cómo le pareció el trato que recibió aquel turista por parte de las autoridades que, con algunas copas de más, lanzó hacia atrás el casco de la cerveza que se acababa de terminar con la mala suerte de aterrizar y hacerse trizas – redoble de tambor – ¡sobre un retrato de la Reina colgado en una esquina de una calle cualquiera! Yo mismo he hecho varios experimentos y puedo concluir la tesis de que, en Bangkok, existe mayor probabilidad de que un sólido rígido, lanzado con trayectoria aleatoria, impacte contra alguna fotito de la familia real que lo haga contra cualquier otro objeto más propio del mobiliario urbano. En cualquier caso, y vaya por delante, censuro totalmente el lanzamiento de objetos en la vía pública, más si uno va calzado (y no me refiero a llevar sandalias).

Pues ahí me planto yo, a las tantas de la noche, delante de la puerta del Palacio de Chitralada, le doy al timbre y en esto que me sale el Bhumibol Adulyadej en bata de cama, increpándome estilo Gayoso, “¿ti mañana non traballas, oh? ¡Andas de carallada tocando no teléfono!”, para despacharme con un tajante “¡vai por ahí adiante, hombre!”. A pesar del corte, y antes del portazo pude pulsar el botón de la cámara para inmortalizar el momento de enfado real.

Aquí me detengo por ahora, pero no os vayáis, que todavía hay más de Tailandia. Tenía pensado escribir un post largo, pero creo que lo voy a ir dosificando para darnos un respiro de cosas rarunas,como aquel taxista de Bangkok que, en medio de la carrera, paró el coche, se bajó, fue a echar una meada bien larga, volvió al taxi con parsimonia esquivando el resto de vehículos y reanudó la marcha, todo esto sin que el taxímetro dejase de correr.

La imagen de la saciedad

Por cierto, como en otras ocasiones, no cuento nada de lo que digo que voy a contar, pero bueno, pongo fotitos que sé que os gustan. Si es que…

El calor frió los circuitos de mi Casio

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Responses

  1. Hola, chicos!
    Pues aquí en Galicia estamos a punto de comenzar la jornada de reflexión, y, como todos los que se presentan son unos impresentables, he decidido votar a vuestro amigo el monarca Bhumibol Adulyadej, que parece un tipo majo y en la foto derrocha personalidad…así que…marchando un voto nulo!
    Vaya CASIO F-91W más chulo!
    Te lo compro!

    • Pero Mon, si te puedes coger uno de los que no dejan de pitar! Pero no lo expongas a temperaturas por encima de 40 C.
      Nuestro colega Bhumibol (Rama IX, para abreviar) estara encantado de saber que cuentas con su confianza, aunque a el lo de elecciones democraticas le suenan como a nosotros el tailandes.
      Un abrazo, hermanisimo!

  2. Ese perro es nuestro!!! Se llama rex y nos siguio desde el templo dorado hasta sam sen, asi de triste se quedo cnd le dimos esquinazo! Pobriño

    • Es que no le disteis demasiadas salchichas.
      Un beso muy fuerte.

  3. Hoy mi café matutino ha tenido un sabor distinto que hacía mucho que no sentía. Un placer leerte de nuevo Ben!

    Un fuerte abrazo pareja 😉

    • Un placer que nos leáis, chicos. Yo también siento una especie de morriña kiwi cuando leo vuestras crónicas. Me moló saber que ya estáis pensando en nuevos horizontes; si seguís así seréis famosos! Bueno, más de lo que ya lo sois, que os sigue mogollón de gente. Dale un beso fuerte a Silvia y seguimos en contacto.

  4. Perdón por la fecha del comentario lo que no quiere decir que no lea los posts una y otra vez para sacarles el jugo del ingenio y el sentido del humor que contienen.
    Me encanta la visión quántica del turista que describes magistralmente. Hasta me creo, iluso de mí, que es una especie de guiño hacia tu progenitor tan aficionado a la Física.
    Gracias por tan buenos ratos que nos hacéis pasar.
    Un beso a los dos.


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