Posteado por: Benjamin | 23 octubre, 2012

Puentes sobre aguas turbulentas

Anchas y profusamente iluminadas autovías se abrían a nuestro paso; curvas suaves y asfalto liso, líneas demarcando carriles, semáforos LED y, ¡toma castaña!, hasta señalización de tráfico. Cuando vi mi primera señal de prohibición de adelantamiento en casi nueve meses, brotó una gotita de mi lacrimal, como quien acabase de vislumbrar en el andén de llegadas la silueta de aquel amigo del alma con el que se reencuentra después de media vida. Y el cambio fue brusco, ya que en menos de lo que tardé en decir cuandoelgrajovuelabajohaceunfríodelcarajo y entramos en el país desde Laos, dejamos atrás las carreteras secundarias picadas con fuego de mortero cual queso gruyere para meternos en la piel de usuarios de las más modernas infraestructuras de transporte terrestre. Todo esto es una exageración, por supuesto. A esas alturas cualquier carreterucha sin abarrote de ganado en el que se limitase el flujo a un vehículo por carril al mismo tiempo me habría parecido el tramo mejor acabado de la AP-6.

Tercera clase tailandesa

El primer traguito de Tailandia lo paladeamos en la ciudad de Chiang Mai, al norte. Y, siendo sinceros, no le dimos muchos sorbos, que digamos. Me explico. Esta ciudad, además de tener un centro histórico amurallado y demás trapalladas, suele ser la base de operaciones para realizar una serie de “excursiones” por la jungla y todavía no se nos había secado el barro de las botas de nuestra reciente caminata de tres días por Laos y nuestras nalgas andaban aún resentidas. Plan A descartado. El otro reclamo de Chiang Mai es pagar un riñón para poder hacerte una foto con uno de los ejemplares de  tigre anestesiado hasta las trancas que malviven en un recinto-templo administrado por unos personajes más interesados en que el cash-flow siga aumentando que en la verdadera causa de conservación, dignidad y mejora de las condiciones de una especie tan amenazada como es el tigre. Y ya sé que hay voces discordantes con esta postura, pero este blog es mío y escribo lo que me da la gana. Plan B a la basura. Como el que no se contenta es porque no quiere, también cabe la posibilidad de que te acerquen a un pueblecito de por ahí y vayas a ver a las famosas mujeres jirafa de la etnia nosecual que, oh cosas del destino, vivían felizmente sin que nadie les molestase en las colinas fronterizas con Myanmar y ahora son expuestas en plan escaparate en una cabaña resort con aire acondicionado y poniendo el cazo. Por cierto, que no es que tengan el cuello alto, sino que son bajas de hombros. Ahí va el plan C por el retretre.

¿Sabéis lo que son los gibones? Pues son una especie de monos muy simpáticos cuya característica más llamativa es la longitud de sus extremidades superiores, haciéndoles poseer un xeito al andar muy gracioso y una habilidad especial para moverse rápidamente de árbol a árbol. Un día, a una de esas personas que se les cuelga la etiqueta de “emprendedores” se le ocurrió montar un negocio para crujir los bolsillos de los turistas (cosa que nos merecemos), consistente en “comprar” unos cachos de jungla y levantar una red de tirolinas, cables, poleas y demás parafernalia por las copas de los árboles para que cualquier simple mortal bípedo pudiera sentir en sus carnes lo que experimenta un monito de éstos en sus desplazamientos para ir a por el pan, recoger a los niños en la guardería y demás hábitos del Hylobatidae Hylobates. Porque lo que se dice ver no se ve ninguno. Vamos, ni los cheiras. Pues esta empresa surgió en Laos y, rápidamente, han surgido una miríada de Gibbon experiences de  palo en otros países que se han querido subir al carro de los pingües beneficios que parece está reportando a las cuentas corrientes de los creadores de la experiencia original. Todo este preámbulo tostón viene a cuento de que el plan D en Chiang Mai consiste en pagar por una de estas experiencias sucedáneas de la original. Nosotros rechazamos imitaciones, así que a cagar con este plan también. Y poco más que hacer por ahí. Quizá ir a ver como un lampiño adolescente tirillas de algún país de la Commonwealth recibe una tunda a manos de un local en un combate de Muay Thai apañado, pero oí que tampoco valía mucho la pena. Estoy en condición de afirmar que lo más interesante que hicimos en esta ciudad fue llevar la mochila al sastre para que le cosiera una de las tiras. Las puntadas de la Singer me pusieron la adrenalina al máximo. Ni fotos creo que sacamos. También comenzamos a familiarizarnos con las técnicas sadomaso de los masajes tailandeses y a asimilar que por estos lares andan por el año dos mil quinientos y pico de nuestro Señor Bob Esponja.

Sobando en la estación, lleno de rodalazos

Adiós Chiang Mai, ese lugar 97% libre de putas, hola Ayutthaya, antigua capital del reino, antaño epicentro comercial y espiritual de Siam, hoy reducida a unas cuantas ruinas con guiris montados en elefantes encadenados y hordas de butaneros – ejem, quiero decir – monjes budistas contentos como castañuelas en su día de graduación en el monasterio. Es un sitio bonito y tuvimos la oportunidad de sacar algunas de las fotos más inspiradas del viaje – el grueso de nuestros carretes se podría equiparar en calidad artística al Ecce Homo de Borja – gracias a lo bien que combinan la piedra, el naranja y esa manía de los monjes de ir siempre en fila india. El emblema de la ciudad es fruto de la curiosa combinación de escultura, vegetación parásita y tiempo, que dio como resultado la imagen pétrea del Buda incrustado en el árbol. ¿Mera coincidencia o alegoría divina sobre la conexión de nuestro espíritu con la Naturaleza? Más bien lo primero, ¿no? Por lo demás, mucho Buda reclinado, sedente, de pie, haciendo el pino, la grulla, el ángel, la bomba, y en ambos decúbitos.

El Buda en el árbol

Piquetes de la compañía de gas

Puentes sobre aguas turbulentas. Lo confieso, Bangkok es mi debilidad y no sabría por dónde empezar a hablar de ella. Puede que por su accidente geográfico más importante, el turbulento río Chao Phraya, un constante caldo burbujeante marrón con olas perennes, detritus varios y fauna mutante. Parte la ciudad en dos y una infinidad de puentes lo atraviesan, cientos de embarcaciones navegan sus aguas y, por su caudal, funciona como puerto de la ciudad, aún a multitud de kilómetros de la costa. Infinidad de veces nos hemos montado en sus ferries para ir a de aquí a allá, uno de los métodos de transporte más populares.

El río

Puede que por sus monumentos, como el Palacio Real o el Templo del Amanecer (Wat Arun), igual de impresionantes a pequeña escala que desde una perspectiva más amplia. Es por eso que prefiero que veáis la belleza de los detalles de estos sitios y dejéis para alguna búsqueda en Internet el visionado de las típicas fotos de templos mole.

Templo del amanecer

Detalle palacio real

Otro detalle del palacio real

Un detalle más del palacio real

Y ya van unos cuantos detalles del palacio real

Buda echado en el sofá viendo ‘Sálvame’

Puede que por el barrio de Ratchadamnoen, donde está, probablemente, el nicho de mochileros más popular del sudeste asiático (con todas sus cosas buenas y malas), la calle Khao San, donde se juntan indios que te leen la palma de la mano con falsificadores de diplomas de Harvard o de cualquier tipo de acreditación – ¿necesitas una nueva identidad? -, pasando por viejecitas locales con todo tipo de merchandising patrio y terminando en los cientos de puestos de comida o en los salones de masaje improvisados al aire libre. Khao San, foto de portada del blog en este momento, “la calle más desquiciante del mundo”, como nos la describió un borracho a modo de bienvenida, y alrededores tiene todo lo que un mochilero puede necesitar –especialmente si entras dentro del colectivo hooligan hijo de la Gran Bretaña, excepto tranquilidad. Y aquí pasamos mucho tiempo, en varias pensiones barojianas con cagadas de perro por los pasillos, cada una peor que la anterior, pero compensado por ese sentimiento de vaga e ilusoria semipertenencia a ese sitio que iba aflorando especialmente en mí. Khao San abre veinticuatro horas al día, es un limbo en el que el tiempo no pasa, aislándote por completo de todo lo que sucede en la Tailandia real si no te andas con cuidado. De borrachera en borrachera y tiro porque me toca, el guiri puede ir pasando hojas del calendario con tal agilidad y despreocupación que, cuando se da cuenta, se le ha caducado el visado. No  es lugar para todo el mundo, quedas avisado, pero la fauna de Ratchadamnoen es digna de dotar al lugar de la calificación de Parque Nacional, y más si ando yo por esos lares.

Calle Khao San

No cerramos nunca

Desde la montaña dorada

Puede que por el ambiente moderno de la zona de Siam Square, con sus centros comerciales monográficos de tropecientos pisos y sus pasarelas elevadas de hormigón por la que transitan a varios metros del suelo personas y trenes. El dinero se puede oler en esta zona y hasta mequetrefes recién salidos del parvulario se pavonean enfundados en sus trapitos pret-a-porter más vanguardistas, mientras mantienen conversaciones de risa forzada y estridente por su móvil última generación. Todo el mundo tiene prisa y sostiene candentes vasos de plástico con su café exprés.

Erawan Shrine, donde van a rezar los pijos

Siam Square

Panthip Plaza: sólo electrónica

Lumphini Park

Puede que por el doctor Supradech Runglertkriangkrai, que por cada pieza dental perdida por mi parte guardaba luto durante cinco días y se negaba a comer hasta que no me pudiese dar una buena noticia con respecto a mi salud bucodental.

Puede que por el magnetismo, en definitiva, que tiene esta ciudad.

Por lo que está claro que no empezaré hablando es por la puta sinvergüencería de los taxistas locales. ¡Lacra, coño!

En el bus

Callejuelas de Chinatown

A vista de pájaro

El ferrocarril de la muerte.  Tailandia no fue ajena a la Segunda Guerra Mundial, ni mucho menos. Aliada de los japoneses, éstos entraron como Pedro por su casa y, en gran parte de su territorio llevaron a cabo una de las obras de ingeniería más determinantes construidas en período bélico, además, en un tiempo récord: la línea de ferrocarril Tailandia – Birmania, o el ferrocarril de la muerte. El caso es que el control del sudeste asiático era vital para el transporte de provisiones y hombres desde la India y el norte de China en dirección a los frentes del Pacífico. Los Aliados también le dieron lo suyo al pico y la pala y pudieron construir una ruta terreste (la Burma road, si mi memoria no me falla) y mediante convoyes de cientos de camiones realizar el abastecimiento. Pero los japoneses decidieron jugar la baza del ferrocarril, un medio mucho más rápido y eficiente, pero mucho más costoso en términos de construcción. La guerra estaba enfilando su recta final (los contendientes no lo sabían, evidentemente, pero algo se olían) y no le quedaba mucho tiempo al Imperio del Sol naciente para llevar a cabo sus planes si quería que le fueran de algún provecho. ¿Una obra faraónica a completar en dos telediarios? Pues quién mejor que los prisioneros de guerra para hacer el trabajo sucio. La tasa de mortandad entre la fuerza trabajadora fue muy elevada; las enfermedades tropicales, las infecciones, los accidentes y la brutalidad del trato japonés se llevaron por delante a más de la mitad de los hombres. De ahí el que este tramo se recuerde con el nombre del ferrocarril de la muerte. Y vaya si acabaron la obra, pues no son diligentes estos nipones. Para el lector que todavía no se haya puesto a ver la página del Marca y siga mínimamente el hilo de mi parrafada, comentaré que quizá toda esta historia le suene más en su versión cinematográfica, edulcorada y patriotera, la película “El puente sobre el río Kwai”. Bueno, ¿y a qué viene todo esto? Pues en que estuvimos en done se cree que pasaba el trazado original de esa vía, en el que hoy existe un puente más moderno que el de antaño, pero todavía revestido de la misma carga emocional. El puente de la localidad de Kanchanaburi, a orillas del río Kwai.

El moderno puente sobre el río Kwai

En el pueblo hay un museo monográfico sobre la construcción del ferrocarril en el que, como en algunas otras ocasiones en el viaje, me vine abajo. Quizá la visión de las cientos de lápidas alineadas de algunos de los hombres que allí murieron víctimas de la estupidez humana tocó esa cuerda interior de la aflicción y la impotencia hacia la injusticia de la sinrazón. Caminando entre los muertos, me paré delante de la placa de un joven de mi misma edad, le puse una flor y traté de dejar mi mente en blanco. No creo que ese pobre chaval tuviese mucho que ver con Alec Guinness.

En memoria

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Responses

  1. Hola, chic@s!
    Hoy he ido al cine a ver “Lo imposible”, una peli de producción española con Naomi Watts y Ewan McGregor que lo está petando por aquí: va sobre el tsunami del 2004 y está basado en la historia real que vivió una familia española ¿sabéis dónde?…pues en vuestra querida Tailandia (y la peli está rodada allí.)
    Otro icono de Tailandia que se ha muerto la semana pasada fue Sylvia Kristel, la mítica Emmanuelle, que disfrutaba de lo lindo haciendo guarrerías en Bangkok.
    Ayer, después de años, nos atrevimos a abrir la primera caja-sorpresa que nos mandásteis, e hicimos prisioneros a media docena de CASIOS, uno de los cuales falleció en combate, mientras que a los otros cinco les desactivamos la alarma.

    P.D: No te metas con Alec Guinness, que le enseñó a Luke Skywalker a usar la Fuerza…y que sepas que el año que viene Bruce sigue de gira y volverá por estos lares, así que, si quieres verlo…PASAPACASA!!!

    • Vaya desde aquí mi homenaje a las malogradas felactrices, en especial a Sylvia Kristel.
      El bueno de Alec me cae bien, no me malinterpretes, aunque malgastar sus enseñanzas con un patán como Luke…
      Ya he visto en la prensa el boom de la peli esa. Ewan y Naomi son cuspidiños a nosotros, típicos turistas españoles, así que han hecho un buen casting.
      ¿Qué color de casio de pillaste? ¿Verde fosforito?
      Bruce no le llega a la suela a la megaestrella india Navdeep Aurobindo; lo está petando allá donde va. No me lo pierdo.
      Un abrazo muy grande, hermanito. Nos vemos muy pronto.

  2. Veo que no mencionáis las vendedoras de ranitas_madera_souvenir y de como contribuyen activamente a la contaminación acústica ya de por sí elevada. Pero comprendo que son tantas las menciones que habría que hacer que es difícil la selección.

    Seguimos nerviosos la espera de vuestro retorno

    • Crick, crick, crick, crick, crick, crick….


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