Posteado por: Benjamin | 18 noviembre, 2012

Bagando

vagar.

(Del lat. vagari).

1.  intr. Andar por varias partes sin determinación a sitio o lugar, o sin especial detención en ninguno.

2.  intr. Andar por un sitio sin hallar camino o lo que se busca.

Me vais a permitir esta pequeña patada al María Moliner. Mi intención no es otra que fundir dos conceptos en este nuevo palabro, o, si se prefiere, dotar de especificidad geográfica a la actividad arriba descrita, aprovechando la consonancia fonética. Además, es bien sabido la aversión que despiertan entre los usuarios legos de esta lengua nuestra las innumerables y rígidas normas ortográficas que la moldean y considero que, de vez en cuando, es muy recomendable trascender todos estos formalismos y, por higiene mental, olvidarse de los manuales e inventar un poco.

Vagando por Bagan, es decir, bagando. El autobús nos escupió en mitad de la madrugada después de doscientas horas de trayecto sin poder pegar ojo, y nos pusimos a caminar en busca de la fonda más barata de entre las que proponía nuestra guía. Había una casi completa oscuridad y, además de los perros callejeros que pueblan las calles a esas horas, el único reducto de actividad era un bar en el que los chóferes de los carros de caballos mataban el tiempo y el insomnio viendo un partido de la Champions League, hipnotizados por ese chorro catódico de entretenimiento fríe-neuronas.

Algo habría visto

No teníamos ninguna reserva, como de costumbre, y de la gran cancela frontal del albergue colgaba un robusto candado que no hacía presagiar un exitoso desenlace a nuestra gesta de encontrar un agujero donde dormir a las tres de la madrugada. El que sí encontró acomodo fue el hombre que yacía roncando en la acera, al lado de la entrada. “Pues sí que están hasta la bandera”, pensé. Tras un par de minutos intentando hacernos notar, escuchamos una voz todavía soñolienta que desde el interior de la recepción certificaba la absoluta indisponibilidad de espacio en el que alojarnos con un seco y cortante “Full”. Nuestro gozo en un pozo. Pero todavía no había motivos para el desánimo, ya que era el primer establecimiento en el que preguntábamos. Pues a caminar se ha dicho. Intentando traducir a edificios y calles de la vida real los palitos entrecruzados y puntos con números del mapa del que nos hallábamos en posesión.  Una mierda de mapa, todo hay que decirlo, solamente útil a la infausta hora de verse sentado en la taza del váter sin papel del culo.

Empezaron las rebajas

Dos horas después seguíamos sin encontrar una cama donde reposar nuestras doloridas posaderas del trayecto en autobús. Fuimos de un lado a otro, macutos a cuestas, al principio siguiendo las indicaciones del plano, para acabar desistiendo y guiarnos por nuestra intuición (que resultó igual de infructuosa), rebotando entre pensiones abandonadas y derruidas que habían echado el cartel de cerrado hace lustros, hoteluchos sin licencia para acomodar forasteros y casas particulares en las que se podía leer a la entrada, escrito con tiza, “ecstrangeros vienbenidosh”. En todos los casos el resultado fue el mismo: portazo en las narices. No vacancy.  Nos enteramos posteriormente de que, precisamente en esas fechas todos los años, tenía lugar un festival religioso en una localidad cercana que congregaba a multitud de peregrinos venidos de todo el país, de ahí que todos los hoteles tuvieran colgado el cartel de “Lleno”.

La sonrisa se me iría borrando poco a poco…

El reloj seguía marcando las horas y ya hacía casi tres que habíamos desembarcado en ese polvoriento pueblo, sin haber podido hacer otra cosa que caminar sin rumbo ni éxito alguno. Nos sentamos en la acera antes mencionada – ya libre de inquilinos –, huérfanos ya de ideas y bajos de stamina, cuando empezamos a ver pasar delante de nosotros, a cuentagotas y en estricta fila india (a la que, a partir de ahora, rebautizo como ‘fila budista’) un desfile inacabable de monjes enfundados en sus túnicas, portando cada uno de ellos el aparatoso recipiente redondo en el que la gente va depositando las ofrendas y donaciones. La recuerdo como una escena bastante onírica, en la que sólo se oía el tenue sonido de las plantas de los pies de los clérigos rozando el asfalto y la arena mientras pasaba ante ti una comparsa silenciosa en lo más profundo de la noche. A la retaguardia y algo descolgado del resto, una pareja formada por un monje y un perro, ambos cojos, cerraban la formación.

No pillo cobertura

El silencio de la madrugada se rompió de golpe cuando empezaron a entrar en escena, haciendo rugir sus motores, los enormes buses turísticos que, algo antes del amanecer, transportaban a los guiris desde sus hoteles hasta alguno de los templos para poder disfrutar de la salida del sol, para, acto seguido, volver a depositarlos en sus cómodas habitaciones climatizadas.

Amaneciendo

No sé si fue el orgullo o el cansancio (que llevado al extremo desemboca en momentos de lúcida impulsividad) el que nos hizo tomar la determinación de que, ya puestos, nosotros también saludaríamos al sol desde alguna terraza o algún promontorio sagrado de alguno de los cientos de templos que hay desperdigados por la zona. Eso sí, nos separaban todavía unos cuantos kilómetros de la zona cero, así que, después de zapatear nuestros fardos en la recepción de un hotel (al que acordamos con el sonriente recepcionista que volveríamos más tarde a recogerlos), alquilamos unas bicicletas – poco a poco el pueblo se iba desperezando – y tiramos millas sin ningún destino concreto, pero con brío renovado, un tanto ingenuo, característico de quien está tan cansado que su cerebro ya se ha pasado de rosca. Era una carrera contrarreloj y, como era de esperar, nos perdimos el amanecer, ¡qué se le va a hacer! Eso sí, de camino nos cruzamos con todos los autobuses turísticos en su ruta de vuelta al pueblo. Benjamín 0 – Realidad 1.

¡No te comas la ropa!

Pero la incursión en bicicleta no había sido en vano. A medio camino de los templos encontramos una pensión en la que quedaba una habitación libre y, aunque los macutos estaban a varios kilómetros de distancia, decidimos que los viajes extras merecían la pena y nos la quedamos. Ya se sabe: más vale pájaro en mano que buena sombra le cobija. En otra irracional vuelta de tuerca, resolvimos liarnos la manta a la cabeza y, haciendo de tripas corazón, echamos el resto y quemamos las naves, dijimos pies para que os queremos y andando que es gerundio. Vamos, que empalmamos noche y día y, ya que estábamos, nos fuimos a visitar la zona sin dormir ni nada, que eso es para cobardes.

Por cierto, que para entrar en la zona hay que apoquinar diez dolaritos, pero en nuestro caso, mediante la técnica de hacerse el sueco y tentando a la suerte, esa cantidad se redujo a cero. Lo que me da pie a un nuevo ejercicio de malabarismo ortográfico: hasta antes de que la junta oficializase el nombre de Bagan, la zona era conocida por Pagan, por lo que una versión mejorada del título del post podría rezar: Bagando, pero no Pagando. Joder, hay que ver lo que hace el aburrimiento y el querer hacerse el gracioso.

No me apetece pormenorizaros lo que fue andar por ahí, bagando, de templo en templo. Sin queréis culturizaros, ya sabéis, id a la biblioteca o poned La 2. Sí os diré que fue una tortura para los riñones y el hueso palomo pedalear dos días por campos de vacas y pistas de arena soportando un calor bajo el que se podían freír tiras de beicon en la colleja. Yo acabé pinchando las dos ruedas. Nunca fui un amante del ciclismo.

Agri-cultura

Pedaleando

Unos cuantos templos

Al siguiente día, ya descansados, sí que vimos salir el sol desde un templo. Nosotros y otros ciento setenta y dos seres humanos con sus respectivos trípodes y demás aparataje nos dimos un baño con los primeros rayos de la mañana, igual de cancerígenos que los vespertinos, por cierto. Otra anécdota referente a las aglomeraciones turísticas: ese mismo día, cometimos el error de asistir a la puesta de sol desde el templo que recomendaba la guía; lo cómico de la escena en la que la treintena de autobuses intentaban aparcar a la misma entrada del santuario, pronto se tornó en dramático, cuando toda esa marabunta (de la que formábamos parte) decidió evacuar el recinto a la vez, justo después de haber despedido al astro Rey, por la única – y estrecha, y oscura, y empinada, y claustrofóbica – vía de salida; sólo faltaba el cadáver para que se cumpliese el colmo de un neurótico, como estipulaba Woody Allen.

Se ponen a la venta las entradas del único concierto de la gira regreso de Los Cantores de Hispalis

Y ya que estamos con momentos tragicómicos: mención de honor a nuestra vuelta a la pensión tras el crepúsculo. Al más puro estilo Marcus Brody le dije a Marichi: “Sígueme, conozco el camino”. Lo siguiente que recuerdo es estar pedaleando en sentido contrario por una carretera comarcal, noche cerrada, alumbrado público inexistente, con una linterna en la frente a punto de quedarse sin pilas, esquivando los camiones que pasaban cardándote las pestañas, jadeando y bajando el santoral. Así durante lo que me pareció la distancia que separa el cielo del infierno. Satanás. Ahora me río, pero los llevaba de corbata.

Más templos

Y a Mandalay en tren, después de que, tras un atraco legal, el taxista nos dejase en la estación de ferrocarril de Bagan donde, esperando en el andén, hicimos llorar desconsoladamente a una niña sin ni siquiera mover un músculo. Tan feos no somos, digo  yo.

Star Cola

Universidad budista

La ciudad no merece ni una mera nota a pie de página (¿qué sabré yo, si sólo he estado allí unos días?). Lo mejor: las bolsas de patatillas fritas con un toque de chili, los cigarros-turuto birmanos a base de hoja de nosequé, los larguiruchos con falda (adolescentes daneses vistiendo el típico longyi) y la Star Cola. Recuerdo con especial cariño la escena en la que, con un despliegue de mímica sin igual y apretujado en un tuk-tuk, un monje budista le preguntaba a una musulmana si yo era cristiano y como todos acabamos cantándole unas bulerías al niño Jesús.

Tocho de templo (lo siento, no estoy muy inspirado)

Interior de un templo

Desde ahí hicimos un par de salidas a los alrededores. Os suelto la retahíla de nombres de los sitios que supongo os entrarán por una oreja y os saldrán por la otra: Sagaing, Amarapura, Mingun y Monywa. Dos cosas aprendí por allí: la gasolina está por las nubes y el jabón es el mejor amigo de las ratas. En uno de estos lugares – tengo una memoria enciclopédica -, en el que recuerdo como uno de los sitios más apestosos y decadentes en los que hemos tenido el privilegio de dormir, cada noche salía por el desagüe de la ducha (un mero agujero en el suelo) un hambriento roedor que se atizaba unos buenos bocados de nuestra pastilla de jabón. Por mucho que intentásemos bloquear la salida de la cañería poniéndole pesos encima y sembrásemos de trampas el cuarto de baño, la rata Stallone se las apañaba para ponernos en ridículo y, de paso, pegarse un buen banquete a costa de nuestro inventario de higiene corporal.

Poniendo al día la contabilidad

Por ahí visitando unos tempos en cuevas

Qué cosas tiene la vida; con la fama de guarras que tienen las ratas y se pirran por el jabón.  Ya sabéis, nunca deis nada por sentado y poned a buen recaudo vuestro neceser.

Frescos en la cueva

 

Mordisquitos

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Responses

  1. http://sofqa.wordpress.com/2011/07/09/las-ratas-higienicas-de-chennai/

    Que curioso….creo que no sois los únicos que han encontrado mordisquitos en el jabón.

  2. Me encanta la foto de la portada, y la de cola star es genial!!!

  3. Gracias infinitas por seguir acercándonos un poquito al resto del mundo, por las fotos, la historia, las anécdotas y los estupendos desvaríos… ¡¡¡Sois mejores que una clase de geografía!!!

    Marichi tenía razón… No me había dado cuenta de lo abandonados que os tengo, la culpa es del resumen, que como me llega al mail no abro el blog y claro = comunicación unidireccional = CACA.

    Intentaré ponerme las pilas, no worries… ¿Empezamos de cero?

    – Y tu, ¿como te llamas?
    – Yo, Bienvenido.
    – ¡Anda! ¡Como mi felpudo!

  4. La 1:20 a.m. y yo despierto leyendo las aventuras y desventuras que tanta alegría nos dan. Me voy a la cama escarallándome de risa… ratas que comen jabón… jajajaja!!


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