Posteado por: Marichi | 17 agosto, 2012

Como los balineses en días de fiesta

Ya me iba tocando dejar de hacerme la remolona y escribir un poco. Así descansa Benjamín y, de paso, todos nosotros, que leer un post suyo puede generar dolores de cabeza e, incluso dolencias peores, si te los tomas muy en serio. Jijiji.

Aterrizamos en la isla de Bali -después de 18 horas de escala en el aeropuerto de Singapur, ¡jarl!- el 18 de julio y nuestros mayores temores se confirmaron en cuanto llegamos a Kuta, ciudad más cercana al aeropuerto y, probablemente, la más visitada de Bali, aquello era como Benidorm a la indonesia. Aprovechamos nuestro día y medio de estancia allí para comernos un añorado pincho de tortilla y un bocata de jamón ibérico en Casa Pedro, bar español.

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Templo hindú en Kuta

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En Padang Bai

Nunca podríamos haber imaginado que llegar a las Islas Gili desde Bali (alrededor de una hora, hora y media, en lancha) en transporte público nos llevaría más de 24 horas, unas cuantas broncas, amenazas con llamar a la policía, etc. El caso es que, un autobús, un ferry, un “bemo” (transporte local indonesio), una furgoneta (ver foto), un carro de caballos y una barca más tarde; llegamos a Gili Trawangan, la única de las tres islas Gili que no queríamos visitar, cosas del destino…

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Esas gafotas que se ven dentro pertenecen a Benjamín

No os habíamos dicho que en Manila nos compramos nuestras propias gafas y tubo de buceo, para no tener que andar alquilando tubos chuperreteados por 274 personas antes que tú, gafas que no se ajustan y acabar pagando en una semana el valor de un equipo nuevecito. El caso es que, desde que las tenemos, lo llevamos a todos lados “por si acaso”. Nos encanta bucear, es otra historia; de verdad que merece la pena cogerse el avión hasta Indonesia, Tailandia, Filipinas o Malasia sólo por ver lo que hay debajo del agua. Nosotros no tenemos cámara subacuática, ni una funda de plástico de ésas; además, es cierto que las fotos que puedas hacer nunca hacen justicia a lo que de verdad estás viendo; pero nos encantaría que pudiéseis haceros una idea de la pasada que es. Yo estoy intentando convencer a Benjamín para hacer el curso de submarinismo (el de verdad, con bombona, nada de tubitos) en Tailandia, pero no lo consigo…

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Gili Trawangan

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Gili Meno

El caso es que las Islas Gili son increíbles para lo del snorkel, la visibilidad es muy buena y pudimos ver muchos peces nuevos (nos estamos aprendiendo los nombres de las especies, en plan pro), tortugas y hasta un par de sepias que cambiaban de color. Nos quedamos con las ganas de los tiburones (que acojonan, pero también molan) y los caballitos de mar.

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Dándome un baño, Gili Air al fondo

En Gili Trawangan nos quedamos sólo una noche y de ahí nos fuimos a Gili Meno, mucho más tranqui y aún más pequeña: puedes dar la vuelta a toda la isla caminando en menos de un par de horas. La playa que nos quedaba más cerca de los bungalows es la más “completa” de todas las que hemos visto hasta ahora: arena blanca y fina, unos metros de aguas turquesa para bañarse y, enseguida, el arrecife de coral, para bucear. Nos podríamos haber quedado allí un mes entero, a veces es bueno que en estas islas pequeñas no haya cajeros…

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Esta foto sólo la sacamos por el gato…

Mirando al mar soñé, que estabas junto a mí…

De vuelta en Bali, nos dirigimos hacia Tirta Gangga, un pueblo famoso por sus terrazas de arroz y su “Water Palace”, mandado construir por un rajá que adoraba el agua y donde te puedes bañar en algunas de sus piscinas. Allí nos perdimos siguiendo las señales no excesivamente bien puestas de un hotel y acabamos caminando en medio de las casas de los campesinos, entre gallinas y perros ladrando. Le hicimos señas a un señor de que buscábamos un sitio para dormir y resultó que ellos tenían una habitación monísima que, obviamente, no utilizaba nadie desde hacía meses.

La mala vida

Water Palace

Desde nuestra habitación teníamos unas vistas preciosas a las terrazas que, por la noche, iluminadas por la luna se llenaban de una especie de luciérnagas pequeñitas brillando por todas partes. “Emmm, sí venga, estás de coña”. No, no lo estoy.

Desde nuestra habitación

Verde que te quiero verde

Pero lo que a nosotros de verdad nos gustó fue que, de camino al pueblo, pasábamos siempre por delante de una granja en la que había, sin exagerar, como 100 patitos pequeños. Ohhhh, patetes…

¿Venís a darnos de comer, o qué?

Desde Tirta Gangga, Benjamín con una resaca interesante después de haberse pasado la noche anterior bebiendo los chupitos de vino de arroz que le iban pasando unos locales aficcionados al cante y el guitarreo, nos fuimos a Amed, una zona de playas de arena negra, a bucear un par de días más. Uno de los supuestos puntos fuertes de la zona, un pesquero japonés hundido hace años resultó ser una cagada, ya que por culpa del viento no se podía ver nada; pero sí pudimos ver los restos de una estructura perteneciente a un templo hindú completamente sumergida, muy chulo.

Gunung Agung al fondo

Por cierto, la gente de Bali, esto sí hay que decirlo, encantadora, con interés genuino por hablar contigo, aunque no te puedan vender nada; algo que a veces se echa de menos por estos lares… Y desde ahí, dejamos atrás el reducto hindú que es Bali (dentro del gigante musulmán indonesio) y cruzamos hacia Java, pero ésa es otra historia.

Barcos pesqueros en Amed

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Posteado por: Benjamin | 4 agosto, 2012

Vas a la playa y llueve

Pues te jodes. Regla inferencial que aprendí de muy niño del gran Pedro Reyes. Puede parecer un aforismo soez y carente de sentido, pero estas sabias palabras encierran una de esas verdades demoledoras que, de vez en cuando, pasamos por alto porque sencillamente vuelan muy bajo para ser captadas por nuestros radares fabricados para sondear sólo las ‘grandes verdades establecidas’. Si puedo haceros aunque sea tan sólo vislumbrar los quilates epistemológicos de esta afirmación surgida de la etílica mente de un humorista de la España de TetaCinco, habré cumplido mi misión ¿Qué puedes hacer cuando la lluvia hace acto de presencia para aguarte -nunca mejor dicho- tu programada excursión estival a tu arenal favorito? Pues nada, mirar las gotas caer. Y, ojo, esto no es una apología del conformismo ni del mexan por nós e dicimos que chove. Todo lo contrario. No podrás mejorar tu tono bronce – aunque es hora de que asumas que hace tiempo que cruzaste la frontera entre ‘moreno’ y ‘naranja’, tus amigos jamás osarán espetártelo en la cara -, no podrás socializar demasiado ya que la inmensa mayoría de gente ha optado por un plan más casero, olvídate de sacar la cacharrada musicofestiva, ya sea iPod, móvil o radiocasete de dos pletinas sin antena y con un agujero en el lugar donde una vez estuvo el botón de fast forward. Estás bastante jodido. Punto. Y tú tampoco enviaste tus sms a la pandilla ni llenaste la bolsa de playa para luchar contra los elementos. Ya está, no te amargues más. Puede que los eruditos se me echen a la yugular al cometer semejante malinterpretación de los cánones, pero creo que Kant decía que siempre que algo sucede o ‘se representa’, hay algo que, simultáneamente, no sucede o ‘no se representa’. Dos caras de la misma moneda. Por cada fotografía que saco o cuelgo en el blog hay otra que ni saco ni cuelgo, y son todas igual de reales. Lo que pasa es que nosotros creemos que siempre estamos del lado de las cosas que suceden y no de las que pueden suceder. Os podré contar mil cosas en este blog y jamás tendréis ni repajolera idea de lo que realmente está sucediendo; eso es lo difícil, el contar y vivir cosas que están del otro lado del espejo, que suceden porque algo no está sucediendo. Una playa lluviosa es el último sitio en el que al chulo de chiringuito le gustaría estar, pero la cosa cambia si lo que quieres es ver hordas de diminutos cangrejos haciendo su danza a la puesta de Sol. Estoy desvariando. Tengo un tapón de cera en el oído izquierdo tan grande que me pondría montar solito una galería en plan Madamme Tussaud y creo que está haciendo presión en los nervios cercanos al bulbo raquídeo y hace entrar en un estado de severa verborrea. Eso o es que soy un papanatas.

Crepúsculo en Sandugan, en la arena miles de cangrejos.

Queda dicho

Arrozales. Siquijor

Toda nuestra estancia en Filipinas la disfrutamos durante la época de monzón. Ese visitante anual no invitado de lluvias torrenciales. Y por delante teníamos unos cuantos días visitando playas y buscando tranquilidad. Nos llovió, y mucho, y nos jodimos, por supuesto, pero no podría haber sido mejor.

No hicimos nada, además de hacer cosas. Incluso en un caso aparentemente tan sencillo como es éste, no os puedo contar nada de lo que no hicimos y sólo un poquito de las que nos hubiera gustado hacer.

Empezamos por Sandugal, en la isla de Siquijor. Bonita cabaña a la orilla de la playa con puestas de sol evocadoras. Todo eso queda en un segundo plano cuando lo comparas con una resaca de ron Tanduay, botella cuya graduación resultó ser inversamente proporcional a su precio. Y eso que su etiqueta certificaba la consecución de varias medallas en certámenes internacionales en círculos tan prestigiosos y refinados como París, Amsterdam y Castroforte del Baralla. Tan bueno era el contenido como el continente, ya que nada más desenroscar el tapón me llevé por delante algún cacho de vidrio de la boquilla lo que provocó que a cada sufrido sorbo me llevase de regalo un tajo más en la lengua. Las bebidas alcohólicas típicas de los sitios suelen tener todas un denominador común: son una puta mierda con más similitud molecular con el aguarrás que con otra cosa. Esa noche, Marichi tuvo que poner en práctica todas sus dotes de oyente para poder aguantar y digerir sin amordazarme con la mosquitera la sarta de paridas y gilipolleces de las que me puse a hablar.

Por Larena, Siquijor

Ella es la que manda. Ella me lleva a todos sitios. Llenó de barro la moto, pero fuimos a los cuatro rincones de la isla y, como recompensa, ellos le pusieron su nombre al pueblo en que hicimos una parada para comer: María. “María es bonita”, decía el cartel, ¿qué más puedo añadir? No sé de dónde salieron todas las cosas que no hicieron posible un momento diferente a ése, pero el caso es que así se nos representó. Siempre querré volver a María, eso lo tengo claro. Y si vemos un chaparrón en nuestro camino, damos media vuelta y bordeamos la ruta. Nos llovió mucho y nos tuvimos que joder por tener esos momentos inolvidables. ¿Me seguís? Claro que no, pero me conocéis mejor que yo mismo.

En la isla de Apo las habitaciones estaban infestadas de esas ratitas regordetas con vientre rosado. ¿Y qué vas a hacer? ¿Cambiarte? Me temo que su radio de actuación comprendía la isla entera. Pues a joderse, y ser feliz en el lugar en el que vi mi primera tortuga marina (son seres casi mágicos que parecen estar de vuelta de todo). ¿Pero cuántos tipos de coral existen? Pues tantos como los que no existen, pero ésos no salen en el National Geographic. Auténticas catedrales submarinas al borde de oscuros abismos, nunca semejante espectáculo se había deplegado ante mis ojos. Supongo que soy un tío más tendiente a la contemplación que a la acción y dejarte mecer por el mar mientras observas por esa ventanita todo lo que no pasa en la superficie es como un colchón balsámico del que sólo el hambre o la insolación podían hacerme retornar a tierra firme. Los niños que al atardecer salían a jugar en la playa no eran los mismos que con los que yo perdía el tiempo haciendo fuertes con la arena cuando era un crío. Pero sus sonrisas sí lo son. ¿Os imagináis que en Paraíso cuelgan el cartel de “Cerrado por derribo”, pues eso mismo sucedió aquí. La joya de la corona de la isla era un santuario de coral al que se llegaba tras cruzar el único y diminuto pueblo que había. Normalmente congregaba hordas de feligreses dispuestos a hacer la comunión con el Mar. Y de uno en uno, que éste no es lugar para agobios. Pues nos jodimos, y mucho, al contemplar el letrero que rezaba la defunción del santuario a causa de un reciente tifón. El arrecife destrozado. Aquí no hay nada que ver, amigos, circulen. No vimos el santuario, ni se echó en falta. Al fin y al cabo, ¿qué puede uno hacer contra la fuerza inconmensurable de un tifón? Pues cantar bajo la lluvia y dejar pasar el tiempo mientras estás satisfecho de haber llegado hasta aquí para caminar entre roedores. Colgados al sol, en una bangka, todavía están secándose nuestros bañadores olvidados, huérfanos de piernas y torsos, que decidieron hacerse los suecos y quedarse ahí, en la isla más diminuta en la que yo haya estado.

Lo mejor está en el fondo, no os lo puedo enseñar

El deporte nacional en Filipinas. Isla Apo.

Al atardecer, en Apo.

Calle en el pueblo de Apo

Vistas desde la habitación ratonil en Apo

Que no te amarguen el día

Y, por último, la lengua de arena blanca por excelencia de Filipinas, Boracay. Te la comes con los ojos. Todo lo que no me gusta de una playa estaba ahí. Y qué bonita es. Puro idealismo trascendental. La idea de playa es Boracay.

Como comentaba, todo lo que sucede trae consigo algo que no sucede y Palawan, isla a la que marginamos, perla de Filipinas, quedó así guardadita bajo siete sellos en la caja de los no-fenómenos esperando a que en alguna parte de nuestro viaje dejemos de hacer algo que nos haga recalar allí.

Para concluír y parafraseando el título de la tesis que Hedwig había escrito sobre la influencia de la filosofía clásica alemana en el rocanrol:

You, Kant, Always Get What You Want.
Creo que me ha subido la fiebre.

MARICHI: – A Benjamín se le va la olla…

Boracay, ¡sí!

Posteado por: Benjamin | 1 agosto, 2012

Bicoleños de toda la vida

A todos los Ormaechea esparcidos a lo largo y ancho del mundo y, en especial, a la memoria de mi abuelo Fausto.

Ya hemos llegado, abuelo. Tabaco. La ciudad donde naciste, aunque seguramente por aquel entonces no sería más que una pequeña villa de pescadores con algunas plantaciones. Has vuelto y hoy tu nieto está a tu lado para ver y sentir contigo lo que es volver a casa. Los campos de arroz nos dan la bienvenida y la gigante silueta del Mayón es omnipresente. Es muy pícaro, ¿no crees? No deja de escudarse en las nubes para que no le robemos desde abajo ni un ápice de hermosura; parece como si prefiriese quedársela toda él y sembrar leyenda por todo el valle. Leyenda transformada en mito de una enamoradiza princesa y un padre celoso. Vayamos a admirar la belleza de la bahía desde las alturas de la ladera del volcán. Se puede ver toda la ciudad y su puerto y las islas al otro lado. La gente sigue plantando sus verduras y dejando secar el grano a la orilla de la carretera. Todo es colorido y, a pesar de ser época de monzón, todo está iluminado. Cientos de triciclos pasan por delante de nosotros y nos saludan. Nos paramos a ver al vendedor de gallos de pelea, un tipo enjuto, descalzo y con los pies negros. Al parecer no fuiste bautizado en la parroquia de San Juan, ¿verdad? La iglesia es enorme y aguanta el paso de los años bastante bien, no como los archivos y documentos que se apolillan y desvanecen en el tiempo. Tu huella sigue aquí, lo noto, ¿tú no? Nos sentamos en un banco de la plaza del ayuntamiento viendo salir de clase a los bachilleres, todos uniformados. Van formando varios grupos y nos miran curiosos. No te dejes tentar por los mil y un puestos del mercado, intentarán venderte desde una correa gastada para el reloj hasta una botella de vino de arroz; tú sonríe y pasa de largo. Siento que la habitación de hotel no sea muy confortable, pero, ya sabes, el resto se escapaba de nuestro presupuesto. El dueño duerme interminables siestas con su gato en un banco con pinta incomodísima; ten cuidado con despertarle si no quieres que te caiga un rapapolvo. Lo bueno es que en el bajo hay un puesto de brochetas y el olor del cerdo a la brasa y de salsa avinagrada se cuela dentro. ¿Te he abierto el apetito? Pues conozco un sitio en el que hacen el mejor lechón de Tabaco y de postre, un flan de leche. Menos mal que nos hemos traído el paraguas porque los chaparrones han inundado las calles y muchos pierden las sandalias arrastradas por la corriente. Fíjate en el coro cantando salmos en el escenario de la plaza, parece que han congregado a una buena multitud. Nos deseamos la paz y seguimos nuestro camino. Mañana toca playa, acuérdate. Aunque no es la más bonita del lugar, San Lorenzo es digna, a pesar de que el Mayón sigue oculto tras ese manto blanco. Será puñetero.

¿Cuánto llevamos ya aquí? ¿Una semana? ¿Un mes? Es un buen sitio, abuelo. Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras. Si necesitas algo sólo tienes que cruzar la calle y los funcionarios del ayuntamiento te tratarán mejor que a la propia reina de España. Me imagino las caras que pondrían cuando se enterasen de que tú y yo somos bicoleños de toda la vida.

Fachada del ayuntamiento

Iglesia de San Juan Bautista

Casa antigua

Miles de triciclos

Oficina del registro municipal

Niña cogiendo cangrejos

Plaza del mercado

Por las calles de Tabaco

Triciclos

El monzón

Calle de Tabaco

Playa de San Lorenzo

Detalle de una calle tabaqueña

Volcán Mayón

Cementerio católico, con el cimborrio de fondo.

Nota: Familia, he recopilado en un archivo todas las fotos de Tabaco que, por razones de espacio y tiempo, no puedo subir al blog. Son unas ochenta fotografías, sólo tenéis que pedírmelas y os las mando.

Posteado por: Benjamin | 26 julio, 2012

¿Este bus para en la calle 82?

Veintiún días a repartir entre más de siete mil islas: al igual que con la teoría de cuerdas todavía no se han inventado las matemáticas para lidiar con tal escenario. Pero, al menos, en Filipinas hacen lo que pueden con los medios de transporte para ayudarte a cuadrar el círculo de tu itinerario a través del segundo archipiélago más grande del mundo. Nombrad todos los medios de transporte que se os ocurran e imaginad que tenéis que utilizar todos y cada uno de ellos para ir al trabajo un día cualquiera. Desde montar a un gorrino hasta surcar los cielos en un bombardero reconvertido. Bienvenidos a las Islas Filipinas.

“¡Os váis a perder!”, fue la premonitoria despedida a modo de advertencia que nos dedicó el oficial aduanero del aeropuerto de Clark, cuando tras jurarle que los cedés de Bom Bom Chip que traíamos en los macutos no eran material pirateado, le explicamos que todavía no teníamos reserva alguna en Manila, ni destino concreto, ni había ningún fulano con nuestros nombres mal escritos en un cartel esperándonos al cruzar el umbral de la terminal de llegadas para llevarnos a su spa de desintoxicación. Pobres de nosotros, le tomamos a pitorreo y comentábamos entre risitas de suficiencia: “Este tío no sabe con quién está hablando, vamos hombre, con los kilómetros que llevamos a la espalda…”. Hasta entonces se podría decir que ninguna población se nos había resistido en lo que a brujulear y montártelo por tu cuenta se refiere, pero Manila fue un hueso duro de roer y pudo con nosotros. La perla de Oriente es indomable, arisca, nada agradecida. La ciudad que hace cinco siglos fundaron los conquistadores y misioneros españoles representa hoy sólo una mínima porción de la gigantesca tarta conocida como Metro Manila, hogar de trece millones de almas, y fruto de la fusión de más de una decena de ciudades antaño alejadas de la capital, transformadas hoy en un único ente administrativo, urbano y caótico. Su extensión es mayor que la de Santo Domingo de La Calzada y ayuntamientos aledaños.

Calles de Manila.

Volar con compañías low cost casi siempre viene acompañado del típico trayecto extra que te tienes que pegar para llegar realmente a tu destino, ya que aterrizas, con perdón de la expresión, a tomar por culo de la ciudad. Pero lo de Clark no tiene nombre. Casi cinco horas tardamos desde que sorteamos a taxistas gorras y demás timadores tras recoger nuestro equipaje hasta que pudimos acomodarlo en una habitación compartida de literas en el peor – y más barato – albergue de Manila. Nos costó lo suyo, pero ya pudimos paladear las sensaciones de utilizar los primeros medios de transporte público filipino, como el autobús de larga distancia, con una fila extra de asientos que en los que utilizamos en el resto del mundo (repito: con una fila extra) que los hay de un zillón de compañías diferentes (a cada cual más casposa), cada una con su propia terminal, localizadas idóneamente en los lugares más inaccesibles e inhóspitos de la ciudad. No recuerdo ningún trayecto en este tipo de autobuses en el que el demente del conductor de turno no fuese amablemente exhortado por la policía a parar en el arcén y aconsejado por el respetable agente reglamentariamente armado a deponer su actitud suicida al volante. En ninguna ocasión surtió el mínimo efecto.

Estos autobuses te chimpan en medio de una autopista de catorce carriles (que los locales se encargan de convertilos en veinticinco) y, ala, a mamarla. Búscate la vida, neno. Por supuesto, enseguida te verás engullido por un enjambre de vampiros taxistas y propietarios de otros vehículos, sedientos del papel tintado y cuñado por el gobernadorcillo Peláez que almacenas en tu cartera dispuestos a resolverte la situación y llevarte al oasis de paz que estás buscando. Si les haces caso, tú verás, has hecho un pacto con el diablo. Por suerte, en Filipinas siempre tienes a pocos metros de ti (si no te atropella antes) un jeepney para sacarte del apuro (o para prolongar todavía más la agonía). ¿Cómo definir un jeepney? Imaginaos cómo sería la flota de camiones de la hipotética empresa cofundada por Paco Clavel y Rouco Varela, encargándose el primero del diseño exterior y monseñor Rouco de poblar la cabina hasta el límite del abigarramiento de toda la parafernalia cristiana-apocalíptica que os podáis imaginar. Llega a dar algo de yuyu en ocasiones, pero tiene su gracia. Éste es el más democrático y sacrosanto medio de transporte en Filipinas. Jeeps de transporte de tropas que los yankees decidieron dejár atrás cuando abandonaron la colonia, que se estaban oxidando en garajes y almacenes fueron masivamente puestos a punto (es un decir) y acondicionados para transportar a la mayor cantidad de personas con los mínimos estándares de seguridad para sacarles beneficio pecuniario. Una curva de rendimiento no tan difícil de lograr. Y, por supuesto, le dieron el toque local y se pusieron a experimentar con las gamas de colores y a llenarlos de estampitas de mil y un santos, beatos y pontífices.  La densidad de morralla en el parabrisas es tal que prácticamente se podría decir que el chófer conduce de oído. No exagero.

Jeepney.

La mecánica es muy sencilla. Te pones a un lado de la calle y le haces una señal. El conductor te dirá con los dedos el número de plazas que le quedan. Aunque ya esté saliendo gente por las ventanillas, te dirá que hay al menos dos sitios libres. Entre los adornos y fotos de calendario de pin-ups el hombre cuelga un cartelito en el que pone el lugar al que se dirige ese jeepney; si te vale, te subes; y si no, también. La probalidad de que te deje cerca de tu destino va a ser la misma. Infinidad de veces hemos tenido que abortar el viaje y bajarnos tras habernos abierto camino a codazos hasta la parte frontal para preguntarle al conductor si nos habíamos montado en el jeepney correcto. Una vez en el ajo, la gente va pasando de mano en mano el importe del viaje hasta que el que está sentado detrás del conductor se lo pasa a éste, que lo almacena en una cajita y le pasa el cambio de nuevo al que está a su lado y la cadena vuelve a pasar en sentido contrario. Así con todos los pasajeros. No creáis que en algún momento el hombre al volante para el vehículo para realizar la transacción, no hay necesidad.

Si piensas realizar trayectos en este medio de transporte lo más habitual es que tengas que hacer unos cuantos trasbordos, y no precisamente fáciles o intuitivos. Tendrás que sortear fosos de cocodrilos, campos minados o, lo que es peor, una procesión más larga que un día sin pan para poder coger tu enlace. Y, por supuesto, el último tramo siempre será a pata haciendo oídos sordos a la recua de taxistas que se pondrán a conducir por la acera a la verita tuya dándote el coñazo padre enarbolando su licencia falsa. Trabajadores persistentes, estos asiáticos. Para más inri, en la parte trasera de todos los vehículos públicos en Filipinas te animan a que dejes tus comentarios sobre la experiencia mediante mensaje de texto o buzón de voz bajo el eslógan “¿Qué tal conduzco?”. Pues hijo, como el culo. Al menos según el manual “¿Es que no tienes ojos en la cara?” de la prestigiosa autoescuela Palomero.

Tripas del jeepney. Un señor mira por encima de mi hombro.

Volviendo del cole.

Procesión-quedada exigiendo mejoras en la red eléctrica.

Conductor de jeepney a grito de: ¡Yo sé cómo hacerte feliz!

Otro medio muy socorrido, éste para distancias más cortas, es el triciclo. Nueva York tiene sus taxis amarillos, pues Filipinas tiene sus triciclos horteras. Los hay de dos categorías: a motor o tracción animal, dependiendo de si el vehículo adosado a la caja de muertos con ruedas en el que te metes es una moto como la del Pollino o, sencillamente, una BH oxidada. Evidentemente las tarifas varían en función de si va a gasolina o el pobre hombre ha de echar los higadillos dándole al pedal mientras pasea al mórbido occidental acompañado de sus trece maletas en busca de un hotel. Curiosamente, el esfuerzo no cotiza tanto como el petróleo. De cualquier manera, sea cual sea el combustible, intentarán aplicar un corrector inflacionario etiquetado como la “tasa blanquito de mierda” por lo que puedes llegar a pagar un setecientos por cien por encima del precio real. A pesar de que en la cabina no dirías que caben más de dos cuerpos humanos ya bien arrejuntados y oliéndose mutuamente la sobaca, los conductores se las apañas para emular a su Cristo redentor y multiplicar recursos, no peces en esta ocasión, sino plazas, sacándose de la manga espacio suficiente para acomodar una veitena de almas en el caso más extremo, dando como resultado una mole de carne con ruedas con el centro de gravedad más inestable que la prima de riesgo española.

Conductor de triciclo haciéndose el guay.

Todavía no habían empezado a llegar los pasajeros.

También existe la versión de clase alta para estos medios urbanos de transporte, las furgonetas taxi, o UVExpress. Digo clase alta por decir algo, ya que también recuerdan a latas de sardinas, pero al menos tienen aire acondicionado y unos asientos “muerte VIP” en el maletero. Además, el conductor ya asumió hace tiempo que no debía emular a Carlos Sáinz ni hacer quiebros a las abuelitas y el viaje suele ser más relajado. Lo malo de estos transportes es su precio, sensiblemente más caro que sus parientes y, lo más importante, la sensación de claustrofobia si te toca de la mitad para atrás, no hay que olvidar que la punta de tu napia estará tocándole la coronilla grasienta del delante (los filipinos son más bajitos).

En un plan ya más informal, siempre puedes optar por que un fulano te acerque en su moto a algún sitio. Ésta práctica es bastante común y la han bautizado como – no estoy de coña -“cerdos fornicando”, ya que al parecer es la imagen que se les viene a la cabeza al ver a tres personas en la moto. A mí me metieron mano. No  preguntéis.  O si lo tuyo es la pompa y la comodidad, en el centro de Manila todavía hay carros de caballos o calesas a los que sus propietarios les han quitado la poca dignidad que les quedaban adornándolos con floripondios y alimentándoles con rábanos resesos. Son caros y haces un poco el panoli.

La red ferroviaria filipina es escasa y se limita a la isla de Luzón, aunque ferrocarrólicos como somos nos empecinamos en usarla para llegar desde Manila a la provincia de Albay, un viajecito de diez horas en un tren cedido por los desguaces japoneses (de hecho en el vagón ponía que íbamos a Osaka) que se movía más que la compresa de una coja (gracias Jose) y en el que, ¡esta vez sí!, pudimos distraernos con un par de pelis de las de pimpampún que tanto furor causan en el sudeste. Conseguir los billetes y montarnos en el tren tuvo su aquél, ya que, al parecer, no sé si por mala fama o, sencillamente, por no ir con ellos, la existencia de red ferroviaria es desconocida para la mayoría de los filipinos e, incluso los que saben que es una posibilidad te dan información muy vaga y contradictoria. De hecho, en la oficina de turismo en Manila nos requetejuraron que el tren no llegaba hasta donde nosotros nos queríamos apear, lo que resultó ser completamente inexacto. Una buena dosis de instinto, paciencia y flexibilidad (de la otra también, para acomodarte en los asientos) son la clave para llegar a buen puerto.

Pero, amigos, en un sitio como éste, la misma importancia tienen los medios terrestres como los que navegan los mares y surcan los cielos, ya que no te queda otra para saltar de isla en isla y la oferta en estos casos tampoco se queda corta. En lo que al modo corsario se refiere, tienes desde los típicos ferries mamotreto oxidados a velocidad de tortuga en los que la peña se agencia tres asientos para repantingarse y echar una buena sobada, hasta los botes rápidos hiperextrasobrecargados que recuerdan a ataúdes sin salida de emergencia. Y no nos podemos olvidar de otro de los auténticos iconos de Filipinas: la bangka. Una chalana con motor fueraborda más estrecha que la vieja de las pelis de Harry Potter con una viga de bambú a cada lado para darle más estabilidad. Es el comodín genial para los trayectos cortos. Eso sí, el viaje es movidito y mojado, si te toca una sin techo habrás potenciado la aparición de melanoma exponencialmente y en algunas ocasiones irás con media cacha de fuera. Son el alma de los paisajes de costa.

Y si lo que se adapta a tus necesidades es el avión, activa el modo kamikaze y elige entre el puñado de aerolíneas a lo Mortadelo y Filemón que han florecido fruto de la combinación de dejadez, abaratamiento de costes y precios competitivos. Ojo al dato: todas las líneas aéreas domésticas en Filipinas forman parte de la lista negra de la Unión Europea referente a seguridad y estándares de aviación comercial. Todo un aliciente para volar si, como en mi caso, con sólo oír hablar de cogerte un avión hace que se vaya al garete toda tu flora intestinal. Dicho lo cual, es prácticamente ineludible realizar un par de trayectos por aire si no andas sobrado de hojas del calendario.

En definitiva, opciones no faltan y preguntando se llega a Roma, aunque os apuesto lo que queráis a que en Manila os váis a perder, no estoy de pitorreo ni el guardia tampoco lo estaba. Eso, claro, si ponéis vuestros pies a andar. ¿Vosotros tampoco sabéis a dónde vais? Entonces cualquier camino os llevará ahí.

Escena pesquera.

Bangka

Posteado por: Marichi | 5 julio, 2012

Borneo, la esperanza y la desesperanza

Desde pequeña, cuando mis padres me ponían aquella canción de los Zombies que decía: “Y yo te buscaré en las selvas de Borneo, en los cráteres de Marte, en los anillos de Saturno”, yo imaginaba que las selvas de la isla de Borneo debían de ser algo tan misterioso e impenetrable, que eran comparables con otros planetas desconocidos, ¡quería verlas! Deseo que se incrementó cuando en la universidad estudié Primatología y me hice amigaparasiemprewillyoualwaysbemyfriend de los orangutanes, perdonando la fealdad de los monos narigudos.

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Póster de la habitación en Kuching

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Mezquita en Kuching

Así que, en cuanto nuestro vuelo de Kuala Lumpur aterrizó en Kuching yo sólo podía pensar en que nuestros 10 días en la Malasia de Borneo y Brunei eran muy pocos y que debíamos aprovecharlos bien; y eso hicimos. En mi cabeza, Borneo era símbolo de naturaleza, selvas vírgenes, flora y fauna por doquier, así que no quería dedicar más del tiempo justo a las ciudades que, por razones técnicas, nos íbamos a cruzar por el camino. Ya desde el avión se podía ver la malla de palmeras que cubría la mayor parte del paisaje… y no, no es nada bueno.

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Parque Nacional de Bako

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Playa ideal para darse un baño “refrescante” después de un largo camino

Desde el autobús es difícil ver otro tipo de vegetación diferente a las palmeras: son plantaciones de aceite de palma. Este tipo de plantaciones, en auge porque este aceite sirve para la elaboración de biodiésel, están causando: deforestación, pérdida del hábitat de especies en peligro de extinción (se estima que, por causa de estas plantaciones, los orangutanes se extinguirán en 10 años), emisiones de gas de efecto invernadero… Aparte de violaciones de los derechos humanos en todos los países que cultivan aceite de palma. Para los que estén interesados en este tipo de cosas (que nos deberían interesar a todos), hay mucha información en Internet.

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Planta carnívora

En Kuching fuimos a visitar la Reserva Natural de Semenggoh, donde hay un centro de rehabilitación de orangutanes. Aunque los orangutanes están en semi-libertad y se alimentan “por su cuenta”, los cuidadores les ponen comida en unas plataformas dos veces al día para que, en caso de que tengan hambre, puedan comer algo allí. Nosotros fuimos a la hora del desayuno, que es cuando más probabilidades hay de ver algún ejemplar y tuvimos la suerte de ver al macho alfa (el hombre del parque nos dijo que llevaban como una semana sin verle), con sus imponentes mofletones. En todo el rato que él pasó en la plataforma, poniéndose morado a plátanos, ninguno de los otros se atrevió a bajar de los árboles, esperando a que se fuese.

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¿Cuándo me toca comer a mí?

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Sí, tienen los brazos más largos que las piernas

Al día siguiente fuimos al Parque Nacional de Bako, con la esperanza de ver algún mono narigudo. Aunque no pudo ser, tuvimos unos cuantos “encuentros moniles” con langures plateados, uno de los cuales nos dedicó una cálida meada; y, por supuesto, con los omnipresentes ladrones-macaco que esta vez nos vinieron gruñendo -son unos macarras- para que les diésemos la bolsa de plásico que llevábamos y que defendimos a capa y espada. Hicimos un par de rutas cortas de senderismo y, mientras esperábamos sentados y calladitos a ver si aparecía algún narigudo, salió un cerdo salvaje barbudo de entre la maleza olisqueando la tierra y pasando un mundo de nosotros (a falta de pan, buenas son tortas). Nos dimos un baño en la playita, con el agua, claro, a 150 grados y nos fuimos. Nosotros, que venimos del Atlántico, esto del agua-caldo no lo llevamos muy bien. Una cosa es el agua templadita del Mediterráneo, pero es que hay playas aquí en las que parece que el agua está a la misma temperatura que mi sudor, no mola…

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Langur plateado tuerto

Nuestra siguiente parada, a pesar de la insistencia de Benjamín en no hacerla, fue en Bandar Seri Begawan, la capital del Sultanato de Brunei; un pequeño estado en medio de la Malasia de Borneo que se mantiene gracias al petróleo. Aunque todo el mundo dice que allí no hay nada que hacer y/o ver, nosotros creemos que la parada valió la pena aunque sólo fuese por pasear por Kampung Ayer (un barrio levantado en las márgenes del río, donde todas las estructuras se mantienen sobre tablones de madera, sujetados con columnas de hormigón) a la salida del cole de los niños, que nos saludaban al grito de: “Hello! Welcome to Brunei!”. Lo incluí en la posición 2 de sitios visitados en este viaje en los que me gustaría vivir un par de meses para ver mejor cómo es la vida allí; sólo antecedido por una aldea perdida de Camboya.

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Mezquita Jame´Asr Hassanil Bolkiah, nos les gustan los nombres simples en Brunei

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Kampung Ayer

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Protegiéndose del sol

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Kampung Ayer por la noche

Los últimos días los pasamos en la aldea de Sukau, a orillas del río Kinabatangan, en Sabah, haciendo pequeñas incursiones en el río para ver la fauna local. Allí nos ratificamos en la idea de que necesitamos comprar una buena cámara porque, a excepción de los elefantes, que son suficientemente grandes como para que se vean bien, no pudimos sacar ni una foto decente de las decenas de animales que vimos; durante el día: aves rapaces, tropicales y zancudas, macacos de varios tipos, langures, monos narigudos ¡y un par de orangutanes!; durante la noche: martín pescador, búhos, nidos de golondrina, pitones ¡y cocodrilos! Mención especial merecen los elefantes pigmeos, endémicos de Borneo y que, aunque nosotros nos los imaginábamos bien pequeñitos, son sólo un poquito menores en tamaño -apenas se aprecia- que sus parientes.

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Siempre cerquita de mami

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El pelo a conjunto con el chaleco salvavidas

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Ellos no se tienen que preocupar por los cocodrilos

Nosotros hace tiempo que estamos en contra de los zoos y otras formas de cautiverio (con fines puramente lucrativos) de los animales, pensando aquello de: “El que quiera ver un león, que se vaya a África a verlo”. La cuestión es que, estando en la barca a escasos metros de los elefantes, con otras tantas barcas alrededor; todos mirando, hablando, haciendo fotos… mientras ellos comían; aquello tampoco parecía lo ideal, sino también un poco invasivo, una intromisión evitable en sus vidas. Pero este tipo de turismo es el pan de mucha gente y, supongo, una manera de evitar, a corto plazo, que se carguen la poquita selva virgen que queda en Kinabatangan, apretada entre plantaciones de aceite de palma. Nosotros pudimos ver con nuestros propios ojos cómo se quemaba a lo lejos una gran extensión de selva -que había sido previamente cortada- para establecer allí una plantación. ¿Cuál es la respuesta? ¿Alguno de nuestros lectores la sabe? ¿O se acerca? Aceptamos sugerencias.

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Seis de la mañana en la jungla

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Adán y Eva sólo se tapaban con una hoja

Posteado por: Benjamin | 21 junio, 2012

Cuando fuimos Petronas

En el universo del mochilero uno de los conceptos que adquieren mayor importancia y más condicionan el día a día es – redoble de tambor – el peso. Podría ponerme a hablar de las reservas de lípidos medias del viajero, pero en este caso lo que nos atañe son los kilos que te cargas a la espalda, no en la papada. Para el que esté disfrutando (y no sufriendo, que son mayoría) de lo que se ha venido a denominar The Unemployed Life (o TUL, abreviando) muchas de las cosas que hace o deja de hacer vienen en función de esta engorrosa variable. Está claro que el disponer de ciertos items puede sacarte de algún que otro apuro (llámense plantillas para el mal olor, pastillas potabilizadoras de agua, mosquiteras, todos los volúmenes del Libro Gordo de Petete, etc.) y, ni que decir tiene que si vas cargando con la guitarra serás el melómano terror de las nenas en cada full moon party, a pesar de te hubieses quedado en el Come As You Are, capítulo dos del método de guitarra ‘Lo importante es aparentar’ de la editorial Perroflauta Globe Trotter. Y si lo tuyo es acordeón lo llevas claro. Pero nosotros hemos hecho nuestra la máxima “menos es más” y procuramos, si no alcanzar, sí tender hacia los valores que optimizan la función en sus valores mínimos. Si ese cálculo lo combinamos con el algoritmo “cómo meter un elefante en un seiscientos” (ver nota) da como resultado unas preciosas, compactas y manejables mochilas, listas para amoldársete a la columna y no dar mucho por culo. Vamos, que llevamos lo necesario y un poquitito más, sin llegar al nivel de compulsividad del menda que conocimos que, no satisfecho con el volumen que ocupaba su cepillo de dientes, decidió partirlo y quedarse sólo con la parte superior. Friqui.

¡Pues no se me ha ido volando la gorra!

Detalle de la puerta de un templo

Y quizá más importante que el macuto sea la composición y distribución interna de la “mochilita de campaña”, esa que llevamos a las escapadas y excursiones una vez acomodados en un sitio. Se supone que ese continente ha de albergar los elementos imprencindibles de supervivencia para unas cuantas horas, léase agua, móvil, dinero, comida, cornamenta, cartera, testículos y reloj. Y nos la vamos turnando. Normalmente, con el calor que hace, al final del día apesta a sobaco de bonobo y está anegada en sudor, pero eso no nos interesa aquí. Y, para cerrar la cuenta de bolsas de viaje, yo – ya que Marichi hace ya un tiempo que se ha hecho la sueca con el tema, al igual que con lo de fregar los platos – porto casi veinticuatro horas al día un bolsillo con cremallera, oculto en alguna parte de mi cuerpo, en el que guardamos los pasaportes, la pasta que no vamos a usar en el día y las tarjetas de crédito. La localización exacta es altamente secreta, pero os daré una pista: huele a pubis. Realmente es un coñazo de llevar, aunque el consiguiente aumento de volumen del paquete me hace feliz. Vamos, que se trata de nuestro backup de viaje por si algún día nos despluman a punta de durian podrido. Si un día nos falta ese bolsillo, estamos bien fodidos.

¿Se lo lleva o no, señora?

Aquel día estábamos en George Town, principal ciudad de la isla de Penang, al noroeste de la Malasia peninsular y Marichi estaba armando la mochila de campaña, ya que habíamos planeado pasar el día en el parque nacional de la isla, hacer algún treking y bañarnos un ratito. En estos días en Malasia yo me he ido aficionando a unos bollicaos malayos muy ricos y casi los he convertido en un must para endulzar la gorja después de las comidas, por lo que ya contaba meter algunos en la mochila. No nos podíamos olvidar los bañadores, la cámara de fotos, la toalla, la crema del sol, la gramola de la abuela, un par de yelmos del siglo XII y el martillo rompecristales para romper cristales que guardan martillos rompecristales. Resumiendo, la mochila pesaba un huevo. Yo no lo veo así, pero según Marichi, y ella me conoce, quejarme es uno de mis hobbies predilectos y ese día, todo según su testimonio, no paré de bajar el santoral por tener que cargar con la mochilita de marras.

No podíamos imaginarnos que esa tarde nos intentarían robar.

Pero antes de ir al turrón sigamos contextualizando la historia. Esta islita es uno de los destinos turísticos más importantes del país y su capital, George Town, fue declarada Patrimonio de la Humanidad hace unos años por sintetizar y conservar casi como hace dos siglos los hechos y tradiciones que hacen que Malasia sea tal y como es, es decir, la amalgama de culturas, los barrios étnicos (Chinatown y Little India, lo tenías en la punta de la lengua, ¿verdad?), la comida y la arquitectura típica. Bla bla bla. Hasta aquí lo que te cuentan las guías.

Puestos de comida

Farmacia china

Nuestro albergue estaba en una de las calles más céntricas y aquello era un hervidero de gente, tiendas, tráfico, puestos de comida y colonias de ratas. La proporción de estas últimas viene en directa relación con los metros al descubierto que hay de alcantarillado o sistema de canalización en los lugares. Evidentemente esto es una asignatura pendiente del sudeste asiático y las aceras no suelen ser más que bloques irregulares agujereados colocados sobre estas acequias urbanas. Que conste que uno se va acostumbrando al tema de los roedores de cloaca; es un hecho que, si comes en un puesto de la calle, la propabilidad de tener una a menos de dos metros roza casi la unidad, así que mejor ir haciéndose a la idea.

A pesar de que la isla está muy urbanizada (se puede cruzar a ella mediante un mastodóntico puente estilo Golden Gate) y las calles donde se concentra la oferta hotelera están a reventar, a poco que te alejes del epicentro ya tienes esa sensación de pueblo dormido, donde casi se ha parado el tiempo y la gente sigue haciendo lo mismo que se ha hecho durante generaciones. Los templos budistas e hindús están por doquier, armoniosamente injertados en el paisaje, junto a modernos bares estilo occidental en los que ver los partidos de la Eurocopa. En el centro, los edificios son de dos plantas (bajo y primer piso) y todos ofrecen esos agradecidos soportales en los que resguardarse del sol aplatanante; aprender labores centenarias a través de las puertas abiertas de los negocios, socializar con el vendedor de la esquina o simplemente sentarse a no hacer nada excepto con tu retina, viendo con una sonrisa en la boca el milagro del sudeste suceder ante tus ojos. ¡Qué soportales tan bonitos! Telarañas, cables, contadores, lagartijas, plantas, ventiladores y lámparas no hacen sino añadir vida y colorido a este ecosistema urbano.

Soportales

Haciendo noodles en George Town

Éste es uno de esos sitios en los que se respira el devenir de la Historia. Siendo así, consideramos que una visita al Museo Nacional de Penang estaría más que justificada y para compensar tanta sobrecarga cultural decidimos, casi por aburrimiento, hacer la frivolidad del año, aprovechando los descuentos de la peluquería de al lado, y teñirlos el pelo, yo de rojo y Marichi de castaño claro. ¿Resultado? Señoras que ven velociraptores en el sudeste asiático.

Señoras que…

Quizás fue el tinte lo que nos dañó el cerebro tanto como para cometer la soberana imprudencia que desembocaría en la escena del hurto en grado de tentativa. Nos habíamos cruzado la isla, mochila de campaña a cuestas, para visitar el Parque Nacional de Penang. Jungla y playas. Todo en uno. Llegamos haciendo una escala en la que sobrevivimos a la abdución religiosa de un dentista que tenía la consulta en un gran edificio abandonado con cierto aire post-apocalíptico y que adornaba las paredes de su negocio con puzzles de Jesucriter. (Escalofríos). Pero esa es otra historia. A la playa se accedía tras hora y media zigzagueando por la jungla, sudando la gota gorda y deseando haber adquirido años atrás los DVDs de Jane Fonda en la teletienda (o no haberse aficcionado a los bollicaos malayos). Y el engorro de la mochila sobrecargada no hacía más que doblar el sufrimiento. Bueno, vale, el paisaje era bonito, no vaya Marichi a tener razón.

Embarcadero en el parque nacional

Y, por fin, tras descender un risco limpiando la vegetación a nuestro paso, allí estaba: arena y mar, imagen de postal, prácticamente para nosotros solos. Nos desprendimos de la ropa y nos enfundamos el traje de baño, fuera bolsillo secreto, cartera, cámara: todo lo metimos en la mochila de campaña que, ya sobrecargada de antemano, parecía una olla a presión. Todo lo que tiene valor material para nosotros en estos momento estaba en esa mochila, esta vez sí que no habría Ctr+Z. La posamos en la arena, bajo la sombra de unos cocoteros sin Keith Richards a la vista y allá que nos metimos en el agua para hidratarnos del tirón. Pero yo me había dejado algo puesto, algo con lo que no caí hasta después de que el momento amargo pasase. Algo que normalmente siempre me quito a la mínima oportunidad, de lo que reniego mil veces al día, algo ajeno, pero con lo que no puedo vivir, otro engorro con el que llevo lidiando desde los once años: las gafas. ¿Por qué me metí en el agua con gafas? Enigma a la altura de otros como las figuras de Nazca, el Santo Grial y la longevidad de Sara Montiel. Es como esas veces en las que uno se mete en la ducha con calcetines; te sientes un poco gilipollas. Pero en esta ocasión, semejante despiste fue salvador, providencial. Desde el agua pude ver nítidamente como un individuo se acercaba a nuestra mochila con aire sospechoso. En ese momento alerté a Marichi (yo tiendo más a la petrificación en esos momentos) y, cual resorte, salió pitando del agua en dirección al hijoputa, que ya se había agenciado el botín e iniciado la huida. Pero, seguidamente tuvo lugar la otra carambola del destino a nuestro favor. A pesar de ser mucho más rápido y hábil en circunstancias normales, nuestro amigo de lo ajeno se topó esta vez con serias dificultades para transpostar el bulto que acababa de birlar, menguando considerablemente su velocidad de huída, por lo que Marichi, haciendo alarde de valentía y arrojo, pudo darle caza y tras un breve forcejeo recuperar nuestras pertenencias. Yo, mientras tanto, estatua de sal, espectador de la trifulca. La chulería y descaro del asaltante era tal, que una vez desistido de robarnos la mochila se quedó a unos cuantos metros, en la playa, actuando como si nada hubiese ocurrido. Incluso en un gesto de total desfachatez e irrespetuosidad nos dedicó una buena tocada de genitales. No dábamos crédito. Cuando la taquicardia de Marichi amainó y mis nervios volvieron de su estado vegetativo nos dimos cuenta de: a) somos las personas más irresponsables y cabeza huecas que existen, b) somos las personas más afortunadas y con el mayor grelo que existen, c) yo soy el cagón más cagón que existe.

¿Qué propició que pudiese ver al ladrón desde el agua? Mi descuido de no quitarme las gafas. ¿Qué desbarató los planes del ratero? La sangre fría de Marichi pero, sobre todo, que la mochila pesase un quintal. Salvamos  esos dos match points que nos habrían mandado a casa con el rabo entre las piernas y remontamos el partido gracias al azar. Pura potra. Si no hubiésemos cargado la mochila con un yunque ni yo me hubiese bañado con gafas nos habríamos quedado con lo puesto, indocumentados y sin un duro al otro lado del mundo. Pero lejos de hundirnos en la desesperación o dejar que la congoja nos sumiese en la  tristeza por el trauma por el que pasamos, vimos realmente un nuevo renacer, una segunda oportunidad, ¿un mensaje, quizás? Todo se ve de otra manera cuando uno ha estado en el umbral de una desgracia, la comida sabe mejor, el sol brilla más y hasta puedes soportar las canciones de Adele. Bueno, esto último durante un ratito.

Después de disfrutar un poco más de la playa nos dirigimos a la comisaría más cercana para denunciar lo ocurrido y, tras tomarnos declaración, los peritos construyeron este retrato robot del asaltante basándose en nuestra descripción:

Retrato robot del ladrón

Efectivamente. ¡Fue un mico! ¿Sabéis cómo se llamaba la playa? Pues la playa de los monos y nosotros venga a dejar las cosas desatendidas por ahí, hay que ser anacoluto.

La playa de los monetes

Otra salida de interés la hicimos a un templo en las afueras que más pareció una etapa de montaña del Tour, pero a pie y con el sol de Agosto. Nada que destacar aparte de nuestro olor corporal.

Templo en Penang

Estatuas hitlerianas en un templo en Penang

Resumiendo, George Town es un sitio en el que no te importaría quedarte atascado, hacer un paréntesis en el viaje y permanecer un tiempo sin tener que mirar el calendario. Buena comida, soportales que invitan a pasar la tarde, bollicaos malayos y bares que te ponen la Eurocopa (a las mil, eso sí).

A tiro de ferry está la estación de tren de Butterworth, desde donde cogimos el tren a Kuala Lumpur, aunque nos tocó ir en el vagón de los marginados, único en el que no estaban poniendo Predator en la tele, teniéndonos nosotros que tragar en contínuo play-repeat unos clips casposísimos del Ministerio de Turismo de Malasia, intercalados con vergonzantes pseudoculebrones informativos del sistema judicial malayo. Me-nu-do tos-tón.

Chinatown, en KL. Haced zoom al menda del peluquín en el cartel.

Fachadas en Little India

La Malasia ¿desarrollada?

La Malasia ¿desarrollada?

Merdeka Square

En KL, como la llaman por estos lares, teníamos un agujero donde quedarnos, la casa de Bin, un estudiante chino malayo metido en unos negocios algo turbios de los que no quiso contarnos gran cosa. Y su apartamente resultó ser eso, un auténtico agujero. Si en un piso de estudiantes en Santiago ya hay más mierda que en el palo de un gallinero imaginaos uno del sudeste asiático. Pero ellos se portaron genial con nosotros y nos dejaron bastante en paz para organizarnos a nuestro antojo. Nos dieron una copia de las llaves, la contraseña de la wifi y santas pascuas. Así da gusto (a veces, pero en esta ocasión era lo que necesitábamos). Y venga a patearse KL con su – ¡tachán! – Chinatown y su Little India. De todas formas todo lo que se pueda hablar de esta ciudad quedará eclipsado, por suerte o por desgracia, por las gigantescas e impresionantes Torres Petronas, sede, como todo el mundo conoce, de la empresa fabricante de tojinos más importante de Asia. De noche son impresionantes. En este caso creo que las fotos hablan por sí solas. Hubo una vez en la que eran las torres más elevadas del mundo (un edificio en Taipei les quitó ese ‘honor’) y estando allí me paré a pensar en todas aquellas cosas que durante un tiempo fueron las más importantes, altas, bellas, grandes, pequeñas, divertidas, baratas, rápidas, etcétera. Tocaron la gloria por un momento que se desvaneció hace mucho. Recuerdo que, aunque hoy día sea un tapón, fui de los primeros en mi clase en dar el estirón y, durante un par de recreos, fui el más alto de mis amigos (ellos lo negarán, por supuesto). Glory Days.

Torres Petronas

El conas en las Petronas

Yo fui Petronas

¿Y vosotros, cuándo fuisteis Petronas?

Nota: Algoritmo para meter un elefante en un seiscientos: Paso 1 – abrir la puerta del conductor, Paso 2 – Meter al elefante, Paso 3 – Cerrar la puerta del conductor.

En Nueva Zelanda: con la cesta cargada de fruta al pecho, limpiando el retrete de alguien que se podía adivinar lo que había comido, etc., teníamos un pensamiento recurrente: playita del sudeste, playita del sudeste… Así que, en cuanto cruzamos la frontera de Singapur a Johor Bharu, en Malasia, lo único que pensábamos era comprar un billete de tren que nos llevase hacia nuestro próximo destino ese mismo día para, lo antes posible, cogernos un barco a las Islas Perhentian.

Tuvimos que esperar en Johor Bharu, desprovista de encanto (salimos a dar un paseo desde la estación y a las dos horas estábamos de vuelta), algo parecido a una eternidad hasta que, a las 22:30 salió nuestro tren. Estábamos encantados con la idea de volver a coger un tren después de tanto tiempo, al fin y al cabo, tenemos que darle sentido al nombre de nuestro blog, ¿o no? Y aunque la idea de tener que viajar sentado durante 15 horas nunca resulta demasiado alentadora, nosotros subimos al vagón con una sonrisa en la boca, aspecto facial bien diferente al que teníamos pocas horas después.

Johor Bharu

Aunque a este trayecto, que cruza la Malasia peninsular de Norte a Sur, se le conoce como Tren de la Jungla, ya que la atraviesa (qué aventurero suena, ¿verdad?); nosotros preferimos llamarle el Tren Glaciar. Encuentro que es un mal internacional eso de no saber ajustar el aire acondicionado a una temperatura suave, soportable, no muy desacorde con la temperatura exterior; pero es que en cuanto tuve que ir al baño en medio de la noche y se me empañaron las gafas (no hay aire entre vagón y vagón), pensé: “Esto ya pasa de castaño a oscuro”. Al volver a entrar, me fijé en las bolitas que ocupaban cada asiento (personas) tapadas con todo lo que tenían, capuchas, etc. Llegué a nuestro asiento y encontré a Benjamín con el abrigo puesto (tres días antes lo habíamos guardado en el fondo de nuestro macuto pensando que no lo sacaríamos hasta, por lo menos, Nepal) y yo me volví a mi nido, conformado por toallas, pañuelos, forros polares y demás. Con este percal, el hecho de que no apagasen las luces, comparables en brillo a las del Corte Inglés, era un mal menor.

¿Pollo?

Mercado central, Kota Bharu

Por la mañana, las cosas se veían de otro color. Decidimos pasar noche en Kota Bharu, para salir hacia las islas a la mañana siguiente. KB entra fácilmente en el Top 10 de las ciudades más sucias que hemos visto hasta ahora y el albergue en que nos quedamos entra… ¡directamente al número 1! Creednos, es difícil. Estamos acostumbrados a sitios en que la frecuencia entre turnos de limpieza es más bien escasa, a encontrarnos todo tipo de trazos de los anteriores habitantes de nuestro cuarto: sábanas usadas, bolas de pelo, restos de marihuana, condones, objetos no identificados petrificados bajo la cama, zurraspas en el baño, etc. Pero es que este sitio llegaba a un nivel más alto: las esquinas de las paredes estaban llenas de nidos de araña, había un cubo debajo del lavabo con un palmo de materia oscura indescifrable que hacía que me diesen arcadas al lavarme los dientes… A la vuelta de las islas nos volvimos a quedar ahí, ya os he dicho varias veces que nos va la marcha (es que el encargado era tan majo…) y yo no me quise duchar por la mañana por no entrar en el baño y porque supongo que todo lo malo se pega, jajaja. Y aquí estamos, ¡preparados para encontrarnos algo aún peor!

Encuentra al gato, Kota Bharu

Marcado nocturno en Kota Bharu

Al día siguiente, un bus más tarde y un viaje en lancha a 700 km/h en el que Benjamín casi echa los higadillos por la borda, llegamos por fin a la isla: Pulau Perhentian Kecil. Habíamos elegido una playita en la que sólo había un sitio donde quedarse, para estar más tranquis. Para que os hagáis una idea, en las Perhentian no hay carreteras, así que la única manera de moverse por la isla de playa en playa es por la jungla o en barco. Teníamos una habitación bien simple: cama y ventilador, pero con vistas al mar. Un día de nuestra rutina en las Perhentian se podría resumir así: desayunar, jugar al congkak (ver foto), hacer snorkel, tirarnos en la playa, comer, jugar al congkak, hacer snorkel, tirarnos en la playa, ir al bar, leer, escribir, jugar al congkak, cenar, hablar con alguien, jugar al congkak, dormir.

Desde nuestra habitación

Hacer snorkel en las Perhentian es, digan lo que digan, flipante. Está lleno de pececitos de mil colores, algunos de ellos enormes, como el grupo de peces loro jorobado que medían como metro y pico de largo, flipante. También vimos rayas y, lo mejor, ¡tiburones! Vale, eran pequeñitos, pero eran tiburones. Ya sabíamos que era frecuente encontrarse tiburones punta negra de arrecife en nuestra playa, de hecho los habíamos visto en la orilla una vez, pero no sabíamos cuál sería nuestra reacción al encontrarnos con uno en el agua, así que cada vez nos metíamos como un poco a la expectativa y un poco acojonados (sinceramente), hasta que vimos a los dos primeros, y nos encantó. Además son muy bonitos, con esas aletitas y parecen tan suaves…

Tiburón punta negra de arrecife. Foto cortesía de: http://www.saveoursharks.com.au

En el bar conocimos a Silvia y Óscar, dos españoles también viajando por el mundo y expertos submarinistas que nos dijeron que para nada teníamos que temer a los tiburones y que lo único que podía atacarnos en estas aguas era como mucho el pez ballesta titán, ¿y cuál coño es ése? Lo busco en Internet y les digo, ¡pero si hay un montón de esos! Y, encima, como son grandotes, nosotros los íbamos siguiendo. Qué valiente es la ignorancia. Al día siguiente, al ver los titanes, ya reaccionábamos de otra manera…

¡Congkak!

Que no falte el chaleco salvavidas

Desde D´Lagoon (donde nos hospedábamos) había caminos a través de la jungla a otras playas desiertas y también a Long Beach, la playa más conocida de Perhentian Kecil, con más bungalows y bares. Hasta allí llegamos un día, después de habernos dejado la piel en el camino -literalmente, porque nos habíamos quemado haciendo snorkel el día anterior. El agua de Long Beach era como una piscina gigante: cristalina, sin una roca y de éstas en las que hay que caminar 50 metros para que el agua te llegue por encima de la rodilla. Nos dimos un par de baños, comimos y, al rato  nos miramos y dijimos: “¿Qué, nos volvemos?”. Es que se estaba tan bien en nuestra playita…

Atención al maromo en vaqueros y camisa negra, no tiene calor, se ve… Long Beach

Bungalows en D´Lagoon

Por las noches, todos los huéspedes de D´Lagoon nos congregábamos en el bar con nuestros ordenadores, libros, libretas, juegos, etc. y allí pasábamos la velada en plan tranqui. Excepto en un par de ocasiones en las que, al cerrar la cocina, el personal se juntó con unos cuantos huéspedes locales, con el micrófono, los timbales, gongs y otros instrumentos locales a dedicarnos un “live show” de lo más estridente. Estaba gracioso, pero a la tercera canción ya estábamos pensando: “¿Cuánto va a durar esto?”.

Y así fueron pasando los días hasta que, debido a la inexistencia de cajeros automáticos en la isla, nos vimos forzados a marcharnos por motivos económicos. Supongo que esto hay que agradecerlo, porque entre tanto pececillo, congkak, rayito de sol… a uno se le va el santo al cielo.

Niños en el agua

Benjamín, saca una foto de la playa, pero que no salga yo, ¿eh?

Posteado por: Benjamin | 7 junio, 2012

Volare! Oh oh! Contradicciones singapurenses.

A Marichi casi se le desencaja la mandíbula al darse cuenta, casi con un pie en el avión, de que había pasado por alto la diferencia horaria que separa los dos continentes (hecho que se obvia en los billetes de avión al mostrar siempre hora local), por lo que el vuelo que se había imaginado como mero aburrimiento transitorio pasaba a ser una tortura prolongada de casi doce horas, comparable a meterse entre pecho y espalda non-stop el debate sobre el estado de la nación, con la salvedad, claro,  de que en el Parlamento no intercalan las soporíferas intervenciones con capítulos de ‘Futurama’ o ‘Me llamo Earl’. Contratiempo éste un tanto incomprensible si tenemos en cuenta que ese mismo trayecto nos lo tragamos a la ida y, si mal no recuerdo, Marichi iba sentada a mi lado entonces. Qué contradicción, ¿verdad?

Los que me conocéis, sabéis de mi aversión por todo lo que conlleve despegar las plantas del pie de la cálida y maternal corteza terrestre. Ya lo decía mi abuelo: yo, por donde pisa el buey. Así que tuve que pasar de nuevo por todo el proceso, incluyendo los terrores nocturnos a una semana vista del vuelo, palpitaciones al entrar en la aeronave, sudoración excesiva (incluso habiéndome frotado nuestra piedra desodorante hasta llegar a provocarme un desgarro en el sobaco izquierdo, en la cara exterior, a medio camino del pezón – un invento que hace época éste del desodorante-piedra) e hiperventilación durante la charla de seguridad por parte del equipo de cabina, desembocando todo este festival de la aprehensión en episodios de parálisis facial y espasmos en las extremidades durante el intervalo entre las maniobras de despegue y la estabilización del aparato a velocidad de crucero. Y, mientras tanto, Marichi dudando entre solicitar ayuda del sobrecargo o descojonarse de la risa (solución: opción dos). Creo que la razón de todo este paripé mío es haber visto de pequeño los Cuentos Asombrosos de Spielberg y cía. demasiadas veces y siempre me imagino al monstruito cabroncete pasándoselo teta fedellando con el fuselaje de la alas y regocijándose con el sufrimiento del pobre pasajero testigo de todo al que nadie cree. ¿Criaturas malvadas que viven en las turbinas de los aviones? Racional que te cagas, ¿verdad? No es ningún secreto, ni nada de lo que me avergüence: odio volar. Y mucho me temo que en los meses venideros voy a tener que pasar por mostrador de facturacción unas cuantas veces. Un viajero que se pone malo con los aviones; contradictorio.

Pagoda Street, en Chinatown.

Unas cuantas arterias trombóticas y algún que otro amago de pérdida de consciencia después, aterrizamos en el aeropuerto de Singapur. Vuelta al mercurio disparado, a soportar niveles de humedad propios del ecosistema interno de un lavavajillas industrial (y de esto último sé un rato), a la austeridad en el vestir y las jodidas ampollas por haber perdido la costumbre de andar con sandalias. No conseguimos encontrar a nadie mediante CouchSurfing que nos dejase montar nuestro chiringuito en su casa (uno de los posibles anfitriones recibió a última hora la invitación como ponente a las III Jornadas Marianas de Mimo Interasia, bajo el lema: “Aprende a posar como la Dolorosa en un ambiente hostil”, mientras que un segundo había alcanzado el Nirvana y el hecho de que su casa estuviese iluminada incluso por las noches resultó ser suficiente handicap para echarnos atrás). Sin embargo, pudimos contar con la ayuda (y la billetera, el menda no dejó que pagásemos ni una ronda) de un azafato de vuelo malayo afincado en Singapur desde hace años, Melv, para que nos enseñase algunas cosas de la ciudad y mantener algún que otro saludable intercambio cultural (no todos lo son, os lo aseguro). Era un tipo simpático que no paraba de intercalar tropecientas veces en cada oración la coletilla you guys, que viene a significar como el muy nuestro tío cuando interpelamos a alguien. Pongamos un ejemplo de la sintaxis de nuestro querido benefactor en la isla.

Frase neutra: El murciélago comía feliz cardillo y kiwi.
Frase estilo Melv: Hey tío, he oído tío que hay un murciélago y, escucha esto, tío, es tremendo, ¿te gusta el kiwi, tío? Porque, tío, el murciélago éste, se estaba comiendo uno, tío, y, tío, esto no es todo, ¡también cardillo, tíos! Tremendo, ¿no, tío?

Con Melv (derecha) y Jonathan.

Nuestro córtex cerebral se veía obligado a realizar una ardua labor de filtrado, depurado, recolocación y semántica general cada vez que había que procesar una frase de este hombre. Sólo con entenderle quemábamos las calorías necesarias para la toda la jornada. En cualquier caso, nos cayó muy bien y, aunque, temíamos por que sus globos oculares se saliesen de sus órbitas en cualquier momento, nos sentimos la mar de cómodos y distendidos a su lado. Bueno, el que hubiese invitado a todo nos alivió que no veáis.

Chinatown

Singapur es como un moco que Malasia no se ha podido sacar, pero está ahí, a punto de caerse, en la puntita. Si el curso de la Historia ha querido que este rincón del mundo se convirtiese en una isla-estado hay que agradecérselo, otra vez más, a la pérfida Albión. Las cosas eran tan sencillas entonces… “veamos, si creamos una ruta comercial a base de pólvora por aquí, invadimos este islote en el que todo quisqui hace escala por allá y les sangramos a tasas portuarias, nos forramos más que los directivos de Bankia, crece el Imperio y así el Earl de Yorkshire le puede comprar un pony a su primogénita y tiene excusa para explotar más a los obreros a su cargo en la fábrica textil, no hay nada mejor que ‘abrir’ nuevos mercados.” Los ingleses importaron mano de obra china e india (millones de seres humanos convertidos en mercancía, piedra de toque de una estructura sin alma que no es, ni mucho menos, diferente a lo que tenemos ahora), a los que subyugaron, junto con los malayos en batamanta que había por ahí, bajo el estandarte de la Union Jack. Otro ejemplo más de que en lo que el mundo ha devenido no ha sido por otra cosa que el dominio que unos poderosos han ejercido sobre otros grupos. Y, bueno, mucho tendríamos que callar los españoles.

Templo hindú.

Arab Street, en Kampong Glam, barrio musulmán.

¿Multicultural? Claro. ¿Cruce de caminos, puerto universal? Seguro. Pero la batiburrillo étnico que es Singapur no se sostiene gracias a la harmonía y la convivencia, sino cada uno en su guetto y sonriendo al turista para que no perciba el odio visceral que estas comunidades se tienen entre sí. Rascacielos, progreso, dinero, Gucci y Prada, todo esto lo tienes, pero el color de los porteadores del puerto siempre es el mismo y en la imponente Orchard Road, a la par con la Quinta Avenida neoyorquina, predominan las caras blanquitas.

De lo más turístico, los barrios de Chinatown y Little India. Idos acostumbrandoos a estos originales nombrecitos – que bien podían tener el sello de marca registrada -, invenciones de algún vasallo del rey Jorge aficionado al brain-storming para referirse a los “agujeros de inmundicia en los que habitan los infrahombres del país amarillo y los bigotudos malolientes de la tierra del Ganges”, respectivamente, ya que en la península malaya (nuestro próximo destino) no hay pueblo que se precie que no cuente con su barrio chino e indio. Colorido, mercadillos, puestos de comida local, farolillos, arquitectura colonial, calles zigzagueantes y decadencia urbana en forma de desperdicios, cabinas telefónicas que con solo mirarlas contraes tétanos, laberintos verticales de tuberías de agua y gas tomando el sol formando aunténticas redes por las que circula el jugo aceitoso que lubrica las megaurbes, callejones superpoblados de esa endémica especie de climas tórridos que son los aparatos de aire acondicionado, altares con incienso en los sumideros y templos con trompas de elefante en las fachadas, cabezas con velo negro bajo en el calor impenitente en Kampong Glam (otra contradicción) y, algunas veces como telón de fondo y otras como claros protagonistas, los imponentes rascacielos del skyline singapurense, uno de los epicentros mundiales de desarrollo capitalista. Puras contradicciones.

El tochazo de hotel con lo que rememora al caso de un barco en su cúspide. No me acuerdo del nombre, sinceramente.

Pero para contradicción ésta: ¿vosotros os meteríais mierda en la boca? Para los que no seáis unos coprófagos enfermos os impresionará saber que en el sudeste asiático la gente paga, y carito, por la satisfacción de comerse una fruta cuyo sabor, por no hablar de su textura, resembla hasta el límite del parecido al de las deyecciones humanas; sabe a caquita, vamos. El durian. No lo probéis. Jamás. Compradla sólo si sois lo sufiente hijoputas para gastarle alguna broma de mal gusto a un amigo o queréis que os concedan algún tipo de invalidez por putrefacción interna, ya que repite que no veáis y los constantes eructos que aflorarán durante el resto del día no harán más que rememorar la sensación nauseabunda y agraciar a los que os rodeen con unos efluvios de mierda salidos de vuestra boca. No te dejan ni meter esta fruta en el metro, por la peste que desprende ya andes de pelarla.

Durian ¡Mmmmm, qué rico!

Me encantaba utilizar el metro, ese oasis subterráneo en el que puedes recargar chi gracias al aire acondicionado y darte cuenta de dos cosas: la total adicción y dependencia de los singapurensen a toda la miríade de gadgets tecnológicos y lo chatas y carnosas que son sus napias. Estar sentado frente a alguien en trayectos largos es lo que tiene. Al subirnos en un vagón nos sentíamos unos margis inadaptados porque, a diferencia de la gran mayoría, no desenfundábamos nuestro iPod, iPad, iPhone, tablet o chintófono de turno y nos sumergíamos en el apasionante universo de la insensibilidad humana. Tristes de nosotros, tan sólo hablábamos. Menuda contradicción.

Skyline nocturno.

Casa en Little India.

Jóvenes emprendedores locales.

Nota: Un último apunte que no guarda ninguna relación con lo anterior. Un cambio fisionómico se ha operado en mi tez desde que me repuse de un quiste sebáceo en mi labio superior. Desde entonces, ya no me crecen pelos en el lunar que tengo junto a la boca. ¿Alguién tiene alguna idea de por qué? ¿Un lunar sin pelos? ¡Qué contradicción!

Posteado por: Marichi | 28 mayo, 2012

… Y así ha sido nuestro año, ¡volvemos a la ruta!

Llegamos a Nueva Zelanda con la idea de trabajar unos seis meses y ahorrar lo suficiente para poder viajar otros tantos más, aproximadamente. Pero a medida que iba pasando el tiempo hemos ido retrasándolo más y más, por unas cosas o por otras y, al final, nos hemos quedado el año entero. ¿Qué narices hemos estado haciendo todo este tiempo? Obviamente, no actualizando el blog… Aquí va un recorrido rápido por estos 12 meses, que nos han llevado por muchos caminos, trabajos diversos y, cómo no, gente que no olvidaremos -y otra que preferimos no recordar 😉

2 de junio de 2011. Aterrizamos en Auckland (Isla Norte). Nos gastamos casi hasta el último céntimo de nuestros ahorros en nuestra añorada Chattanooga (la furgo). ¡Ahhhh!, nos entra el agobio, necesitamos curro ¡ya! Así que, diez días después de nuestra llegada ponemos rumbo a la región de Bay of Plenty que, como reza su nombre, promete trabajo. Pasamos un par de lucrativas, aunque no muy recomendables para la lumbalgia, jornadas como recogedores de kiwis.

Con Pablo y Daniela en el Glass Looking Garden

Con Pablo y Daniela en el Glass Looking Garden

Con Felipe en el Paengaroa Motor Lodge

17 de junio de 2011. Comenzamos a trabajar en Lichfield Lands (Te Puke). Tras un duro mes de invierno en la furgoneta, duchas a la semi-intemperie incluídas, decidimos pasar “va, Michi, aunque sea sólo una semana…” (se convirtió de dos meses) en un apartamentito en el Paengaroa Motor Lodge, la vida se ve de otra manera cuando no hace falta ponerse el abrigo para ir al baño. El Paengaroa Motor Lodge requeriría una entrada aparte en el blog, pero creo que Benjamín ya había hecho una pequeña descripción de lo “taleguero” del sitio. A nosotros nos va la movida, de siempre… Allí forjamos algunas de las amistades más duraderas de nuestro paso por Nueva Zelanda. De hecho, cuando cogimos fuerzas para volver a la furgoneta, seguíamos aparcando allí, entre otras tantas caravanas.

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Con Gavin entre las sequoias en Hamurana Springs

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Con Felipe y Myke, Hot Water Beach

A los dos meses trabajados, cuando parece que estamos empezando a tener algo de ahorrillos, ¡PUM! el motor de Chattanooga… Adiós ahorros. Volvemos a empezar.

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Haciendo el mono en Cathedral Cove

En Lichfield trabajamos seis meses: como podadores, en el equipo de pintura (de los cortes que se le hacen a la planta) y, cuando llegó el PSA al huerto, como “inspectores” de PSA (qué importante suena, ¿eh?). Básicamente, pasearnos por el huerto a la búsqueda y captura de plantas infectadas para ponerles una cintita de color y que luego viniesen a cortarla.

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Acampados en Fletcher Bay, Coromandel

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Naturaleza en estado puro, Coromandel

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¿Cómo no poner una foto con ovejas en una entrada sobre Nueva Zelanda?

En Te Puke hicimos nuestra pequeña familia, con los que celebramos cumpleaños, viajecitos por la zona, excursiones, etc. Estábamos bastante a gusto, pero cuando vives en un pueblo pequeño llega un momento en el que se hace “muy pequeño” y, aunque a mí me parecía que tenía un punto romántico lo de encontrarse siempre a alguien conocido en el supermercado, Benjamín acabó por agobiarse y, gracias a la insistencia de nuestro amigo Felipe (Brasil), que cada media hora nos repetía: “Vámonos a la Isla Sur a las cerezas” y a la recurrente idea de “sí, tenemos que movernos ya de aquí”; el día de mi cumpleaños decidimos poner rumbo al Sur.

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Fagner, Flavy, Vance, Hans, Marichi y Benjamín en la cima del Monte Maunganui

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Aguas termales en Rotorua

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Frente al Rotorua Museum

4 de diciembre de 2011. Empezamos nuestro viaje a la otra punta del país aprovechando para ver algunas cosas. Mención especial merece la ruta de tres días de senderismo en el Parque Nacional del Tongariro, sin duda, algunos de los paisajes más espectaculares que hemos visto en la vida.

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Lago Taupo

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Ngauruhoe (más conocido como el Monte del Destino) al fondo

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South Crater, Tongariro

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Red Crater, Tongariro

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Emerald Lakes, Tongariro

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Y yo qué sé dónde era esto, Tongariro

16 de diciembre de 2011. Llegamos a Alexandra, a la recogida de la cereza, con la idea prometida de ganar cientos de dólares al día haciendo un trabajo duro, pero sobrellevable. Sin embargo, cuando uno cree que ya lo ha visto todo respecto a pésimas condiciones laborales, presión, etc., siempre se encuentra con alguna sorpresa. Basta decir que nos matábamos todo el día para ganar el salario mínimo. Y aunque aparcábamos la furgoneta a orillas del lago en Clyde, que nos deleitaba cada amanecer con sus luces mañaneras y donde nos podíamos bañar cada día al llegar del trabajo; no compensaba.

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Wellington, desde el Monte Victoria

Vamos a pasar el Fin de Año a Queenstown, a escasos 100 km., capital de la “movida” neozelandesa. Unos cuantos petardos a medianoche y a las dos de la mañana todos a sobar, ¿ein?

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Navidad en la furgo (sí, lo que hay reflejado en la bola es el careto de Benjamín)

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En el bar de hielo, con Sabrina y Ale, Queenstown

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Silvia, Tom, Karina y yo; de cervezas por Queenstown

16 de enero de 2012. Nos despedimos de Felipinho y demás y ponemos rumbo a Queenstown pensando en encontrar trabajo en alguno de sus cientos de bares, restaurantes, hoteles… A la semana los dos tenemos trabajo y un apartamentito en el que asentarnos. En Queenstown no está muy bien visto eso de la acampada libre… Benjamín trabaja de “kitchen porter” -o sea, fregando platos- y yo de “housekeeper” -o sea, limpiando habitaciones. Los trabajos no son los soñados, pero nos pagan bien y, sobre todo, ¡tenemos una casa! Podemos recibir visitas y todo. Allí llevamos una vida más normal, ir de casa al trabajo, salir a tomar unas cervezas al bar, ser miembros del videoclub =), etc.

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Vistas de Queenstown desde nuestro barrio…

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… y nuestro barrio visto desde una colina. Una de ésas es nuestra casa

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La familia de Watts Road: Benjamín, Gatete (Gutiérrez), Marichi, Emmy y Julia; en casa

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Pasar una noche a todo lujo en la Suite Presidencial (por el morro) y convertirla en cinco minutos en un mercadillo

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¡Parapente!

26 de abril de 2012. Nos vamos de Queenstown con destino Auckland. De nuevo a la otra punta del país. Con antelación suficiente para vender Chattanooga con tiempo y poder ver algo más de Nueva Zelanda. No para de llover en todo el viaje, pero podemos ver pingüinos y ¡kiwis!, los animales, no las personas o la fruta. Hacemos una breve, pero intensa y emocional visita a nuestros amigos en Te Puke, con paseo por la huerta incluído y simbólica recogida del fruto de nuestro trabajo.

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¡Bonita!

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Glaciar Franz Josef

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Cataratas de Parque Jurásico

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West Coast

12 de mayo de 2012. Contra todo pronóstico, vendemos la furgo a toda leche y, ¡puf!, nos quedamos en la calle. Echamos mano de nuestro antiguo colega de Couchsurfing, Sid, para que nos aloje unos días hasta que encontremos algo.

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Vivir en una furgo…

16 de mayo de 2012 y hasta ahora. Nos trasladamos a una casa a las afueras de Auckland en la que trabajamos unas cuantas horas al día a cambio de alojamiento y comida. La casa es increíble y los niños de la familia: Olivia, Johnny y Jett; monísimos.

29 de mayo de 2012. Mañana. Volamos a Singapur. Un año menos en el calendario y uno más en la memoria. ¡Bye-bye, New Zealand!

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Auckland

Sid, Esther, Vance, Phil, Gavin, Felipe, Daniela, Pablo, Flavy, Fagner, Myke, J.P., Carolina, Fabián, Carla, Joshua, Camila and Co., Julia, Emmy, Tom, Karina, Sabrina, Silvia, Team Botswana, and everybody else! You ARE NZ to us. Thanks for everything.

Posteado por: Benjamin | 5 abril, 2012

La carnicería de Botswana: New Order, please!

No, no voy a escribir acerca de la brutalidad sanguinaria de la última lucha tribal en la sabana. Tampoco sobre bandas británicas de culto en los ochenta. Mi intención es contaros cómo terminé fregando platos en un restaurante y la relación de ese hecho con querer cambiar el mundo. En este momento oiréis al Virrey Morcillo cuchicheandoos a la oreja con voz de pito: “¡Está loco, está loco!”.

Queenstown es la ciudad en la que vivimos. Capital neozelandesa de la adrenalina. Parapente y puenting antes del almuerzo, actividades ineludibles en la agenda del visitante. Kayaking vespertino y derrapes entre los cañones del Shotover a bordo de un jet-boat para cuando ya hayas hecho la digestión. De noche, reserva algo de jugo intestinal para regurgitar una buena vomitona sobre el mobiliario público durante la ruta por los locales más chic del país. Hermana pequeña de San Francisco por la abundancia de cuestas imposibles de afrontar sin equipo de escalada. Hija ilegítima de Sodoma por el culto al dinero, el lujo, la imagen y el sexo (no olvides hacerte con el flyer de la bacanal de esta noche para montar gratis en el toro mecánico, quitarle el polvo al taparrabos del armario y airear las ingles por las calles de la ciudad); transpira hedonismo por todos sus poros. Prima lejana de un pueblo tirolés, enclavada entre un enorme lago de aguas perennemente heladas y unas afiladas cordilleras alpinas de cumbres blancas. Gemela de Sapporo, meca meridional de los deportes de invierno. Y cuñada de Santa Cruz de Liáns por lo pequeño de su extensión y la suberpoblación de rotondas. De todas maneras, encontrarte al homo-localis y al Yeti es casi igual de probable y la esencia de Queenstown no es más que ser una enorme oficina de turismo al servicio de la tasa de cambio, no del visitante. No es una ciudad bonita, pero sí está en un sitio bonito. Precioso, incluso. Echad un vistazo en Google Imágenes y veréis a lo que me refiero.

New order, please! One scampi!

Llegamos a finales de Enero, tras cruzar de una isla a otra, después de haber visitado algunos lugares y probar suerte con la recogida de la cereza en un puñado de huertas en las que acabamos por desengañarnos por completo del ‘sueño neozelandés’, del trabajo en el campo y de la existencia de sentimiento alguno de humanidad en el corazón de los grandes terratenientes. Aquí ningún mochilero se forra; o puede que sí, pero en la misma proporción que acertantes de pleno al quince cada fin de semana y NO existe correlación alguna entre las componentes del vector [esfuerzo, eficiencia, sueldo]. Pura ortogonalidad. Así que optamos por establecernos en un ambiente más urbano e intentar encontrar alguna fuente de ingresos entre el sector terciario – al menos ahí no es la ausencia o no de precipitaciones lo que determina nuestro horario, ¡y sabes de antemano los días que libras! Salto adelante sin precedentes en lo que a derechos del trabajador se refiere.
Kitchen Porter es el eufemismo que emplean en estas latitudes para la labor amalgamada de fregaplatos, pinche y encargado de la limpieza, por la cual recibo a cambio una razonable cantidad de cromos de la reina Isabel II que sumados a los que me agencio de propinas resultan en una colección nada desdeñable de sipis cada semana. Conseguí este trabajo a través de una conocida de la época de recogida, la cual me encontré casualmente por la calle mientras deambulaba cual bola de pin-ball entre las varias agencias de explotación trabajo de la ciudad buscando las migajas de cualquier cosa que se pareciese a un laburo digno. En esos momentos es cuando valoras la importancia de saber llevar tres platos de comida en cada brazo y la botella de vino en la punta del cipote mientras ejecutas unos pasos de El lago de los cisnes. El caso es que esta mujer me dio la referencia de un restaurante en el que se estaba llevando a cabo durante esos días un casting para encontrar a la persona que mejor encajase en el perfil de fregaplatos. ¡Y yo con estos pelos!, pensé. Al parecer a ella la habían nominado al cuarto de hora de comenzar la prueba y un mal rollo con el chef del grill había sido el detonante para que el maitre determinase su fulminante expulsión. Los mensajes de texto de los comensales al 8555 intentando salvarla fueron en vano. Ni siquiera el corto de presentación de la concursante en la que su familia y amigos la describían como una apasionada por la ropa almidonada y el macramé consiguió ablandar el corazón del manager de cocina. Ella no pasó el corte, pero su paladar pudo degustar a cambio un buen solomillo a la plancha, cortesía de la casa por haber hecho el intento. Yo no tenía nada que perder y aunque no llevaba conmigo las certificaciones del MIT falsificadas en Tailandia – referencias típicas a la hora de postular a semejantes puestos de trabajo – siempre me quedaría poder zamparme un buen entrecot a la pimienta como premio de consolación. Llegué al lugar a la hora convenida y reparé en el curioso nombre con el que habían bautizado el local: The Botswana Butchery, lo que en lengua de Cervantes viene a significar la carnicería de Botswana. Un machete de carnicero adorna el cartelito y es el logo de la marca, adherido a cada prenda en el uniforme del personal de cocina (excepto el fregaplatos, que carece de uniforme en el sentido protocolario, a no ser que a los andrajos más apestosos se les pueda calificar como tal). En un abrir y cerrar de ojos me había enfundado un delantal tiñoso y estaba totalmente inmerso en la vorágine del universo en la cocina de un restaurante, teatro de operaciones totalmente nuevo para mí hasta la fecha.

New order, please! Two medium lambs, one rare, one medium-rare!

De eso hace ya más de dos meses y por aquel entonces todavía no conocía las estupendas credenciales que acumulaba el restaurante tanto entre los aficcionados al buen comer como los profesionales de las guías gastronómicas. Vamos, que acabé en uno de los restaurantes más famosos -y caros, y pijos- de todo el país. Y, al parecer, los méritos son merecidos (aunque la sopa de cebolla, una de las especialidades de la casa, sepa a calcetín sucio). En una ocasión cayó en mis manos la carta espirituosa, en la que pude comprobar el precio de la botella de champán más caro que atesoran en el restaurante (creo que sólo tienen dos). Es tontería que os diga cuánto ya que es una cantidad que nuestro mileurista poder adquisitivo no es capaz ni de asimilar. De todos modos, os invito a que estiméis lo que puede costar esa botella de champán en los comentarios y yo os iré guiando al más puro estilo Joaquín Prat. Los trofeos y diplomas que acreditan su prestigio atiborran las paredes de las dependencias del personal y de vez en cuando se dejan caer famosetes del área Asia-Pacífico cuya existencia era totalmente desconocida para un servidor. El otro día estuvo Faramir. Y el batería de AC/DC. O era el bajo. No, el batería.

New order please! Three scalops, two French onion soups!

Teniendo en cuenta este ambiente de pompa y excusividad que rodea al negocio no es de extrañar la importancia que se le concede tanto a la imagen impecable y agradable a la vista como a los modales de etiqueta, siendo casi requisitos ineludibles en todo el personal que trabaja de cara al público (afortunadamente, mi apariencia mitad mecánico, mitad deshollinador no es un problema dentro de los límites de la cocina y el olor a fregadero atascado que irradio no alcanza las fosas nasales de los comensales). Vamos, que el staff  de camareros y camareras está lleno de Adonis y Musas entre los que se establecen curiosos roles y comportamientos, llegandose en algunas situaciones a rebasar la línea que separa el inocente y estival flirteo entre tíos y tías buenas del simple y llano acoso sexual en el trabajo. Y, citando de nuevo al filósofo Tojeiro, no es que hagan falta muchas palabras amorosas para que la interacción sexual se haga explícita. Love is in the air. Jóvenes, guapos, con estilo y disponibles (y más salidos que el codo de un taxista). Ése es el patrón en el que yo, empíricamente, no encajo. Veámoslo: casi todo el personal es más joven que yo; guapo – mi complexión de tonel, los dientes que ya me faltan, el exceso de vello y el sarpullido que me ha salido en la cara a raíz del mal uso de los productos químicos de limpieza no son atributos que me hagan finalista de un certamen de belleza, ni siquiera en una pedanía de las Hurdes; estilo – la sudadera de capucha, los vaqueros y la camiseta sin dibujo de un solo color llevan siendo mi indumentaria desde el instituto, por no mencionar que me importa bien poco si me pongo los calcetines al derecho o al revés o si salgo de casa con un lamparón; y en cuanto a la disponibilidad, los que me conocéis sabéis que si buscáis monogamia en el diccionario aparece una foto mía. En fin, como un pulpo en un garaje. A pesar de todo no puedo decir ni una sola mala palabra de nadie; aunque todavía no acabo de acostumbrarme a las palmaditas en el trasero que me da de propina uno de los camareros cuando pasa a mi lado. Todos me dieron una calurosa bienvenida -no, no hay connotación sexual por nigún lado- y la gente está siempre dispuesta a ayudar con una sonrisa en la boca -no, sin segundas intenciones guarras.

New order, please! Six fresh oysters, one spaghetti, two fries!

Dejadme ahora que os hable de mi labor en Botswana. ¿Habéis estado alguna vez en la cocina de un restaurante? Es lo más parecido a una olla a presión, no sólo por las temperaturas que se alcanzan sino por la cantidad de gente que hay dentro, la rapidez a la que han de ser hechas las tareas, el poco tiempo para llevarlas a cabo, el escaso margen de error permitido y los mil y un peligros que acechan: resbalones, caídas, quemaduras, golpes, aplastamientos, la inspección de sanidad, cortes, más cortes… vamos, casi como un call center (no me olvido de vosotros, ¡aúpa GSS!). Y cada uno va a su bola, como si lleváramos puestas las gafas que les tapan la visión periférica a las bestias de carga, igualito. Por eso que es de vital importancia que dispongamos de algún método o dispositivo de localización y posicionamiento del resto de los electrones que andamos rebotando por esa cocina de éter para evitar, principalmente, que te rocíen con aceite hirviendo o te claven accidentalente el cuchillo de dos palmos entre la quinta y sexta vértebra. ¿Cuál es ese método? Gritar. Gritar para que los demás sepan dóne te encuentras, sobre todo si estás detrás de ellos, por eso lo primero que te enseñan es a decir alto y claro la palabra ‘detrás’ en inglés, es decir, behind. Sin pudor ni vergüenzas, decidlo bien alto, venga, haced la prueba, aunque le perforéis el tímpano al que tengáis al lado, estéis donde estéis, una, dos, tres… BIJÁIN! Total, que somos un montón de gente corriendo de un lado a otro, como pollos sin cabeza, resbalando, golpeándonos y gritándole a todo el mundo. Creo que Dante trabajó una temporada en Botswana. Es digno de verse. En medio de todo este alboroto, los cocineros, conocedores de la cardinal importancia de la labor de fregaplatos, a la vista de tu buena actuación en momentos puntuales en los que supiste salir del atolladero, y como método de refuerzo positivo al más puro estilo Skinneriano te meten un par de cocochas de merluza en la boca sin que te des cuenta para que sepas que has sido bueno.

New order, please! One salad, two lambs, rare, two fries!

Se podría decir que un sesenta y nueve por ciento de lo que hago es fregar (sumergir platos y ollas en agua caliente, frotar la mierda pegada, poner en el lavavajillas y colocar de nuevo en su sitio), un veinte limpiar (barrer y fregar suelos, encimeras, cocinas, hornos y demás), y un diez hacer tareas de pinche (pelar patatas, zanahorias, cebollas…). El uno por ciento restante me lo paso esquivando cuchillos y tenedores que los camareron intentan encestar en el recipiente de cubiertos sucios con escasa puntería (me estoy imaginando la cara que pondría mi agente del seguro en el hipotético caso de que le tuviese que explicar las circunstancias que rodearon al apuñalamiento por la espalda). Tengo las yemas de los dedos tan acartonadas por culpa del nanas que el cursor táctil del ordenador ya no los reconoce como tal, aunque la absoluta erosión de toda huella dactilar me cualifique para dedicarme en un futuro al hurto a gran escala.

Y como cantinela de fondo en toda esta sinfonía, cual repiqueteo de campanas un domingo por la mañana, tenemos al Chef cantando los nuevos pedidos a voz en grito, uno a uno, como un cuentagotas, durante todo el día; una fórmula que ya he interiorizado hasta el punto de que la oigo en sueños. New order, please! En los días en las que hay mucho trabajo no paras de escucharlo, literalmente. Lo curioso es que en inglés utilizan la misma palabra para ‘órden’ y ‘pedido’, order. Trabajo en un sitio en el que constantemente se está reclamando un nuevo pedido, pero interiormente yo estoy gritando a la vez con el Chef, esta vez por un Nuevo Órden de las cosas. Y rapidito. Que hay mucha gente esperándolo.

El empleado del mes

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